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Expedientes X en la España del siglo XIX

Viernes 10 de Febrero, 2017
Series como Víctor Ros han descubierto una España donde el espiritismo, las casas encantadas o los sacamantecas, eran parte de la crónica de actualidad. Viajamos a aquel tiempo para conocer los casos más sorprendentes…
Carlos Montero Rocher

Hablar de ello era algo común entonces y no sólo se transmitía de boca en boca entre los vecinos de un mismo barrio o ciudad, sino que la prensa llenaba sus espacios con crónicas en las que el misterio era el tema central, realizando verdaderas coberturas y enviando a sus reporteros en busca de lo inexplicable, porque sabían que interesaba a sus lectores. Y es que, aunque parezca mentira, en aquella época los principales rotativos nacionales, así como los periódicos locales, daban cuenta, casi a diario, de fenómenos donde no les temblaba el pulso a la hora de escribir palabras como “duendes”, “vampiros” u “ hombres del saco”. Repasemos estas noticias de verdaderos casos “poltergeist” o Expedientes X que captaron la atención de una sociedad inmersa en tremendas cr isis gubernament ales y económicas.

UN “DUENDE” EN EL CONVENTO DE LAS HERMANAS CONCEPCIONISTAS
En 1895, la totalidad de los periódicos y revistas del país apenas hablaban de otra cosa que no fuera la tensión provocada por el conflicto bélico que había surgido en las entonces colonias españolas de Cuba y Filipinas. Puesto que esta noticia eclipsaba al resto, pasó al principio totalmente inadvertida una denuncia que, en el mes de agosto de ese mismo año, la propia abadesa del Convento de las Hermanas Concepcionistas, situado en la madrileña calle de Sagasti, presentó al jefe del puesto de la Guardia Civil.

En la misma, la religiosa confesó que desde hacía ya algunas noches la pequeña comunidad, formada por apenas 20 monjas y una novicia, venían escuchando unos golpes extraños que rompían la tranquilidad del lugar.

La abadesa contó a los miembros de la Benemérita que aquellos extraños y en principio inexplicables ruidos habían comenzado a notarse, primero en el cementerio que cuidaban anexo al convento para, más tarde, pasar a escucharse en las cercanías del solar contiguo y, poco después, intramuros. Aunque en principio la prensa no le dio importancia, al tomar dicha historia como una broma o a algún caso de nerviosismo colectivo de las religiosas, lo cierto es que una pareja de la Guardia Civil fue enviada al lugar para tratar de dar con el causante de aquellas perturbaciones.

Sin embargo, a pesar de oír los extraños sonidos, no pudieron dar con la causa, ya fuera esta natural o intencionada, y se decidió dar cuenta al Gobernador Civil para que tomase cartas en el asunto.

Debido a lo insólito del suceso, la noticia aparecía en todos los diarios de la época el día 15 de septiembre de 1895. Diarios como El liberal, La Época o El Día, daban buena cuenta de los extrañísimos sucesos que estaban ocurriendo, y que habían hecho enfermar gravemente al ama de llaves del capellán, que vivía en el mismo edificio que las monjas. Rápidamente las distintas autoridades, tanto policiales como eclesiásticas, se pusieron manos a la obra para zanjar este espinoso asunto. Varios trabajadores fueron enviados para realizar diferentes trabajos con el fin de dar con la causa y pronto comenzaron las primeras hipótesis que apuntaban a que los golpes se producían mediante un pico y una pala por manos terrenales que, con un objetivo desconocido, armaban escándalo noche tras noche. ¿Pero quiénes eran los autores de esos estruendos y con que oscuro propósito los producían?

Además, tal y como recogía la prensa, era “verdaderamente extraño que si se trata de malhechores, éstos hayan venido trabajando con tanta asiduidad, pues no parece racional que los incógnitos no sepan que la autoridad se halla a la expectativa”. Por si fuera poco, el convento se encontraba aislado de todo edificio, por lo que era imposible que los golpes proviniesen de otro lugar. Así que, a pesar de intentar quitar hierro al asunto, la Guardia de Seguridad, antigua policía, había destinado a un subinspector, un tal señor Guillén, y a dos agentes, los cuales no se separaban del edificio estando, además, acompañados por una pareja de la Guardia Civil. Se aseguraba desde las distintas autoridades que pronto serían descubiertas las causas o los autores de los ruidos.

UN “DUENDE” ESCURRIDIZO
Pero a pesar de la calma que se quería transmitir por parte de las Fuerzas del Orden, lo cierto es que los ruidos continuaban reproduciéndose. Diarios como la Correspondencia de España seguían dando cobertura al suceso y, de manera velada, se acusaba a las religiosas de haber tramado un ardid en torno a estos ruidos para tratar de sacar algún beneficio, al afirmar entre sus páginas que “…los duendes han sido la causa de que muchas de las personas piadosas que visitaban a las madres se hayan apresurado a saludarlas reanudando las amistades, algún tanto entibiadas desde que se trasladaron a aquella loma”.

Con estas líneas, el diario daba a entender que las monjas, que anteriormente habían ocupado un convento en la plaza de la Concepción Jerónima, habían perdido popularidad y limosnas al haberse trasladado, y trataban así de recuperar el flujo de público perdido a través de la estrategia de un “duende” ficticio. Sin embargo, la prensa seguía insistiendo en que los golpes se escuchaban con la misma intensidad que el primer día. El Liberal, el 18 de septiembre, publicaba un comunicado según el cual un personaje anónimo, sin duda preocupado por los ruidos extraños, recomendaba a las autoridades que investigasen si en las cercanías del convento “hay alguna cuadra como la de la estación del tranvía del Este; si la canalización de aguas puede conducir el ruido del continuo manotear de las mulas”.

Otras crónicas narraban que algunas personas habían acudido con “un volumen de física” para tratar de averiguar el fenómeno, llenando varias cuartillas con números y anotaciones en busca de la solución al enigma, mientras que el personal del propio Ayuntamiento de Madrid continuaba enfrascado en busca de un “duende” que se les escurría entre los dedos.

A estas alturas el suceso había tomado tal magnitud que casi la totalidad de los habitantes de la capital, comenzaban a reunirse en las cercanías del convento para tratar de ser testigos de excepción de aquel fenómeno. Entre estas manifestaciones ciudadanas, menudeaban las hipótesis, rumores e incluso leyendas, algunas de las cuales eran recogidas en diarios como La Época, donde se citaban anécdotas como ésta: “Ahora parece que los que conocen el convento han recordado que en el fondo del pozo que se construyó al hacerse el edificio existe una larga mina que hoy será reconocida por si pudiera encontrarse allí la explicación del misterio”.

Mientras el asunto captaba la opinión fallecía el ama de llaves del capellán “víctima de un derrame seroso que le sobrevino a consecuencia del susto que le produjeron los misteriosos ruidos”. El 19 de septiembre de 1895, los golpes ya se habían convertido en un verdadero “expediente X” al que no parecía dar solución alguna de las vagas explicaciones que había sobre la mesa.

El mismo Gobernador Civil de Madrid declaraba a la prensa que “había agotado todos los medios para dar con esos duendes, y que está el asunto como el primer día”.

La Correspondencia de España abría la primera página de la edición del 19 de septiembre con una crónica de uno de sus reporteros que acudió al convento dispuesto a desentrañar toda la verdad. Y para ello entrevistó a las víctimas protagonistas del fenómeno. Había logrado hablar con la propia abadesa, interrogándola acerca de todo lo que había experimentado y qué era lo que, según ella, podía estar sucediendo: “Realmente no sabemos a qué atribuirlos, porque los ladrones habrían perdido el tiempo en asaltar un convento tan pobre como el nuestro”, declaró la religiosa. Pero si sorprendentes fueron estas declaraciones, más lo fue la descripción de un suceso vivido por uno de los guardias civiles que pública, y los obreros trabajaban en busca de la causa de los extraños ruidos, el “duende” del convento se cobraba una víctima mortal cuando habían sido destinados a vigilar el edificio.

Y es que el cabo Arribas, una noche que le tocaba turno de vigilancia, sintió en el suelo los terroríficos golpes “tan recios que parecía que iba a hundirse el piso”, a lo que el cabo respondió preparando su fusil dispuesto a disparar a lo que fuese. Aunque ese acecho no dio resultado; nada apareció.

El caso del “duende” estaba ya resultando un tanto molesto, sobre todo para la alta jerarquía eclesiástica. El arquitecto diocesano pidió al Gobernador que se suspendieran los trabajos destinados a esclarecer el asunto, argumentando que estas tareas podían acarrear daños en el edificio con el subsiguiente peligro para las religiosas. Parecía que urgía silenciar el fenómeno a toda costa, por lo que el arquitecto Ulavarría, nombrado por el obispo, no dudó en afirmar que los ruidos eran producidos por la presión sobre el cerco de una gran reja doble adosada a uno de los muros. Sin embargo, si aquello era cierto, ¿cómo es que nadie supo dar con la causa de los ruidos con anterioridad a que Ulavarría emitiese dicho informe? El equipo de redacción de La Época no estaba en absoluto convencido de las afirmaciones del arquitecto y no mostraron reparos a la hora de asegurar de forma clara que “respetamos esos pareceres, como es justo, pero no creemos que la opinión se satisfaga con ellos. Y menos si no se dice de dónde viene la presión sobre el cerco de la reja”. Aún así, se optó por centrar la vigilancia en la susodicha verja pero, una vez más, mientras efectivos de las fuerzas del orden realizaban esta labor, los ruidos volvieron a reproducirse, esta vez con más virulencia aún. Por si fuera poco, pronto comenzaron a surgir voces que, a través de las páginas de diarios como El Día, dudaban de las explicaciones dadas por el arquitecto diocesano. Arquitectos e ingenieros que nada tenían que ver con la investigación oficial, daban a los periodistas sus propias versiones acerca del origen de los sonidos, que apuntaban a que eran provocados por golpes sobre superficies de madera o realizados en el interior del grueso y sólido muro del edificio donde las concepcionistas tenían su hogar.

Fuera cierto o no, la idea de trasladar a las religiosas a un lugar más tranquilo comenzaba a tomar fuerza por parte de las autoridades, preocupadas por el estado y la seguridad de las mismas.

ACUSACIONES E HIPÓTESIS VARIAS
Y es que, a estas alturas, las monjas y los agentes de la Policía y la Guardia Civil seguían escuchando los golpes sin que, de una vez por todas, se pudiera averiguar la causa. El 24 de septiembre el rotativo El Día, publicaba un informe de uno de los técnicos que investigaba el fenómeno y que arrojaba ciertos datos sobre el asunto, que podían esclarecer, si es que era posible, el misterio. Según este informe, y dando siempre como veraces los golpes –que el mismo técnico había escuchado–, se barajaba la hipótesis, otra más, de que el ruido podría provenir de balsas subterráneas de agua que se habrían ido formando con el tiempo a través de filtraciones, puesto que en otros lugares cercanos se había comprobado su existencia. Si esta conjetura fuese cierta, tan sólo hubiera bastado realizar una serie de catas para comprobarlo y, de ser así, desecar la balsa y acabar con los ruidos.

Sin embargo, se seguía señalando la incompetencia de dichos trabajadores, ingenieros y arquitectos, y de las mismas autoridades. Los mismos diarios, hartos ya del suceso, recogían párrafos como éstos: “(…) ya no cabe duda de que los tales ruidos son producidos por alguien que tienen en ellos interés. Está probado de un modo completo, se sabe de dónde se dan los golpes y hasta quién los da”. Pero, si tan claro estaba, si se sabían las causas, ¿por qué no se ponía fin al fenómeno? Fuera como fuese, el caso del “duende” estaba tomando un cariz realmente surrealista y ya se daba carta blanca a cualquier información que pudiera aclarar el misterio.

Esta vorágine de sobreinformación llegó a salpicar a personalidades de la época, como el mismísimo Marqués de Cubas, a quien se acusaba de haber sido el constructor del convento, y por lo tanto, conocedor de sus rincones y secretos; en vista de la deuda que las Hermanas Concepcionistas habrían contraído con él por la ejecución de dichas obras, bien podría haber ordenado que se provocaran golpes para tratar de desalojar el convento y disponer de nuevo de esos terrenos. Como es lógico, el propio Marqués de Cubas, en unas declaraciones concedidas al diario El Tiempo, desmentía punto por punto estas informaciones que le relacionaban directamente con el caso del “duende”.

Y DE REPENTE, EL “DUENDE” CALLÓ
El 27 de septiembre, casi dos meses después de que se escuchasen por vez primera vez los ruidos, y, seguramente, a tenor del cariz que dicho asunto estaba tomando, se daba la noticia de que habían cesado por completo. Como recoge el diario La Época, tanto el Gobernador Civil como el arquitecto enviado por la diócesis habían visitado el lugar, disponiendo que las monjas se trasladasen de la planta baja al piso principal del edificio, y que “durante unos días abandonasen el edificio todos los servidores de la comunidad, incluido el capellán, y un jornalero que vivía en una caseta adosada al convento. Todas estas medidas se cumplieron en el acto, y el resultado de las mismas ha sido que no se ha vuelto a oír ni un solo golpe”. Así que, como no quedó nadie en el convento, no se escucharon más los ruidos y quedaba el asunto “resuelto” y las autoridades tranquilas. Pero, por mucho que se empeñaran en silenciar este suceso, continuaban quedando en el tintero muchos interrogantes que no invitaban, precisamente, a dar por finalizado el caso.

Para corroborar esas incógnitas, La Correspondencia de España publicaba una carta escrita por la propia abadesa y dirigida a un matrimonio amigo, donde la religiosa daba cuenta de la suspensión de los trabajos. En la misiva, en la que se podía sentir su desesperación, relataba ésta cómo “nos encontramos con que ya nadie trabaja, y eso nos tiene sumamente afligidas con una intranquilidad extraordinaria, entretanto no sepamos definitivamente lo que hay”.

La monja no entendía el abandono al que se habían visto abocadas por parte de las autoridades y, en aquellas líneas no sólo expresaba su malestar y decepción, sino que, además, no podía reprimir su preocupación por las hermanas religiosas a su cargo, por las que sentía un profunda zozobra, debido a las posibles repercusiones que para su salud pudiera tener este fenómeno inexplicable. La carta reflejaba al final una súplica casi desesperada para que, de una vez por todas, se pudiera esclarecer el misterio. La abadesa rogaba a los destinatarios encarecidamente que “tanto en el Gobierno Civil como en el Eeclesiástico interpongan su influencia para que terminen los ruidos”. Por desgracia, no se sabrá nunca la verdad sobre este delicado asunto. Como suele suceder con otro tipo de fenómenos similares, en cuanto la realidad pasa a convertirse en algo incómodo para las autoridades, y éstas se ven incapaces de dar una explicación lógica que calme los ánimos de la opinión pública, dan carpetazo al asunto por medio de algún tipo de ridícula explicación para silenciarlo. El caso del “duende” del convento de la calle Sagasti, es, por derecho propio, uno de los más importantes “expedientes X” decimonónicos de la Villa de Madrid.

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