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Las 4 mejores evidencias de la existencia de los ovnis

Viernes 13 de Octubre, 2017
El asunto de los no identificados sigue siendo uno de los más esquivos y controvertidos del mundo del misterio. En su nuevo libro, Ovnis, las 50 mejores evidencias –Cydonia, 2017–, el reputado ufólogo José Antonio Caravaca realiza un exhaustivo recorrido histórico por 70 años de investigación en este campo. Lo que sigue es un pequeño aperitivo de lo que encontrarás en sus páginas…

Una intervención en el programa de radio Nosotros el pueblo mantuvo en vilo a miles de oyentes en los Estados Unidos que, estupefactos, escucharon el sincero testimonio de una mujer que aseguraba haberse tropezado, cara a cara, con un monstruo venido del espacio exterior…

Fueron casos tan divulgados y conocidos como éste los que favorecieron que se afianzara en la creencia popular en que los OVNIs eran de procedencia extraterrestre. La noche del 12 de septiembre de 1952, miles de personas presenciaron el paso de un extraño objeto volador sobre los cielos de Virginia Occidental. En Sutton –condado de Braxton– varios adolescentes que jugaban al fútbol observaron un “platillo volante” de fuerte luminosidad rojiza que, tras detenerse en el aire, pareció descender tras una colina cercana, concretamente en Flatwoods. A la carrera, algunos chicos se dirigieron hacia el lugar donde creían que estaba posado el misterioso artefacto. Neal Nunley, de 14 años, Ronald Shaver, Teddie Neal, y Tommy Hyer, los tres de 10 años de edad, conformaban el grupo de intrépidos exploradores. Por el camino, se les unió la señora Kathleen May, sus dos hijos Eddie y Teddie –de 13 y 14 años respectivamente– y Gene Lemon, de 17 años y guardia nacional que, junto a su perro fiel, decidieron investigar en compañía de los jóvenes. Detrás de la colina se adivinaba la presencia de una luminosidad. Con el corazón en un puño, el grupo de exploradores enfiló hacia el montículo. El perro de Lemon pareció “presagiar” lo que iba a ocurrir, y salió despavorido del lugar. Por si este repentino abandono fuera poco para amedrentar la moral del grupo, una misteriosa niebla, salida de la nada, les envolvió rápidamente. Un olor nauseabundo y una repentina sensación de calor precedió al avistamiento de un enorme objeto discoidal, de color rojizo, que resplandecía en pulsaciones. En la oscuridad de la noche aquel artefacto irradiaba fantasmagóricamente entre la bruma. De pronto, Lemon creyó ver algo junto a unos árboles. Tras alumbrar con su linterna, el horror se apoderó de todos. La débil luz de la linterna descubrió, agazapada en la oscuridad, una silueta que les observaba con unos enormes e hipnóticos ojos rojos. Frente a los testigos había un ser de más de tres metros de altura, con el rostro rojo y sudoroso, enfundado en una especie de manto de color verde oscuro con capucha y falda. El “monstruo” se movía con pasmosa agilidad y parecía flotar sobre la hierba. De sus penetrantes ojos rojos surgían rayos de luz azulada.

Tras describir un movimiento circular se dirigió hacía el OVNI. Aquello fue demasiado. El terror se apoderó del grupo y, en desbandada, dieron por concluida su exploración. Esa misma noche la policía intentó rastrear la zona en busca de pruebas, pero ante la nula cooperación de los perros, que se negaban a avanzar en dirección al supuesto lugar del aterrizaje, decidieron postergar sus indagaciones hasta el día siguiente. Con la luz del alba, las autoridades locales hallaron una zona de pasto inexplicablemente aplastada y varios fragmentos de un material parecido al plástico. Por su parte, algunos de los testigos sufrieron diversos malestares físicos, típicos, según los facultativos, de la exposición prolongada a gases lacrimógenos, como hinchazón de garganta y convulsiones.

Algunos investigadores indican que el humanoide, al ser descubierto, vertió sobre los testigos una sustancia oleaginosa que causó sus daños físicos. Finalmente, una afligida Kathleen May dijo a la prensa que el monstruo “tenía un aspecto peor que Frankenstein. No podía ser humano”.

LOS TRES PEQUEÑOS HUMANOIDES DE MACERATA
El 25 de octubre de 1954, en Col Cerasa de Cingoli –Macerata, Italia–, dos niños de 12 años, Marziano Giampieri y Pacifico Santucci, vigilaban un rebaño de ovejas en una pradera, cerca del monte Sgaggia. Sobre las 17:00 horas fueron a comprar un bocadillo y, al regresar, se sorprendieron al descubrir que los animales se habían desplazado a otra zona, y los perros ladraban enfurecidos. Mientras se acercaban al lugar, Giamperi observó que “algo” se movía entre la maleza. En un primer momento pensó que eran animales, pero a unos diez metros de distancia, vio que se trataba de tres seres muy pequeños, delgados, de unos 30 centímetros de altura y apariencia humana, con una gran cabeza en forma de melón. Llevaban ropa oscura, ceñida y con brillo metálico. Se movían de forma torpe.

Giamperi no sabe si la forma de la cabeza se debía a que llevaban un casco aplanado. Los humanoides corrían en dirección a un objeto oscuro en forma de barril, de 1’50 metros de largo y 70 centímetros de ancho, que en uno de sus extremos tenía algo parecido a “antenas”. El artefacto se elevó rápidamente en vertical, emitiendo un silbido. Al llegar a unos 20 metros, el “barril volador” expulsó una bola de fuego que explotó al llegar al suelo. Los dos niños fueron golpeados por la ráfaga de viento provocada por la onda expansiva. El artefacto desapareció a gran velocidad, en dirección Este y los jóvenes huyeron. Ese día, una vecina, María Ruggeri, confirmó haber visto un extraño objeto volador “por encima de mi cabeza”. La policía investigó el incidente. Incluso se enviaron forenses desde Nápoles y el presidente de la asociación científica Bilancia, de Ancona, Andrea Quintini, entrevistó a los niños. El 28 de octubre, el periódico La Nazione ofreció una versión de los hechos relatada por un profesor de San Severino Merche. En sus páginas se leía que el encuentro tuvo lugar cerca de la aldea de Santa Filomena Colcero, en la frontera entre los municipios de San Severino y Cingoli, mientras dos muchachos de regreso a sus hogares vieron de repente, a unos diez metros de distancia, tres pequeños seres con una cabeza grande. Vestían de color gris y tenían una altura de 30 a 35 centímetros. Tan pronto como los pastores vieron a los humanoides, los tres escaparon trepando hacia un pequeño artefacto esférico, brillante, con dos especies de hélices en la parte frontal, que estaba escondido tras un arbusto. De acuerdo con la descripción de los chicos, las dos hélices se pusieron en movimiento y el aparato se elevó, emitiendo un silbido, a gran velocidad, desapareciendo en dirección a Monte Verde. En el momento del despegue el artefacto expulsó un globo ardiente. Los dos pastores narraron su encuentro al maestro. Más recientemente, el portal de internet Cronaca Vera publicó un reportaje titulado Un’esperienza Indimenticabile –8 de octubre de 2014– donde se recogía una entrevista con Marziano Giampieri, que contaba ya con 72 años. El testigo rememoraba los hechos ocurridos hacía 60 años:

“No fuimos creídos por nuestros padres que, sin embargo, comentaron nuestra experiencia en el bar y en el molino donde trabajaba mi padre y la noticia llegó a la prensa local, a los carabineros de San Severino Marche e incluso a la policía de la Ciencia en Nápoles.

Fuimos escoltados al lugar del avistamiento, mientras la población se dividía entre los que creyeron que habían aterrizado unos extraterrestres y los que dijeron que nos lo habíamos inventado (…) Fuimos tratados como criminales e interrogados por separado. Vivíamos en el campo, mi padre tenía sólo una radio, que se escuchaba muy distorsionada. En casa no entraban periódicos. Ni Pacífico ni yo podíamos saber nada sobre OVNIs y la vida en otros planetas”.

Tuve la oportunidad de contactar con Giampieri a mediados de 2016, y me confirmó todos los puntos de su relato. “Mi historia se remonta a 64 años atrás, y se define como un avistamiento único en su especie”.

Al igual que tantos otros testigos de OVNIs, Marziano desconocía, antes y después de su encuentro, lo que descartala contaminación informativa. 

Sigue leyendo en el nº261 de la revista ENIGMAS

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