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La Ciudad de los Césares en el norte de Argentina

Jueves 27 de Julio, 2017
En el norte de Argentina, en la provincia de Jujuy, se yerguen las ruinas del Pucará de Tilcara, a más de 2.500 metros, entre las montañas andinas. Para unos pudo ser la mítica “Ciudad de los césares” –tierra de riquezas y poder donde vivía el “rey blanco”– y, para otros, una importante ciudadela en la que se sacrificaban ritualmente las llamas negras. Por allí pasaba la “Ruta de la seda” sudamericana.
Texto: Pablo Villarrubia Mauso

Por un momento pensé que estaba en el Tíbet; cientos de montañas se repartían entre dos largas filas que de forma majestuosa alzaban sus picos hacia los cielos. Pisaba sobre un terreno que, en teoría, podría ser la “Ciudad de los Césares”, la mítica urbe de “oro macizo” en la que según los cronistas españoles vivía el misterioso “Rey Blanco”.

A 2.650 m de altura sobre el nivel del mar, en plena Quebrada de Humahuaca, se alzan los contrafuertes de la cordillera de los Andes, sitos en la provincia norteña de Jujuy (Argentina), un paisaje semiárido poblado de inmensos cactus que surgen de entre las piedras…

Llegué a Tilcara –a tan sólo 1 km de las ruinas– cuando se celebraba el Día de la Nación. Al pueblo, en fiestas, acudían los aborígenes que descendían de las montañas con sus trajes típicos, a lomo de caballos y ataviados con ropas gauchescas. Las flautas andinas y los tambores de cuero de llama resonaban en la plaza tilcareña, mientras que los rostros de piel morena y ojos achinados seguían el compás de ritmos ancestrales. 

Tilcara fue uno de los más importantes enclaves del pasado prehispánico argentino, donde los indígenas se establecieron no sólo para contemplar un paisaje de ensueño, sino para cumplir su destino, por obra y arte de los dioses. Durante los tiempos coloniales, la Quebrada de Humahuaca y sus asentamientos fueron parte de las principales áreas de producción agrícola de toda América del Sur y un gran pasillo comercial, condición que se mantuvo hasta finales del siglo XIX.

Antaño, a la entrada del pucara había dos grandes “piedras paradas”, posiblemente menhires. Una de ellas se usó en el siglo XVII para la construcción de la iglesia del pueblo de Tilcara. Una leyenda viva parece relacionar la ciudadela prehispánica y el templo católico. Se cuenta que allí, entre las ruinas, está enterrada una campana de oro que en noches de luna llena suena con mágico tañer que se escucha a gran distancia.

Me movía entre un laberinto de casas rectangulares, palacios y templos de piedra mientras en cuclillas Óscar Branchesi, uno de los más apasionados conocedores de aquellos recintos sagrados, realizaba su ritual de respeto y sumisión a la Pachamama y a los antiguos habitantes de Tilcara, al tiempo que entre sus manos resbalaban algunas hojas de coca –“planta de los dioses”– que caían sobre un montículo de piedras, llamado allí apacheta, símbolo protector del viajero. “Dicen los abuelos que estos sitios aún están habitados por los espíritus de los antiguos. Entramos en una casa ajena y por ellos debemos hacer la ofrenda con hoja de coca”, me explicaba sin mirarme, fijando toda su atención en el ritual.

La Quebrada de Humahuaca se extiende a lo largo de más de 100 km y su altura media es de 2.500 m. Considerable, puesto que la densidad atmosférica es casi un 25% menor respecto a la que existe a la altura del mar, y la presión un 30% menor. De ahí que me resultara difícil, como a la mayoría de los forasteros, emprender caminatas y respirar con normalidad: dolor y zumbidos dentro de la cabeza, vómitos, flojera, estómago revuelto…

Hubo un hombre que se enfrentó a éstos y otros problemas en el lejano enero de 1908. No en vano, encontró entre los cerros de Humahuaca las ruinas de una urbe abandonada siglos atrás: eran los restos de la ciudadela-fortaleza de Tilcara. El explorador en cuestión era Juan Ambrosetti, a quien el magnetismo del lugar le atrajo en tres ocasiones, convirtiéndose desde entonces en el pionero de la investigacón arqueológica del sitio.

Tilcara es un pucara –fortificación– en posición estratégica y que permite una amplia vigilancia del entorno. Los análisis de carbono-14 de algunos vestigios cerámicos lo datan en fechas próximas al 1050 d.C., si bien es posible que sus cimientos se erigieran hacia el 860. No obstante, el pucara siguió ocupado por los aborígenes hasta el año 1594, cuando los españoles apresaron al “curaca” –cacique– de Tilcara, Viltipoco. En el lugar llegaron a vivir más de 2.500 personas, repartidas en sólidas viviendas comunicadas por numerosos e intrincados caminos. Los recintos cerrados de las viviendas daban a los patios, casi siempre rectangulares. Los techos de las casas estaban hechos con barro sobre entramado de caña o de cactus. Según el tipo de familia y su relación, intercomunicaban los patios. 

Con el brazo extendido, Óscar Branchesi me señaló los muros de piedra que sirvieron de corral de llamas. Percibí que la entrada estaba jalonada por dos piedras levemente inclinadas hacia adentro. “Este tipo de construcción imita a las típicas puertas incaicas, de formas trapezoidales. Si te fijas, estas piedras están mucho más trabajadas que las demás”, me explicaba el estudioso. Y continuó hablándome del recinto ceremonial que pisábamos: “Éste no era un ‘corral’ cualquiera. Estaba destinado para las llamas escogidas para ser sacrificadas ritualmente a los dioses para pedirles más lluvias, fertilidad y abundancia. Según la tradición incaica, copiada por los tilcareños, debían ser llamas negras”.

Posteriormente nos acercamos a una suerte de altar de poco más de un metro de altura y dos de longitud. Debajo se encontraron, enterrados, platos con cabezas y cola de patos, usados en ceremoniales de típica influencia incaica: “Este es uno de los altares, el más grande. Se ha dicho que estaba dedicado a los sacrificios en honor del Sol, y el más pequeño, a la luna, pero no hay cómo comprobarlo (…)”.

“PIEDRAS VIVAS”
 Los arqueólogos Ambrosetti y Debenedetti, por uno de esos extraños derroteros del destino, fallecieron en 1935, ambos dedicados a extraer los restos de Tilcara. El cuerpo de Ambrosetti yace bajo una bonita pirámide de piedra construida sobre uno de los puntos más altos del lugar.

En el pueblo de Tilcara se encuentra el museo arqueológico “Eduardo Casanova”. En la sala VI se encuentra parte del material excavado en el pucara de Tilcara. En las vitrinas se exhiben instrumentos de hueso como cornetas, peines, cucharillas o tarabitas –trabas para ajustar la carga de las llamas–. Allí pude contemplar un ajuar funerario completo, desenterrado del pucara, compuesto por un brazalete de bronce, cuentas de collar de piedras semipreciosas, ollas… así como la mitad inferior de un recipiente que contiene el entierro de un bebé.

Me sorprendieron los objetos de cobre, bronce o plata, como discos pectorales efectuados con moldes, cinceles, tumis –hachas ceremoniales–, campanillas y extraños muñequitos. Aún más intrigante era una tabla de madera con algunas incrustaciones de piedras semipreciosas. En uno de los extremos alguien talló la figura estilizada de un ser humano. Era una de las tablillas en las que los antiguos depositaban rapé alucinógeno que inhalaban con auxilio de tubillos. Algunas de éstas procedían de la región chilena de San Pedro de Atacama, zona con la que los antiguos habitantes del norte argentino mantuvieron un intenso intercambio económico y cultural. Las tablillas chilenas muestran también seres míticos como hombres-aves, muy semejantes a aquellos labrados en la Puerta del Sol en Tiahuanaco, Bolivia.

El fallecido arqueólogo Pedro Krapovichas menciona unas tablillas de madera para consumir rapé y alucinógenos donde aparecen lo que él denominó “felinos rampantes”. Se trata de un motivo raro y sólo se ha encontrado un ejemplar en Chiu-Chiu –norte de Chile– y otro en el pucara de Tilcara. Esta última se conservaba en el Museo Etnográfico de Buenos Aires –al menos hasta 1961– y tiene una batea cuadrangular y decoración esculpida en forma de mango. Aparecen dos felinos elevados sobre sus patas traseras, apoyando las delanteras en el borde superior de la bandeja –batea–. Las traseras están apoyadas sobre una cabeza humana que, según el estudioso, “tiene todas las características de una cabeza trofeo”.

El culto a las “cabezas trofeo”, según cuenta el cronista y sacerdote madrileño Diego Rosales, era practicado por los indígenas araucanos del Chile.

Se trataba de cortar la cabeza de algún guerrero enemigo vencido en la batalla. El cráneo pasaba de padre a hijo y se enarbolaba en nuevos conflictos bélicos para concitar a los guerreros a cortar más miembros. Las guardaban como objetos de gran valor, pues creían que ofrecían fuerza espiritual y física a sus propietarios.

Tablillas para uso de alucinógenos semejantes, con la presencia de jaguares o pumas, también existieron en otros lugares de América, entre los indios kachuiana, de la región del río Trombetas, en el Estado de Pará –Amazonia brasileña–.

Krapovickas comparó la representación humano-felínica con otras del Gilgamesh mesopotámico. “En Egipto se ve a este personaje entre dos leones, labrado en el mango de un puñal predinástico. Aparece luego en todo el mundo mediterráneo, en Creta, Etruria y entre los íberos. Aquí representa a deidades de fecundidad y aparece el personaje entre dos fieras o animales, o sosteniendo pequeñas figuras entre las manos”.

ASTICKU Y TILCARA
Después del viaje a Argentina, marché a Sao Paulo, Brasil, donde, coincidentemente, al hablar con el investigador Gabriel D’Annunzio Baraldi, éste me comentó que había encontrado una extraña relación entre Tilcara y Esteco, otra ciudad perdida. El asunto, complejo en cuanto a polémicas ubicaciones geográficas, estaba conectado con las llamadas “ciudades desaparecidas” del temprano período colonial en el norte argentino, cuando los españoles fundaron varios núcleos urbanos, algunos cerca –o sobre– poblaciones indígenas.

La ciudad de Esteco, también llamada Estero o Asticku, hoy perdida y legendaria, fue fundada en 1567 por Francisco de Aguirre, según cuentan los libros de historia. En muy poco tiempo alcanzó un maravilloso desarrollo, debido a las condiciones excepcionales del suelo y a su posición geográfica estratégica.

Su ubicación era lugar de paso natural y obligatorio de la Pampa hacia los Andes, al Pacífico y sur de Chile. Una de las supuestas localizaciones de dicha cha ciudad –también llamada Cáceres en Esteco– se sitúa en la confluencia entre los ríos Salado y Teuco, a 180 km al norte de Santiago del Estero, en lo que sería hoy la provincia de Salta, vecina a Jujuy. Se trata del lugar llamado “El Paso”, más tarde denominado río Juramento. Los indios llamaban a ese lugar Asticku, que servía para el tránsito entre los habitantes de las regiones altas del Perú y los pueblos indígenas de Tucumán.

Estero llegó a ser la más opulenta de todo el gobierno de Tucumán, que entonces abarcaba un territorio mucho más grande que la actual provincia homónima. Pero, según Baraldi, poco a poco desaparecieron, murieron y huyeron 30.000 indígenas esclavizados por los españoles. Al igual que otras ciudades y reinos míticos el juego, el vicio y la decadencia de la producción conllevaron a la crisis, a la miseria, y a la destrucción. No en vano un terrible terremoto asoló Esteco el 13 de septiembre de 1692, derribando sus edificios, y la tierra abierta se tragó todas sus casas, desapareciendo totalmente, sin dejar vestigios. “Desde entonces, Esteco, que había sido una de las siete principales ciudades españolas del Tucumán, quedó borrada del mapa, al igual que Sodoma, Gomorra, Seboim y Adama, las cuatro ciudades bíblicas destruidas por el fuego celeste”, me dijo entonces el explorador Frederico Kirbus.

“Se creyó que había sido castigada a causa de su depravación. Nada de eso: en realidad su riqueza y sus vicios fueron un mito. Pero la fama, y especialmente la mala, puede más. Y cuando Esteco, transformada en un montón de ruinas, fue abandonada por sus últimos habitantes, que se trasladaron a la vecina Metán la Vieja, no hubo quien resistiera la tentación de creer que el trágico fin de Esteco había sido un castigo justo. Se convirtió entonces en proverbio aquello de ‘Salta saltará, Esteco se hundirá, Tucumán florecerá’. Pronto la vegetación y el olvido la cubrieron”.

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