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Baalbek: En busca de una conexión en piedra

Miércoles 03 de Mayo, 2017
Baalbek, en Líbano, entre Oriente y Occidente, fue un punto de encuentro entre culturas. Allí se produjo un sincretismo de tradiciones asiáticas y divinidades grecorromanas. Un lugar que todavía hoy suscita muchas preguntas…
Diego Cortijo

De los muchos lugares que he podido visitar en mis viajes por Oriente Medio, hay un lugar que todavía me sigue desconcertando: Baalbek.

El investigador Manuel Delgado, unos buenos amigos y yo nos encontrábamos en Damasco, capital de Siria, y sabíamos que a 56 kilómetros podíamos cruzar la frontera con Líbano y llegar a Baalbek. Un enclave en el que los antiguos romanos construyeron sus templos más colosales, erigidos sobre unos cimientos con los sillares más grandes del mundo. Hay algo en aquel enclave que llevó a los antiguos constructores a levantar allí sus obras más imponentes. Años violentos, de guerra y terrorismo, habían relegado al olvido esta mítica ciudad. Estábamos cerca, teníamos que verlo con nuestros propios ojos.

A raíz de la guerra civil de Líbano (1975-1990), Baalbek se había convertido en uno de los principales asentamientos de la milicia Hezbolá, y mantenía una fuerte presencia militar. Antes de llegar a la ciudad, nuestro vehículo se detuvo en medio de la nada. Era un descampado en construcción. Bajé del vehículo y miré a mi derecha, no podía creer lo que estaba viendo. Esa primera parada fue quizá la más sobrecogedora. Me encontraba ante la supuesta cantera de Baalbek y una imponente mole de piedra surgía de entre las arenas.  Era inmensa, inclinada y con su base semienterrada parecía querer escapar de las arenas para no perecer en el tiempo. Ahí, abandonada, se encontraba “la piedra más grande del mundo”, tal y como rezaba el cartel del hombre que la custodiaba.

Descendí con rapidez hasta la cantera y, al tocar la piedra, me sentí insignificante. Era inmensa. Estaba tallada, sólo le faltaba separarse de su base, lista para el transporte.

Las sobrecogedoras dimensiones eran de 21,36 por 4,60 por 4,33 metros, con un peso total de ¡1.170 toneladas!

Una simple comparación para hacernos una idea: el Airbus A380, el avión más grande del mundo, pesa 240 toneladas. Éste era presuntamente uno de los bloques que formaban la plataforma sobre la que se habían asentado los templos romanos que iba a ver a continuación.

El hombre que vigilaba la cantera se llamaba Abdul Nabi al-Afi. Había salvado aquel bloque de perderse para siempre. Abdul nos mostró con orgullo la portada de The Daily Star, el diario británico en el que le habían entrevistado.

EXCAVACIONES DESCONCERTANTES
En 2014, la profesora de arqueología de la Universidad de Líbano, Jeanine Abdul Massih, y un equipo de arqueólogos alemanes, hicieron algunas excavaciones en la cantera. No tardaron en encontrar, bajo el monolito, otro más grande de 19,6 por seis por 5,5 metros, con un peso de unas 1.650 toneladas. La nueva “piedra más grande del mundo”. Dejamos a Afi impactados por la cantera y llegamos al centro de la ciudad.

Las ruinas se veían al fondo. Dejamos el templo de Venus a nuestra izquierda y nos acercamos al recinto sagrado principal. En la entrada había un modesto museo y, junto a él, una sede de Hezbolá. Varios soldados patrullaban la entrada. Todo estaba medio derruido, las columnas flanqueaban los pasos, los frisos y capiteles salpicaban el suelo…

Uno podía perderse rebuscando símbolos entre bloques de piedra esparcidos por el suelo. Y es que en época árabe, la arquitectura de Baalbek fue gravemente dañada, el complejo sagrado fue reformado como fortaleza y modificado en varias ocasiones.

Todo el recinto constituye hoy una fusión de culturas, con los templos mostrando una rica mezcla de símbolos, arquitectura e iconografía. A poco que uno observe con atención, se encuentran símbolos que aluden al dualismo del zoroastrismo, del ying y el yang, sutilmente ocultos entre los edificios. Al fondo, presidiendo todo el complejo, y elevado siete metros con respecto al resto, se alza el templo de Júpiter. Sólo han sobrevivido en pie seis columnas, pero con sus veinte metros de altura pueden presumir de ser las más altas del mundo.

Otra comparación: las del Partenón apenas alcanzan los diez metros. Nos dirigimos al templo contiguo, dedicado al dios Baco, y desde allí contemplamos la base del colosal templo de Júpiter. Bloques que aparentemente no tenían nada que ver con lo que se había levantado encima.

Unos sillares de unos diez metros de largo. En este lado sur veía nueve de los veinticuatro bloques, que estaban muy deteriorados y habían sido agujereados para servir mejor a los propósitos defensivos. Recorrimos aquellos templos y decidimos salir del recinto con la intención de rodear los santuarios. Quizá desde el ala este podríamos tener una visión más clara de esos “muros imposibles”.

El edificio estaba cercado por una valla metálica. Miramos a izquierda y derecha, la verja parecía algo deteriorada, y allí no había nadie. Manuel y yo nos detuvimos, y en un punto del camino vimos un agujero en el suelo que daba paso al lado vedado, a los muros exteriores del templo. Manuel y yo nos colamos por la abertura. Al pasar al otro lado nos quedamos mudos por lo que estábamos presenciando: el Trilithon. Aquellos incomprensibles tres bloques de piedra se mostraban ahora ante nuestros ojos, restos de un pasado casi olvidado, escondidos a los ojos del turista. En efecto, hacían honor a su merecido nombre de bloques ciclópeos, erigidos por quién sabe quién. Estos gigantes tenían unas medidas de escándalo: 19,10, 19,30 y 19,56 metros de longitud y una altura de cuatro metros, alcanzando un peso de 830 toneladas. Casi igual de gloriosos que los sillares sobre los que se asentaban, esa hilera de 24 bloques de diez metros de largo cada uno, que casi pasaban desapercibidos al lado de esos tres protagonistas. Y es que nada tenían que ver esas piedras con las que se encontraban encima de ellas. Pudimos comprobar lo bien encajados que estaban, sin holgura en el encaje. Y siguiendo esa hilera de piedras llegamos a la cara norte del templo. Esta ala del edificio estaba virgen, no ha sido castigada por las guerras, ni había sido modificada como defensa. Emocionados, salimos de aquella zona, nadie parecía haberse percatado de nuestra travesura.

¿OBRA DE GRIEGOS,ROMANOS…?
De orígenes fenicios, Baalbek pasó a manos griegas, que renombraron a dioses y templos y rebautizaron la ciudad como Heliópolis –Ciudad del Sol–. Años después, los romanos levantaron los templos que hoy contemplamos, una obra que se prolongó cerca de 300 años. Pero, ¿quién levantó los primeros bloques?

La mayoría está de acuerdo en que los veinticuatro bloques que conforman la base del templo de Júpiter, más los tres del Trilithon, son previos a la época grecorromana. ¿Pero de qué época?

“De época fenicia”, responden algunos sin convicción. Algunas prospecciones arqueológicas remontan el origen del asentamiento a la Edad del Bronce Antiguo (2900-2300 a.C.). El nombre de Baalbek tiene origen semítico, podría traducirse como “Señor de la Bekaa” y estaría relacionado con el dios mesopotámico Baal.

Hay autores que atribuyen estos megalitos a los griegos o los romanos. Según esta hipótesis, si estos pueblos hubieran encontrado el gran bloque de la cantera al llegar allí, lo habrían cortado para evitar que su fama se viera afectada al dejar allí aquel monolito tallado por otra cultura anterior. Parece evidente que los helenos encontraron aquellas “piedras”, que llamaron su atención. ¿Por qué rebautizaron la ciudad como Heliópolis? La ciudad egipcia del mismo nombre fue un lugar en el que se realizaban cultos astronómicos, y era el centro principal del culto solar. ¿Por qué quisieron asociarlo a la urbe egipcia? Y por otro lado, ¿dónde están los registros del traslado de casi 15.000 toneladas en Baalbek? Una empresa de tales dimensiones debió de quedar grabada en algún sitio, ser el orgullo de cualquier imperio. Sin embargo, tal relato no existe y la Historia calla.

Estos colosales megalitos nos remontan a una época anterior, pero ¿a qué momento concreto? La erosión de las diferentes etapas es clara, la pátina, mucho más oscura en la base, demoledora. Si nos fijamos en los sillares romanos que se asientan sobre el Trilithon, vemos cómo se amoldan a los desperfectos y erosiones del paso del tiempo de sus predecesores. Es decir, el Trilithon había sufrido ya el paso de los siglos cuando los romanos pusieron sus bloques encima. Y qué decir del traslado y encaje.

Aquí no podemos más que hacer elucubraciones. Aunque es cierto que la cantera está a un escaso kilómetros, no se trata sólo de trasladar 1.000 toneladas, sino que había que maniobrar con aquellos cíclopes para colocarlos en su sitio. ¿Y cómo explicar su elevación unos seis metros por encima de las primeras hileras de los enormes megalitos de 500 toneladas? No acaba aquí la cosa, también quedaría por explicar el “íntimo” contacto de los sillares unos con otros. Según la arqueología oficial, se machacaban los bordes y se pulían hasta conseguir esa unión perfecta. Aquellos monstruos de piedra, ya colocados, eran pulidos para encajar con el contiguo.

Pero, ¿cómo se aseguraban de esa unión perfecta? Es decir, trabajaban los cantos, unían los bloques, probaban el encaje, volvían a separar, volvían a pulir y a probar, y así hasta conseguir esa fusión imperceptible ¡con bloques de 830.000 kilogramos! Semejante procedimiento parece impensable. Más preguntas. ¿Por qué los romanos quisieron levantar el mayor de todos los templos de su imperio tan lejos de Roma?

Olvidadas por la historia, las leyendas también deberían ser escuchadas. Leyendas árabes que nos hablan de Nemrod, bisnieto de Noé, el primer monarca de la historia de la humanidad, que construyó las primeras ciudades tras el Diluvio. Dicen de él que se enfrentó a Dios y construyó la Torre de Babel para alcanzar los cielos. Y también dicen que reclamó a una raza de gigantes; ellos habrían levantado estos colosales monumentos.

En ocasiones no podemos ni arañar la superficie de lo que sucedió en tiempos pretéritos. Los templos de Baalbek y esa cantera de piedras gigantescas sembraron demasiadas dudas en mí. De alguna manera, la Historia había sufrido una involución de los maestros canteros. Había encontrado ejemplos por todo el mundo. Seguí las pistas de una forma de construcción muy particular, compleja, gigante y bellísima. El misterio de los grandes bloques me llevó alrededor del planeta. Me maravillé ante los antiguos muros incaicos, frente a los altares de isla de Pascua, los colosales bloques de Egipto o las tumbas en Etiopía. Y me detuve en las similitudes técnicas de las construcciones. No deja de fascinarme este asunto. Un tema que ya desarrolló el noruego Thor Heyerdahl: parecían existir elementos comunes en culturas muy distantes, además de un estilo constructivo muy similar. ¿Podría haber habido algún tipo de dispersionismo? ¿Algún tipo de cultura madre? Sin duda de nuevo una cuestión fascinante. Dejadme que comparta una reflexión: quizá llegue un día en el que el teatro romano de mi pueblo, que se usa hoy para celebrar conciertos en verano, sea interpretado por alguna civilización futura, como una sala de fiestas del siglo XXI. ¿Quién sabe?

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