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Aquí está el Arca de la Alianza

Martes 22 de Noviembre, 2016
Según los textos sagrados, el Arca de la Alianza sirvió a Yavéh para comunicarse con su pueblo. Detenía a ejércitos enteros, derribaba murallas y era capaz de abrir las aguas. ¿Qué fue de aquel cofre sagrado que encerraba las Tablas de la ley? ¿Es un mito o existió en realidad? Y si es real, ¿se encuentra oculta en Jerusalén o es custodiada en secreto en una iglesia de Etiopía?
Por: Josep Guijarro

El Arca de la Alianza está oculta a un kilómetro del actual templo de Jerusalén. Eso, al menos, declaró recientemente el rabino Chaim Richman al periodista Jake Wallis Simons, del diario británico The Telegraph. En la entrevista, agregó que la reliquia está “oculta en cámaras subterráneas, cavadas en los días de Salomón”.

No es una teoría. Según el director internacional del Instituto del Templo, “los judíos tienen una cadena ininterrumpida de información grabada y transmitida de generación en generación, lo que indica su posición exacta. Sabemos dónde ha estado el Arca durante miles de años. Podríamos cavar para sacarla, pero esta zona está controlada por los musulmanes”.

Richman lleva años tratando de recuperarla. La institución que dirige fue fundada en 1987 por el rabino Yisrael Ariel, un antiguo paracaidista del ejército israelí durante la Guerra de los Seis días que capitaneó las iniciativas para erigir el Tercer Templo de los judíos y hacer cumplir las profecías… con aparente el consentimiento del gobierno de Israel.

A día de hoy, el Instituto del Templo ha reproducido la mayoría de los objetos sagrados que figuraban en el templo de los judíos: El arpa, la Menorah o candelabro de siete brazos, la mesa de los panes, las trompetas de plata y ha confeccionado los hábitos de medio centenar de voluntarios que confían en convertirse en sacerdotes del Tercer Templo de Jerusalén. Pero, por mucho que esta organización haya avanzado tanto en la confección de ropajes e instrumentos de culto, les hace falta un elemento capital: El Arca de la Alianza. Los judíos asumen que este objeto sagrado está dotado de «toque divino» y que, por tanto, es  irreproducible.

Pero ¿por qué es tan importante el Arca para los judíos? ¿Qué relación guarda con el Templo y para qué quieren volver a construirlo?

Para comprenderlo, necesitamos retroceder en el tiempo.

Deux ex machina
Tres meses después de que los judíos salieran de Egipto liberados por Moisés, un artesano llamado Besalel ben Uri, perteneciente a la tribu de Judá, recibió un peculiar encargo. Moisés quería un arca que siguiera las indicaciones del mismísimo Yavéh. Debía de ser de madera de acacia, de 2,25 codos de largo por 1,50 de ancho y alto (1,25 m. por 75 cm. de alto y ancho, es decir, una relación de cinco a tres, cuya resultante es el número de oro). La caja debía recubrirse también de oro tanto por dentro como por fuera y sería cubierta por una tapa –denominada propiciatorio— rematada por dos querubines del mismo metal precioso. Estarían colocados uno hacia el otro, con las cabezas inclinadas y las alas extendidas hacia arriba formando un triángulo: “Allí –le dijo Yavéh— me revelaré a ti, y desde lo alto del propiciatorio, del espacio comprendido entre los dos querubines, te comunicaré yo todo cuanto para los hijos de Israel te mandare”. Este es el origen del triángulo con el ojo de Dios.

Resulta difícil reprimir la imaginación y adivinar en estas frases  un sistema de comunicación tecnológica con la divinidad ¿Para qué, sino, habría de dar Yavéh instrucciones tan precisas?

Pero el Arca tenía también otros cometidos para el pueblo hebreo. A parte de ser el receptáculo de las Tablas de la Ley y de la vara de Aarón, el Arca proporcionó alimento a las tribus de Israel durante su éxodo por el desierto mediante el denominado maná. Y, por si fuera poco, les dio también protección.

La Biblia no escatima en referencias al poder destructor del Arca. Los hijos del sumo sacerdote Aarón, Nabab y Abiú, entraron en el sancta sanctorum portando incensarios de metal, algo que al parecer, estaba expresamente prohibido y una llama procedente del Arca “los devoró dejándolos muertos”. En Samuel II, capítulo 6 leemos: “Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes tropezaron y Uza alargó la mano al Arca de Dios para sujetarla. El Señor se encolerizó contra Uza por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo junto al Arca”. Y por citar un ejemplo más, también los filisteos que mataron a los custodios del Arca y se la llevaron sin precaución alguna, murieron en extrañas circunstancias.

Parece claro que el Arca es, pues, Dios hecho máquina.

Un templo para el Arca
Durante el éxodo de los judíos, el Arca era guardada en una tienda de campaña que recibía el nombre de Tabernáculo. Su diseño no es cuestión baladí pues, posteriormente, sería aplicado a la planta del Templo de los judíos. Y es que cuando el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida, el rey David le prometió a su dios levantar un templo donde adorarlo. El rey lo tenía todo: el plano, el dinero, los técnicos, los elementos para la edificación… Sólo le faltaba el permiso de Yavéh, una autorización que nunca obtuvo por tener las “manos manchadas de sangre”.  Y, por esa razón le correspondió a su hijo Salomón, que gobernó Judá e Israel unos mil años antes de Cristo, erigir el Templo que albergara el Arca.

Fascinado por esa peligrosa mezcla de política, religión, leyenda e historia regresé hace unos meses a Jerusalén con Lorenzo Fernández Bueno. Constatamos como, de lo que otrora fue el Segundo Templo construido por Herodes el Grande en el 19 a.C., sólo queda en pie el llamado Muro de las Lamentaciones. En realidad, lo que vemos Es uno de los cuatro muros de contención alrededor del Monte Moriá, erigidos para ampliar la explanada sobre la cual fueron edificados el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén y el occidental que es el más sagrado para los judíos se extiende bajo tierra unas decenas de metros.

«El Templo es un marco de identidad» – me confiesa Adolfo Roitman, director y conservador del Santuario del Libro de Israel. «Y el pueblo de Israel a lo largo de su historia, ha definido su propia identidad siempre en referencia con el Templo de Jerusalén.»

A pesar de todo, me confiesa que no disponen de ningún dato concreto histórico ni arqueológico de la existencia del templo de Salomón. «Pero cuando analizamos en detalle la información literaria –prosigue— podemos decir que detrás de la tradición bíblica se esconde, probablemente, un verdadero templo. No tengo ninguna duda de que lo hubo.»

Y es que en el año 586 a.C. los babilonios comandados por el rey Nabocunodosor II conquistaron Jerusalén y destruyeron el primer templo. Entre los años 404 y 385 antes de Cristo la mayor parte de la colonia judía que estaba cautiva en Babilonia regresó a la Ciudad Santa y Zorobabel, gobernador de Judá y descendiente del linaje de David, inició la reconstrucción del templo en tiempos de Herodes el Grande. Una maqueta de este segundo templo, contemporáneo a Jesús, se exhibe en la actualidad en el Museo de Israel.

Sin ser tan ostentoso como el primero contenía suficiente oro como para despertar la codicia de los romanos quienes destruyeron ése segundo templo en el año 70 de nuestra era.

Según la tradición, el primer edificio era un auténtico tratado de geometría que reproducía en sus estructuras simbólicas los diferentes planos o niveles del cosmos. La entrada principal o Ulam era el lugar de tránsito. Estaba orientado al este; así los sacerdotes, como los demás judíos, podían orar con los rostros a oriente. El pórtico de entrada estaba flanqueado por dos columnas conocidas con los nombres de Jachin y Boaz que después heredaría la francmasonería por su importancia simbólica primordial.

El interior albergaba otros dos recintos concéntricos. El Hekal o “Santo” cuya forma era enteramente rectangular y que simbolizaba el conjunto del mundo terrestre, y en el centro se hallaba el Debir o sancta sanctórum donde se guardaría al Arca de la Alianza.

El Axis Mundi
Como no podía ser de otro modo, el templo de Salomón se erigió en un lugar simbólico: el monte Moriá, tierra sagrada para tres religiones; la judía, la musulmana y la cristiana. Ocupaba una posición central con respecto a las colinas que le circundan, el monte de los Olivos, Bezetha, Gareb y Sión. Esta posición central del Moriá se corresponde perfectamente con el simbolismo del "Centro Supremo" o Axis Mundi. Hubo un tiempo en el que se le conoció con el nombre de Salem (que significa «Paz»), de donde deriva precisamente la palabra Jerusalén, la «ciudad de la Paz», y también el de Salomón, que significa «el Pacífico».

Es un lugar sagrado para los judíos porque, según la tradición, allí está la piedra donde tuvo lugar el sacrificio no consumado de Isaac por parte de Abraham. Lo curioso es que esa misma roca, denominada de la Setiyyah o Piedra de la fundación (porque se cree que de aquí Dios hizo el mundo) es sagrada también para los musulmanes por ser el lugar donde el Profeta Mahoma inició el mijray (el viaje nocturno) y para la tradición judeo cristiana porque es aquí Jacob soñó con una escalinata, cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo, por la que subían y bajaban los ángeles que le revelaron la genealogía del Mesías hasta los padres de Jesús.

Esta circunstancia impide poder llevar a cabo excavaciones arqueológicas y, en consecuencia –declara Roitman- «Nadie espera poder encontrar ningún testimonio arqueológico, ni del Primer templo, ni de lo que fue alguna vez el Segundo templo.»

Pero esa es una verdad a medias porque en febrero de 2008, las autoridades israelíes iniciaron la construcción de un puente de acceso a la Explanada de las Mezquitas que, según los palestinos, ponía en peligro pequeños restos del periodo Omeya e islámico. Debajo de esta estructura se hallan las cuadrículas donde los arqueólogos israelíes encontraron evidencias del Primer Templo.

De la leyenda a la historia
Las autoridades palestinas, pusieron el grito en el cielo. Se trataba, en realidad, de no ceder un centímetro del terreno más disputado del planeta. Y, ¿por qué? Pues porque la destrucción del domo de la roca es la señal que marca la llegada del Mesías de los judíos y la construcción del Tercer templo.

Lee el artículo completo en Enigmas nº253 de diciembre de 2016

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