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Los crímenes de Marcel Petiot, el doctor Satán

Martes 17 de Octubre, 2017
En París, durante la ocupación alemana, decenas de personas se esfumaron sin dejar más rastro que unas líneas escritas en un papel que aseguraban que habían pasado a zona segura. Sin embargo, lejos de estar a salvo en países neutrales, habían sido víctimas de un asesino que sería bautizado por la prensa como “doctor Satán”, al que la misma Gestapo nazi definiría como un “loco peligroso”.
Gonzalo de Martorell

París, cae la noche en la ciudad que ahora pertenece a los nazis. Amparada por la oscuridad, una persona camina nerviosa. Avanza en trayectos cortos, de esquina a esquina y mirando cada vez que se detiene, para asegurarse de no haber sido vista por ojos invisibles que pueden dar al traste con sus anhelos de escapar de la Gestapo,  un monstruo que sacia su hambre sacando personas de sus hogares, torturándolas y, por el mero hecho de ser judíos, llevarlas en trenes de ganado hacia campos de exterminio. Pero este individuo tiene guardado un as bajo la manga. Una persona está dispuesta a ayudar- le, a sacarle de aquel peligro y llevarle a un lugar segu- ro. Su destino, una mansión donde se le ha citado, se alza imponente. Su salvador le está esperando dentro. Se dice que ha tenido suerte de dar con él y de poder permitirse pagar la suma que le pide, 25.000 francos, para poder salir de la ciudad de la Luz y salvar la vida.

Una vez dentro, recogen su maleta y le hacen pasar a una habitación de las muchas que hay en la casa.

En ese momento, el desdichado nota un pinchazo en su cuello y cómo su cuerpo se paraliza hasta quedar inmóvil. Aún sin comprender del todo lo que sucede, es arrastrado hacia otra habitación, donde su captor fija sus manos en unas frías argollas de hierro sujetas a la pared. Aterrada, la víctima observa cómo el que habría de salvarle, tras mirarle por última vez, cierra la puerta de aquella oscura estancia y, casi de inmediato, escucha el aterrador sonido del gas que va llenando poco a poco el habitáculo. Ha escapado de la Gestapo, sí. Pero no de la muerte.

PARÍS, 11 DE MARZO DE 1944
Varios vecinos de la calle Lesueur llevaban tiempo observando un humo negro y maloliente que salía  de una de las mansiones, sita en el número 21. En una ocasión, temiendo que se estuviera produciendo un incendio, dieron cuenta a las autoridades y varios gendarmes acudieron, junto con una dotación de bomberos. Una vez allí y tras averiguar que dicha mansión pertenecía a un tal Marcel Petiot, se avisó a éste para que acudiera. No obstante, y viendo que se demoraba, procedieron a forzar la entrada.

Aquellos gendarmes y bomberos habían visto cosas muy fuertes durante el tiempo que la ciudad llevaba en manos de la Gestapo. Sin embargo, al acceder al habitáculo donde se encontraba aquella caldera, la visión que se extendió ante ellos heló su sangre: la caldera estaba siendo alimentada con cadáveres humanos y, además, la habitación se encontraba repleta de restos de dichos cuerpos.

En medio del impacto emocional, apareció un hombre que se hizo  pasar por el hermano de Marcel Petiot. Cuando le informaron acerca del macabro hallazgo, el hombre les llevó a un lugar alejado y, después de presentarse como el verdadero Petiot, les comunicó con total sangre fría que aquel lugar servía para quemar los res- tos de los alemanes y colaboracionistas eliminados por la Resistencia. Aún impresionados, los agentes, incomprensiblemente, le dejaron marchar.

Una vez informado del caso por parte de los gendarmes, se encargó  la investigación al comisario Georges Massu. Dicho policía realizó una inspección de la casa para hacerse una idea de lo que había estado ocurriendo. Entró en la propiedad por un gran portal que daba a un patio y a unas dependencias que habían sido en tiempos unas caballerizas. Aparte, se encontró con otras dependencias re- convertidas en un consultorio médico situado sobre el semisótano donde funcionaba la caldera.

Tras una inspección minuciosa, el comisario observó que desde la sala de espera partía un pasillo que conducía a una pequeña habitación. Dentro de la misma, había ocho argollas de hierro fijadas a la pared. Tras volver a observar detenidamente los establos, Massu descubrió una fosa sobre la cual colgaba una polea. Tras insistir en que quería bajar él mismo, el comisario notó horrorizado cómo sus pies crujieron al romper varios huesos humanos que yacían en el fondo de aquel foso, enterrados en cal viva.

Poco tiempo después, a Massu le era entregado un telegrama en el que se ordenaba dar caza a Marcel Petiot, quien, a estas alturas, era considerado “un loco peligroso”.

PETIOT, EL “DR. SATÁN”
Hasta ese momento, la vida de este médico francés había sido tan anónima como la de cualquier otro, pero realizadas las primeras indagaciones, las autoridades se fueron formando una idea de cómo era realmente su sospechoso.

Marcel Petiot había nacido en 1897 en Auxerre, en el seno de una familia acomodada. Durante la Primera Guerra Mundial, tras haber sido declarado inútil para servir en el Ejército francés, obtuvo un puesto de ayudante médico en el frente gracias a sus estudios en la Facultad de Medicina. En aquella época ya comienzan a circular rumores que aseguran que traficaba con morfina. Una vez finalizada la contienda y ya con el título de Medicina bajo el brazo, Petiot se establece en una pequeña población francesa de la que llega a ser incluso alcalde.

Los informes recabados por la policía indicaron que había algo extraño, ya que varios pacientes mueren en extrañas circunstancias debido, como más tarde se asegurará, a que habían inco- modado al terrible doctor. A pesar de los rumores, Marcel Petiot se marchó a París en 1933, donde se estableció y formó una familia al tiempo que se consolidaba como médico.

Poco a poco, amasa una pequeña fortuna que le permite adquirir la mansión del número 21 de la calle Lesueur, donde dará rienda suelta a su sadismo y a su falta de escrúpulos. Pronto cayó en la cuenta de que el ejercicio de la medicina convencional no bastaba para satisfacer sus necesidades económicas, por lo que buscó otras actividades más lucrativas.

Ya con París bajo el dominio del Tercer Reich, comenzó a trafi ar con heroína y a provocar abortos, activi- dades que le proporcionaron pingües beneficios. Sin embargo, mucha de su clientela pertenecía a los estratos más bajos de la sociedad parisina y algunos no dudaron en intentar sacar provecho de los tratos con el médico. Petiot, temiendo que su negocio pudiera estar en peligro, no dudó en volver a llevar a cabo la táctica que desempeñó en sus inicios: todo aquél que osara entrometerse, desaparecería.

Así lo hizo y, para no levantar sospechas, se le ocurrió una ingeniosa y retorcida idea que consistía en escribir cartas a sus familiares indicándoles que sus víctimas se encontraban a salvo fuera de la Francia ocupada por los nazis.

Lee el reportaje completo en el nº261 de la revista ENIGMAS

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