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Adoradores de la diosa Kali

Jueves 11 de Mayo, 2017
Fue una de las organizaciones secretas criminales más mortíferas de la historia. Los adoradores de Kali acababan con la vida de sus víctimas para ofrecerlas en sacrificio a la diosa de la destrucción, en medio de rituales de fuerte simbolismo. Su sangriento legado todavía puede rastrearse en la india.
Óscar Herradón

La letanía se repetía al unísono mientras el olor a incienso impregnaba el templo, mezclándose con el aroma dulzón de la sangre humana. El viajero yacía en el suelo, cubierto de pétalos de loto, mientras su rostro permanecía tapado por una tela ricamente decorada. Previamente estrangulado, su cuerpo era desmembrado por el sacerdote, el jemadar. Mientras, una gigantesca efigie de color azul turquesa, con varios brazos –cada uno portando un objeto o realizando un símbolo preciso con los dedos–, coronada por una abundante cabellera negra y una lengua viperina que surgía de los labios de un rostro femenino de mirada lasciva, presidía la escena, amenazadora, hierática. Y parecía reír para sus adentros, satisfecha del culto recibido.

Era Kali, la diosa de la destrucción del panteón hindú, una suerte de Madre Universal, aunque de corte algo siniestro, cuya ira pretendían calmar sus adoradores a base de carne y sangre, durante los próximos mil años. Un largo sueño que traería la paz entre generaciones acostumbradas al crimen y la guerra. Los Estranguladores, como así se hacían llamar sus prosélitos, sembrarían el casos y la violencia en la India a lo largo de dos siglos –o más, dependiendo de la fuente–, dejando un rastro de miles de cadáveres sacrificados en loor de la Diosa Madre de la Destrucción .

El culto a Kali se remonta varios siglos atrás y hay que echar mano de la mitología oriental para buscar su origen, siendo una de las principales diosas hindúes. Se pueden rastrear distintos orígenes del personaje: en las páginas del texto conocido como Matsia-purana, se indica que surgió como diosa tribal de la montaña en la parte norte-central de la India, en una región del monte llamado entonces Kalanyar y hoy conocido como Kalinjar, una teoría abierta a controversia, a la que se suman distintas interpretaciones de los textos sagrados.

La versión más extendida, recogida en el compendio religioso Markandeia purana –escrito entre los años 300 y 600 de nuestra era–, que toma la forma de un diálogo entre el sabio Yaimini y el sabio Markandeia, concretamente en el texto conocido como Devi-majatmya –o Chandi–, describe a una diosa de nombre Kálika que fue emanada de la frente de la diosa Durga –designada como la “inaccesible”, asesina de demonios– durante una batalla librada entre las fuerzas demoníacas y divinas, muy habituales en los antiguos Puranas.

En tradiciones posteriores, la diosa sería fuertemente ligada a Shiva, uno de los dioses de la Trimurti, la Trinidad hinduista. A Kali se le atribuye una personalidad salvaje e irrefrenable, impulsiva, que Shiva se encargaría de suavizar de distintas formas, entre ellas desafiándola a bailar el tandava –la danza tradicional de la totalidad– hasta alcanzar un estado de frenesí. La violencia es inherente a esta diosa, de una gran oscuridad, aunque en relación a su figura se confunden tantos mitos y leyendas que es difícil separarlos. Por ejemplo, los seguidores del tantrismo creían que era esencial hacer frente a la maldición que la acompañaba y al terror de la muerte que representaba y por ello la transformaron, impulsando su aspecto maternal en su implicación con Shiva. Por su parte, el shaktismo daría forma a la etapa final en el desarrollo de la adoración a Kali, reconvirtiéndola en la Gran Diosa Madre y por lo general desposeyéndola de toda violencia.

LOS ESTRANGULADORES
Los adoradores de Kali tomarían la forma de una sanguinaria sociedad secreta que sería conocida como thugs o los Estranguladores. La misma palabra, en hindi, significa “ladrón”, aunque en sánscrito alude a “ocultación”, lo que nos da una idea del sentido de dicha hermandad: una banda organizada de delincuentes cuyos miembros vivían diseminados por distintos territorios de la India y trabajaban coordinados de manera soterrada. Robaban, torturaban y asesinaban siendo una de las organizaciones criminales más temidas de Oriente entonces. Sin embargo, sus miembros no actuaban movidos únicamente por la codicia o el afán de enriquecimiento como las mafias modernas, puesto que estaban profundamente impregnados de un fuerte sentimiento religioso.

Los thugs eran conocidos entre los hindúes y los viajeros que frecuentaban la Ruta de la Seda por sus tétricas ceremonias en honor a la diosa Kali, consagrando a aquella a la que guardaban devoción algunos de los bienes robados a sus desdichadas víctimas, ceremonias que servirían de inspiración a George Lucas y Steven Spielberg para dar forma a la segunda entrega de su exitosa saga del doctor Jones. No fue, sin embargo, la primera película que se ocupó de la secta: antes lo hicieron Gunga Din (1939), adaptación del célebre poema de Rudyard Kipling y Los estranguladores de Bombay (1960), del maestro de la Hammer Terence Fisher.

Kali, como digo, diosa de la destrucción y la muerte, era el ídolo que se hallaba, al menos simbólicamente, tras toda esta cosecha de muerte y destrucción que sembró de espanto los corazones de los viajeros europeos que decidían aventurarse entre los siglos XVIII y XIX en las remotas regiones de la India.

Aunque todo indica que tan temida organización acabó por desaparecer en el siglo XIX, se le atribuyen miles de muertes. Con un supuesto origen en la Edad Media, que no obstante permanece rodeado de claroscuros, fueron una red de fraternidades secretas que operarían en la India hasta la década de 1830. Según la tradición, los thugs creían que en tiempos ancestrales un demonio de nombre Rukt Bij-dana devoraba a los recién nacidos. Entonces, Kali –que tenía una doble vertiente, la sanguinaria y la honorable, como diosa que era– intentó detenerlo, pero cada vez que derramaba una gota de sangre de la bestia en cuestión, un nuevo demonio aparecía en el acto, quedando la deidad exhausta de la lucha contra estos seres del inframundo hindú. Así, paró para recuperar el aliento y quitarse el sudor que cubría su rostro cuando dos hombres surgieron de las gotas que perlaban su frente. Entonces, Kali les ofreció un largo chal o pañuelo –rhumal–, que debían utilizar para estrangular a los demonios, un objeto de gran poder que debían legar a su primer descendiente varón, que, ya adulto, debía emprender la misma lucha contra aquellos seres homicidas.

Los Estranguladores mataban siguiendo antiguos rituales religiosos entre los que se incluía el bendecir los picos empleados para enterrar los cuerpos de sus víctimas: aunque mataban sin derramar sangre, luego desfiguraban los cuerpos para que no fuesen identificados, para después abrirlos en canal y enterrarlos con las citadas piquetas previamente consagradas. La leyenda continúa afirmando que los dos seres humanos creados del sudor de la diosa –los Hijos–, cumplieron con la misión encomendada, convirtiéndose en los primeros thugs, de los cuales creían descender los ladrones-estranguladores que luego tomaron dicho nombre y que, en la línea de otros grupos mafiosos como las Tríadas chinas, creían que matar era un acto sagrado, dando a sus crímenes un aura romántica que pretendía excusar lo execrable de los mismos.

Cuentan los autores estadounidenses Lois H. Gresh y Robert Weinberg que si alguien que no pertenecía al culto de Kali usaba el rhumal para estrangular, los discípulos de la diosa de la destrucción del panteón hinduista debían matarlo. Cada asesinato tomaba la forma, pues, de un sacrificio a Kali. Al parecer, los miembros de la secta tenían la convicción de que realizando dichos sacrificios humanos mantendrían a su ídolo tranquilo al menos durante un milenio. Adquirido el rol de vengadores sagrados, los “Estranguladores” no se consideraban unos criminales, inmorales o malvados, sino todo lo contrario: la deshonra venía de no cumplir con su deber religioso.

Los thugs, a pesar de compartir rasgos con otras sociedades secretas, eran bien conocidos por los ciudadanos más ricos de la India. No eran simples bandoleros. Los autores citados señalan que “a menudo se hacían amigos de sus ricas víctimas cuando éstas viajaban.

No era sino después de ganar la confianza y amistad de sus víctimas cuando los thugs las estrangulaban, robaban y enterraban”. Trabajaban en cuadrillas de 10 a 20 hombres, llegando a alcanzar hasta los 50 miembros dependiendo del momento histórico y del líder que encabezara la secta. Tras ganarse la confianza de los viajeros o peregrinos que marchaban en caravanas, los sorprendían ya caída la noche, mientras éstos, confiados, se hallaban acampados: cogían a su víctima y la estrangulaban rápidamente, impidiendo que gritara, utilizando el citado rhumal, clara alegoría del Kala Bhairava, una de las encarnaciones de Shiva como avatar de la destrucción. Aunque la secta de los adoradores

de Kali se haría mundialmente famosa con la citada Indiana Jones y el TemploMaldito, protagonizada por Harrison Ford hace ya más de treinta años, este culto sangriento ya era conocido en Occidente un siglo antes, no sólo gracias a los colonos británicos que narraban historias sobre el mismo a numerosas audiencias de curiosos en su regreso a Londres, sino principalmente gracias a la literatura, concretamente a un best-seller de finales del XIX: en su novela La vuelta al mundo en ochenta días, publicada en 1872, el visionario Julio Verne incluye una escena en la que una mujer india es salvada por Phileas Fogg, su criado Jean Passepartout, un guía parsi y un militar británico de morir en la hoguera como ofrenda sacrificial organizada por unos adoradores de Kali.

Lee el reportaje completo en el número 247 de la revista ENIGMAS

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