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Corocotta: La leyenda cántabra

Martes 11 de Octubre, 2016
El historiador Dión Casio refiere una anécdota protagonizada por el emperador Octavio Augusto y el supuesto líder cántabro Corocotta en hispania en el año 27 a.C. el suceso sigue siendo objeto de polémica. TEXTO Mariano F. Urresti

Entre 29 y 19 a.C. Roma vivió una pesadilla para doblegar a las tribus cántabras, grupo humano afincado en la actual Cantabria y en el norte de las actuales Palencia y Burgos.

Se trataría de una extensión de terreno de unos 12.500 km2 con una densidad de población de ocho habitantes por Km2. El carácter indomable de aquella gente hizo que, junto a los astures, se convirtieran en un problema para Roma.

De ambos pueblos, según el historiador Floro, el cántabro era “el más resuelto, áspero y pertinaz en rebelarse”. Los cántabros fabricaban cerveza, de donde se deduce que al menos cultivaban cebada, pero no era ésa su principal ocupación.

Aunque es cierto que practicaban el pastoreo, su fama les vino dada por su ferocidad en combate, tanto para robar trigo a sus vecinos del sur como para ser contratados como mercenarios en muchos lugares lejos de sus tierras. Por ello, destacaron en la fundición de hierro, que les permitía disponer de armas como las que aparecen representadas como trofeo en monedas romanas: espadas “tipo Bernorio”, de pomo nabiforme y empuñadura con cachas de hueso o madera; puñales pequeños, lanzas, hachas de doble filo, escudos circulares de madera forrada con piel con un umbo metálico en el centro…

Tras la muerte de Julio César en 43 a.C., Octavio y Marco Antonio pugnaron por el poder hasta que el primero obtuvo la victoria en la batalla de Accio en 31 a.C. Durante aquella guerra civil, los cántabros habían luchado en su contra,  a sueldo de Marco Antonio, de modo que eso les hizo antipáticos a los ojos de quien impondría su poder personal vaciando de contenido al Senado de la República primero e imponiendo después un nuevo modelo político –el Imperio–, al tiempo que recibía los títulos de Augusto y Emperador. Pero unas guerras como las cántabras no se inician sólo por un detalle como el mencionado, por más que en Roma se hubiera extendido el rumor de que los cántabros eran guerreros indomables.

El móvil principal que había tenido Roma para adentrarse en el norte de la Península había sido la explotación minera, y además Augusto quería mostrar su poder doblegando a aquellos salvajes, por eso se desplazó a la Península en 27 a.C. y pasó el invierno en Tarragona.

Posteriormente, inició una campaña que imaginó sencilla, pero que se convirtió en una pesadilla. Para empezar, como refiere Dión Casio, los cántabros rehuían el combate en campo abierto, donde Roma era invencible, y hostigaban a las legiones con irritantes ataques de guerrillas. Augusto estuvo a punto de morir de frío, según Suetonio, y para colmo un rayo cayó tan cerca de él que casi alcanza su litera. Pero su pesadilla era Corocotta, el supuesto líder de los cántabros.

En la actualidad sigue siendo motivo de polémica la existencia real o no de aquel guerrero, pero Dión Casio afirma que el emperador puso precio a su cabeza y ocurrió algo insólito: “Irritóse –Augusto– tanto al principio contra un tal Corocotta, bandolero muy peligroso, que hizo pregonar una recompensa de 200.000 sestercios a quien lo capturase. Pero más tarde, como se presentase él espontáneamente, no sólo no le hizo ningún daño, sino que le regaló aquella suma”.

¿Es cierto el episodio? ¿Apareció Corocotta en la tienda de Augusto a reclamar la recompensa? ¿Existió un líder cántabro con ese nombre? Historiadores como Adolf Schulten han querido hacer de él el Viriato cántabro, pero otros discuten su autenticidad.

El reportaje completo figura en el número 251 de octubre de 2016

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