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La Atlántida maya

Lunes 04 de Septiembre, 2017
La cultura maya era tan avanzada que sugiere un salto en la línea evolutiva. ¿Sus conocimientos fueron heredados de la Atlántida? Por Josep Guijarro.
Atlántida Maya

Se podría decir que la historia de la arqueología maya empieza en 1773. En ese año, el padre Ramón Ordóñez y Aguilar descubre, en medio de la selva, las ruinas de una ciudad extraordinaria. Ubicada al noreste del estado mexicano de Chiapas, se la conoce hoy como Palenque, aunque el pueblo chol se refería a ella como Otolum. En cierta manera, se trataba de un redescubrimiento porque dos siglos antes, en 1567, las ruinas habían sido avistadas por otro religioso español, fray Pedro Lorenzo de la Nada, pero más allá de bautizarla –palenc, en catalán significa ‘barrera de madera’–, no consta que le prestara atención alguna.

Al contrario que Ordóñez quien, en una obra titulada Una historia de la creación del cielo y la tierra, hablaba de las fabulosas ruinas devoradas por la selva, de sus portentosas pirámides y templos, que –curiosamente– el canónigo no dudó en atribuir a un pueblo no indígena que ¡había llegado a través del océano Atlántico! ¿En qué se basaba este religioso del cabildo de Ciudad Real para llegar a esta asombrosa conclusión?

El padre Ordóñez decía haber encontrado una copia de un libro maya quiché en el que se hablaba de Balún Votan, un personaje que, según la leyenda, vino acompañado de un grupo de hombres ataviados con túnicas blancas y que, en su recorrido por el territorio mesoamericano, había fundado diversas ciudades en lo que hoy conocemos como Tabasco, Chiapas y Yucatán, en México; Chanan, en Guatemala; o Toniná y Huehuetán, en la costa del Pacífico. Pero lo singular es que Ordóñez relacionó a Votan con un marino aventurero procedente de Trípoli pues, según le dijo a los nativos, venía de una ciudad donde se estaba construyendo un templo que habría de llegar al cielo. Como buen cristiano, Ordóñez no tardó en relacionarlo con la Babilonia bíblica y sus zigurats que, de algún modo, se asemejaban a las pirámides escalonadas que tenía ante sus ojos.

Ahora sabemos que el libro de Ordóñez era una copia parcial realizada por el obispo Núñez de la Vega antes de que el original fuera pasto de las llamas en 1691 pero, por desgracia, su paradero –como el de otros tantos documentos importantes– es desconocido. Esta circunstancia ha alimentado un acalorado debate acerca de quiénes erigieron Palenque, pues los “extranjeros” no sólo fueron bien recibidos por los nativos que se sometieron a su gobierno sino que, además, casaron a sus hijas con ellos dando lugar a una dinastía que, de ser cierta la conjetura de Ordóñez, sería una mezcla de indígenas con africanos o asiáticos. Pero cabe otra posibilidad, tan imaginativa como sugerente, que fue defendida por Edgar Cayce, el conocido “profeta durmiente”: que

la civilización maya procedía –como otras de América Central– de la Atlántida– –ver recuadro–. ¿Acaso hubo una Atlántida maya?

No sólo es que lo diga un “clarividente”. El primero en especular que la Atlántida debía terminar en América fue el historiador español Francisco López de Gomara (1510-1560). Y no fue el único. También Sir Francis Bacon (1561-1626) o el educador alemán Janua Joannes Bicherod, refirieron que “el Nuevo Mundo descubierto por los españoles no tenía nada de nuevo…”.

Más relevantes son los estudios de Charles Étienne Brasseur. Este religioso descubrió en una biblioteca de Guatemala el Libro del Consejo, más conocido como Popol-Vuh. En este libro sagrado, los mayas afirman que sus ancestros, así como los yaquis o los pueblos del actual norte de México, procedían de una ciudad llamada Tulan –nótese la semejanza fonética con Otolum, ¿tal vez quisieron conmemorarla?– y que, anteriormente, habrían vivido en una tierra en algún lugar por encima del mar. Por tanto, no es de extrañar que Brasseur supusiera que esta tierra debía de ser exactamente el continente perdido de la Atlántida, algo que en el siglo XIX no rasgaba las vestiduras de nadie.

El problema es que entonces no se conocía la teoría de la deriva continental, según la cual, la corteza de la Tierra, formada por las placas tectónicas, se mueven unos milímetros al año. En efecto, en 1912, Alfred Wegener se dio cuenta de que las formas de los continentes a cada lado del Atlántico, como África y Sudamérica, encajaban como las piezas de un puzle y, en ese rompecabezas, no había ningún hueco para un gran continente en medio del océano. Sin embargo, como veremos a continuación, las leyendas mesomericanas no hablan de un gran continente. En puridad, Platón emplea la palabra meizon que, en griego, significa tanto “grande en extensión” como “grande en poderío”. Así, el estudio de las fuentes primarias convierte a la Atlántida en una isla de menor tamaño. En concreto, utiliza el término Atlantis nêsos, que los griegos empleaban para referirse a una isla y para ella sí hay cabida en la teoría de la deriva continental.

 

Para conocer todos los secretos mayas y las claves que indicarían su cuna en la Atlántida lee el número 262 de la revista Enigmas. 

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