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La capilla sixtina de América

Lunes 24 de Julio, 2017
Uno de los grandes misterios a los que no ha sabido dar respuesta la historia oficial es el de la cueva de Punta del este, situada en la isla cubana de la juventud, con pinturas rupestres que implican un nivel de conocimientos superior al de sus hipotéticos autores. Esta nueva “capilla sixtina” hace pensar en un prodigioso dominio astronómico.
Gabriel Muñiz

Lejos de lo que pudiera pensarse, bajo la superficie terrestre cubana se extiende una tupida red de pasadizos y galerías. Provincias como Matanzas o Pinar del Río, por sus especiales condiciones y antigüedad geológicas, albergan en su interior grutas de gran valor natural que de un tiempo a esta parte han sido centro de atención de arqueólogos y antropólogos. Las investigaciones, durante el siglo XX, no hicieron más que seguir la pauta más ortodoxa, centrándose en corroborar la presencia indígena precolombina ya conocida. Sin embargo, nuevos hallazgos han sembrado de dudas aquellas teorías, indicios de la presencia de un nivel de civilización que no cuadraba en el marco cultural de los antiguos pobladores. Crípticos símbolos y pictografías circulares, piedras esféricas decoradas, restos arquitectónicos sumergidos, herramientas líticas, cartografías inexplicables… suficientes incógnitas como para plantearse una duda razonable.

UN CALENDARIO PERFECTO
La Cueva de Punta del Este se encuentra en un extremo de la Isla de Los Pinos –rebautizada por la Revolución como Isla de La Juventud–, al oeste de Cuba. En un entorno tupido y pantanoso, a trasmano de cualquier interés estratégico colonial, la cueva permaneció inexplorada hasta tiempos recientes. Su abertura exterior apenas da idea de lo que esconde en su interior. Una vez traspasado el umbral, la galería parece ensancharse hasta adquirir escalofriantes dimensiones, donde la oscuridad gana la partida a la luz. En sí misma, la estructura interior manifiesta un aspecto catedralicio a pequeña escala, con bóvedas a diferentes alturas, y salpicada por mágicas claraboyas naturales por donde penetra puntualmente la claridad. Pero es a medida que se acomoda la vista cuando la cueva despliega su verdadera magnificencia.

La irregular techumbre exhibe una profusión de pinturas inimaginable, en su mayoría círculos policromados y sin relación aparente, como si hubieran surgido del recurrente capricho pictórico de sus habitantes.

Una pictografía en concreto, no obstante, llama poderosamente la atención por su elaborada ejecución y detalle. Se trata de una secuencia de círculos concéntricos, 56 para ser más exactos, 28 de los cuales son rojos alternando con otros 28 en negro. A su vez, sobre esta pictografía puede observarse una flecha roja apuntando en dirección al este, así como 13 círculos independientes y dos núcleos más de 4 círculos, todos ellos estratégicamente superpuestos al motivo central. Ante el dibujo, el espectador menos avezado descartaría automáticamente la función puramente ornamental y gratuita. Tal iconografía debería contener un mensaje al menos simbólico, o incluso, quizás, sus depuradas líneas entrañar un sistema de rango científico.

Pero la pregunta es: ¿concuerda el nivel de desarrollo material del grupo autóctono de la isla con el conocimiento vertido en tales manifestaciones pictóricas? En opinión de los estudiosos más ortodoxos, sería razonable pensar en un paralelismo intelectual entre la ejecución de las pinturas y el nivel evolutivo de ciertas tribus que ya habitaban Cuba tras el descubrimiento de Colón, una visión que apostaría por un sentido ornamental de las mismas. Aunque la cueva de Punta del Este, como apuntan muchos otros, no significaría únicamente un lugar de abrigo común, sino que debió implicar para sus pobladores, cuando menos, algo similar a un templo destinado a una mitología de tipo astral, donde el sol como centro de adoración, y el círculo como insoslayable símbolo de eternidad, ocuparían un lugar honorífico.

Parece plausible que las epigrafías de Punta del Este obedecían a alguna ancestral necesidad ceremonial. Así lo constatan infinidad de investigadores va pudo cumplir una función de observatorio astronómico, lo cual no tendría precedentes en su propio ámbito.

Comentaba este autor que, situándonos en el centro de la bóveda, es posible observar el aparente movimiento del sol deslizándose por el interior de la gruta, desde el solsticio de verano al de invierno. Durante el desplazamiento del disco solar hacia el este, al llegar el 22 de marzo y por tanto el equinoccio de primavera, su luz proyectada acaba por ubicarse en medio de la entrada de la cueva, deteniéndose precisamente sobre un conjunto pictográfico que representa un falo rojo penetrando una serie de círculos concéntricos. Con el transcurso anual del calendario, el sol continuaría su avance por la cueva en cada amanecer, hasta detenerse, el 22 de diciembre y coincidiendo exactamente con el solsticio de invierno, sobre el gran motivo central al que hemos aludido. En la cueva de Punta del Este son muchas las evidencias que alejan el fantasma de lo aleatorio, apuntando hacia un dominio y conocimiento astronómico fuera de lo común. Además de lo dicho anteriormente, a través de sus claraboyas es posible evaluar el tránsito de la Luna y de Júpiter, cuenta también con otras pictografías como la cruz de cuatro aspas, indicando los cuatro puntos cardinales, y otros muchos símbolos relacionados con la fertilidad, entre ellos la serpiente. Estaríamos hablando, así las cosas, de un templo primitivo único en su género, de irrepetible atmósfera y simbolismo, sin parangón posible en su entorno geográfico y antropológico, cuyos estudios inducen a concluir que se tratara de un centro ceremonial donde los sacerdotes realizaran cierto tipo de liturgia cosmogónica.

Habría que remitirse a diversas culturas lejanas en el espacio y en el tiempo, tanto en Europa como en América, para localizar otros lugares donde un recinto sagrado sirviera a su vez de escenario a toda una fenomenología de tipo astronómico. Persuadidos por estos paralelismos, algunos investigadores pusieron de relieve la incongruencia que supondría adscribir la autoría de las pictografías a los indígenas que convivieron con los descubridores colombinos. Cuando Colón arribó la isla, las dos tribus aborígenes que la habitaban eran los ciboneyes y los taínos. Parece ser que los taínos, con cierto dominio de la agricultura y la alfarería, procedían de la actual República Dominicana, de la que emigraron a Cuba huyendo de los sanguinarios caribes. Por su parte, los ciboneyes fueron producto de los movimientos migratorios araucanos provenientes de Sudamérica, eran simples recolectores sin tradición alfarera, y se establecieron predominantemente en el oeste de Cuba y habitaban cuevas como la de la Isla de la Juventud. ¿Cómo explicar la autoría material de las pictografías a un pueblo cuyos útiles materiales y desarrollo desmerecían, según la docta opinión de los entendidos, tan avanzada concepción del universo?

La hipótesis que plantearon fue tan revolucionaria como seductora: ¿Sería posible que estos vestigios intelectuales pertenecieran a otra cultura, que tuvieran su origen en alguna civilización lejana mucho más desarrollada? Así parecían demostrarlo no sólo las pictografías de Punta del Este, sino increíbles hallazgos que se sucederían en otras zonas del archipiélago cubano.

TRANSCULTURACIÓN
Se contarían por decenas las hipótesis que aluden a diferentes relaciones culturales no reconocidas por las versiones aislacionistas de la historia común. Sin dejar de reconocer la teoría oficial, la más lógica y extendida, que explicaría la repoblación americana por migraciones sucesivas a través del Estrecho de Bering, hay indicios serios que apuntan que la llegada de Colón sólo fue la culminación de una serie de contactos seculares, de migraciones a través de los dos océanos al continente americano. Nos atreveríamos a decir que entre estas “vecindades transoceánicas”, las Antillas en particular, por encontrarse situadas al albur de la corriente del Golfo, pudieron ser incluso más proclives en esta “lotería” de la transculturación.

Según una teoría, los drávidas del sur de la India pudieron colonizar una vasta extensión de Sudamérica 9.000 años antes de Cristo, tesis avalada por hipotéticas coincidencias fonéticas de esta cultura y la lengua guaraní. Más improbable sería la expedición celta a las Américas, que daría paso a otra teoría mucho más plausible, la de los fenicios, teniendo en cuenta su pericia en la navegación y el revolucionario hallazgo, en Brasil, de la piedra con inscripciones de Paraiba. Igualmente, la insólita descripción de América atribuida al cartógrafo Marino de Tiro, basada en el relato de un misterioso navegante griego llamado Alexandros, es de por sí intrigante. Hay tesis que hablan de migraciones chinas a través del Pacífico, de contactos más o menos accidentales de los egipcios, griegos y romanos, de senegaleses 800 años antes de Cristo, de irlandeses y portugueses, legajos referidos a expediciones árabes, o el más contrastado periplo del mundo vikingo. Finalmente, no hay que olvidar la posibilidad de que el mismo Cristóbal Colón viajara sobre seguro, basándose en un supuesto marino confidente y en una cartografía preexistente de la costa americana del Atlántico. Llevando la especulación al extremo, por transculturación se podría entender también el contacto entre la población precolombina y ciertos “mesías tecnológicos” llegados de los cielos, creencia latente en multitud de tribus aborígenes del Nuevo Continente.

Pero no es nuestra intención detenernos en estas incógnitas. Respecto a lo que nos atañe más directamente, tales especulaciones sólo tratan de avalar la idea de que la transculturación, a mayor o menor escala, debió producirse en la región del Golfo casi con total seguridad. Lo más extraordinario, teniendo en cuenta su geografía y corrientes marítimas dominantes, sería que las diferentes culturas hubieran permanecido impermeables unas de las otras con el transcurso de los tiempos.

El estudioso cubano Orestes Girbau, en referencia a las especiales cualidades de la cueva de Punta del Este, apuntaba paralelismos con otros centros sagrados de Europa, en particular emplazamientos como el túmulo bretón de Gravinis, en Morbihan (Inglaterra).

Al igual que en la cueva cubana, sus antiguos pobladores idearon recintos sagrados ceremoniales en los que tenía lugar una auténtica fenomenología astronómica, facilitando que discurriera por su interior la luz proyectada por el sol y la luna para conseguir espectaculares efectos visuales sobre los muros megalíticos, estratégicamente decorados con formas espirales, círculos, rectángulos y serpientes.

Diferentes símbolos arcaicos, como la cruz griega y el círculo concéntrico – presentes en Punta del Este–, y la cruz lunada –descubierta a su vez en otra cueva cubana denominada Ambrosio–, están presentes en la famosa Piedra de Huancor, en Perú. La cruz griega, por otra parte, forma parte del simbolismo de lugares tan alejados en el tiempo y en el espacio como el mundo sumerio. Estos hechos, según algunas teorías, plantearían la posibilidad de que ciertos símbolos fueran parte de cierta “antropología universal” latente en pueblos distantes e impermeables, y que incluso las civilizaciones menos desarrolladas hicieran un uso selectivo de representaciones afines.

UNA NUEVA ATLÁNTIDA
Hasta hace unos años se daba por hecho que la presencia de los primeros aborígenes cubanos se remontaba a unos 5.000 años, pero nuevas investigaciones y hallazgos han ido dilatando esa fecha hasta los confines del tiempo. Ciertas hipótesis se sustentarían en la idea de que las primeras migraciones a Cuba se remontarían por lo menos a los 10.000 años, y que, procedentes del continente americano, y de la península de Florida en particular, algunas comunidades pudieron acceder a la isla a través de los pasillos terrestres que emergieron en el mar al final del periodo glaciar. La desecación de los mares, durante aquella época, hizo bajar su nivel algunas decenas de metros, y las poblaciones habrían utilizado el arco de Las Bahamas como puente para llegar a la isla.

Si no fuera a través del paleocontacto, ¿de qué otra forma se explicarían hechos singulares que se han ido sucediendo en la arqueología cubana? Aparte de las enigmáticas pictografías de Punta del Este y del simbolismo compartido con culturas lejanas como América y Europa, en Cuba se ha dado el caso de descubrimientos relacionados con la fundición de los metales, un hecho totalmente asincrónico. Así mismo, es relevante apuntar la insólita fabricación de ciertas herramientas al estilo del Viejo Mundo, o el descubrimiento de algunas prácticas mortuorias que contradicen absolutamente la forma de vida, el desarrollo y la conceptualidad de una comunidad pre-agroalfarera. Por último, es reseñable la frecuente existencia de esferolitas por toda la isla cubana. Se trata de piedras talladas con una exactitud milimétrica, entre las que destacan algunos ejemplares con representaciones astronómicas circulares que conectarían a la perfección con las pictografías de nuestra cueva. Como apunta el espeleólogo Orestes Girbau, es lógico pensar que, antes de la emigración araucana, grupos venidos del Yucatán llegaran a la isla.

Los mayas, según este autor, serían grandes candidatos para explicar algunos de los enigmas que hemos citado, teniendo en cuenta su proximidad geográfica, así como su probado dominio de la navegación y la orientación, de la astronomía y la matemática. Sin embargo, los verdaderos orígenes de este nivel de civilización presentes en la Punta del Este siguen representando un misterio.

Poco a poco ha ido ganando adeptos una hipótesis que vincularía a Cuba con un pasado atlante, una teoría avalada por su ancestral posición geoestratégica. En el año 2000, a 650 m de profundidad bajo el nivel del mar, justo entre la península cubana de Guanacahabibes y la región mexicana del Yucatán, una expedición científica cubano-canadiense, dedicada a la búsqueda de tesoros hundidos, declaró haber descubierto las ruinas de una posible ciudad sumergida con más 6.000 años de antigüedad. Según el testimonio de la misión arqueológica, que ha estudiado la zona con la ayuda de robots submarinos equipados con sónar, se trataría de un insólito complejo urbanístico formado por lo que parecen ser calzadas, montículos y muros megalíticos, cuya distribución induce a pensar en su factura por mano del hombre. Los más escépticos, sin embargo, afirman que podría tratarse de formaciones calizas naturales, pero no acaban de explicar la caprichosa geometría que parecen contener estos restos subacuáticos. La polémica continúa y está más viva que nunca. En la isla cubana, y en la cueva de Punta del Este en particular, persisten demasiadas incógnitas sin resolver. Mientras no existan pruebas de lo contrario, es lógico conjeturar que diferentes y alternativas culturas, pertenecientes a mundos distantes, se sucedieron depositando su saber ancestral en la isla. Estudiar la posibilidad de que civilizaciones más o menos avanzadas y paralelas hayan podido coexistir, o incluso pudieran hoy coexistir entre nosotros, es una tarea que nos abriría muchos caminos de comprensión.

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