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La gran máquina del tiempo

Martes 21 de Marzo, 2017
Las pirámides que se alzan en la meseta de Gizeh parecen fruto de una ciencia imposible. Desafían nuestra lógica y tal vez por ello han propiciado interpretaciones de lo más diversas, entre las que ha destacado la que contempla a la Gran Pirámide como una máquina del tiempo en la que es posible decodificar el devenir de la humanidad.
José Gregorio González

Tumba real, canalizador de energía cósmica, búnker frente a catástrofes, observatorio astronómico, baliza extraterrestre, templo de alta magia, calendario agrícola, faro, maquina regeneradora… La lista de hipótesis sobre la funcionalidad de la pirámide de Keops puede ser más larga pero con los ejemplos citados nos basta para visualizar la fascinación que siempre han generado estos 2,5 millones de metros cúbicos de piedra hábilmente ensamblados.

Hoy por hoy la egiptología se encamina a describir a la Gran Pirámide como una suerte de lanzadera estelar del alma del faraón, desde cuyo interior y tras los oportunos rituales funerarios oficiados por la élite sacerdotal, alcanzaría ciertas regiones del cielo para unirse o reencontrarse con sus dioses principales.

Es fácil comprender cómo a su evidente y milenaria magnitud, realzada durante muchísimo tiempo con el espectacular brillo de la piedra caliza que la recubría, se han venido uniendo en los últimos siglos detalles asombrosos relativos a la precisión de sus medidas y orientaciones. La proeza por tanto ya no se circunscribe a construir en tiempos primitivos, con una tecnología que todavía se discute, tan monumental montaña a orillas del Nilo, sino que ha de incluir la meticulosa planificación y el universo de significados que debió de tener desde el punto de vista religioso. Y es que la Gran Pirámide, levantada hace más de 46 siglos haciendo encajar unos 2.300.000 bloques de piedra, con toda probabilidad desempeñó diferentes funciones que simultaneaban su desarrollo y significado material con su eco o contrapartida en el plano espiritual.

Incluso, dentro de ese universo multifuncional, la Gran Pirámide puede ser interpretada en sí misma como una gigantesca profecía que nos habla de los orígenes y del retorno de los dioses que hicieron posible el surgimiento de esta civilización, o bien contener en su interior códigos de alcance universal susceptibles de ser interpretados en clave profética, desvelando una línea temporal que arrancaría en tiempos pretéritos prolongándose hacia un futuro que aún estaría por salir a nuestro encuentro.

Tal vez la respuesta a muchos de sus interrogantes y a las precisas matemáticas que fueron reflejadas en sus proporciones y localización, deba contemplar diferentes usos e incluso conocimientos que terminaron perdiéndose en el tiempo, haciendo bueno lo expresado por uno de los grandes intérpretes y divulgadores de las profecías piramidales, Rodolfo Benavides, quien con bastante acierto escribía en su incunable Dramáticas profecías de la Gran Pirámide, que “el monumento en sí es piedra, pero su construcción implica vida, inteligencia, trabajo, sabiduría. Y en ese caso, como en el hombre, resulta inútil tratar de encontrar explicaciones sólo con mirar o estudiar la superficie. Hay que ir al interior y buscar en la vida y en el alma”. Benavides es sólo uno de los muchos autores que se han erigido en decodificadores del pretendido mensaje futurista de la más célebre maravilla del mundo antiguo, intérpretes de la llamada por los estudiosos del asunto “línea de tiempo profético de la Gran Pirámide”.

Este singular capítulo de la egiptología más extrema, ha tenido entre sus defensores a reputados matemáticos como John Taylor o a históricos astrónomos como Charles Piazzi Smith, junto a pioneros como Robert Menzies o el influyente pastor luterano estadounidense Josep Seiss, entre muchos otros.

HISTORIAS DE PIRAMIDÓLOGOS
Para la egiptología académica, así como para la inmensa mayoría de los especialistas que en la actualidad afrontan los enigmas egipcios desde un punto de vista más abierto e incluso heterodoxo, las profecías de la Gran Pirámide carecen de validez alguna y su interés no pasa del que se deriva de su anecdótica presencia en la historia reciente de este monumento.

Como mucho, algunos expertos defienden que tan singular interpretación del monumento debe estudiarse dentro del marco de las creencias que han abrazado los investigadores que la han defendido, así como en el de la filosofía e ideología política de las sociedades que puntualmente las han apoyado. Y es que, como veremos, encontrar profecías en la Gran Pirámide vinculadas con el mundo judeocristiano llegó a contemplarse como una prueba irrefutable del origen israelí del pueblo británico… Pero no adelantemos acontecimientos.

El enfoque profético de la pirámide de Keops se suele encasi llar dentro de lo que se conoce como “piramidología”, término que en su origen necesariamente no resultaba despectivo pero que en la actualidad se suele usar para etiquetar rangos de especulación que rozan lo salvaje cuando se abordan cuestiones sobre el origen, métodos constructivos y funciones de las pirámides, ya sean éstas egipcias o no.

Otra precisión tiene que ver con lo que se “ve” dentro de la Gran Pirámide. Quien piense que las profecías que nos ocupan están escritas al uso en el exterior o en interior del monumento, está completamente equivocado. No hay nada, absolutamente nada, grabado sobre las rocas de la pirámide, ya sean signos, marcas, dibujos… que conforme el texto de las profecías, ni directamente en la piedra piramidal ni en frescos ni textos posteriores que sin estar necesariamente en la Gran Pirámide aludan al asunto. Es decir, que al hablar de profecías de la pirámide no podemos esperar nada parecido a las Cuartetas de Nostradamus, a los lemas papales de San Malaquías, a las barrocas visiones bíblicas, a los dibujos del argentino Parravichini, a la posición de los planetas que decodifican los astrólogos, o a los sueños y canalizaciones de psíquicos como el mítico Edgar Cayce. Las llamadas profecías de la Gran Pirámide son algo completamente diferente, que por complejo, subjetivo y especulativo, siempre ha sido mucho más cuestionado que el resto de los escenarios proféticos que acabamos de mencionar. Esencialmente se basa en analizar las dimensiones métricas de la Gran Pirámide, del conjunto de sus cámaras, galerías, pasillos y conductos, generando a continuación su equivalencia en otro sistema de medida llamado “piramidal”, y partir de las cifras piramidales obtenidas, trazar un paralelismo temporal con la cronología bíblica. Al no existir marcas, señales o representación alguna en las piedras de la Gran Pirámide que nos permitan relacionar un hecho bíblico con una determinada longitud, la correlación se produce de una manera que siendo generosos etiquetaremos como intuitiva, interpretando el comienzo de un tramo ascendente, un cruce de pasillos, un dintel o una estancia como un hito o periodo histórico importante. Dependiendo del criterio del intérprete, un trazo, arañazo, junta o cambio de tonalidad en un sillar, puede o no ser incorporado como pista a la interpretación que se realice. Este sistema de decodificación conlleva discrepancias importantes entre los autores que asumen el reto de interpretar las medidas de la Gran Pirámide en clave temporal, por no hablar del problema que surge cuando ahondando en el tema nos topamos con cuestiones no suficientemente resueltas como el de las verdaderas dimensiones de un monumento que ha sufrido importante daños con el paso de los milenios, y que además estuvo recubierto en su origen con 27.000 placas de piedra caliza pulida que sin duda modifican sus dimensiones. No perdamos de vista que también estuvo coronado hipotéticamente con un “piramidión” de dimensiones desconocidas, que algunos estiman en un metro y otros en una decena, cúspide que alteraría también esas medidas, por no hablar del interior, donde a lo ya descubierto se podrían sumar en el futuro conductos y quién sabe si estancias que, en principio, deberían también modificar radicalmente el escenario interpretativo. El problema global ya lo apuntaba el recordado Joaquín Gómez Burón en la recomendable síntesis del asunto profético que realizó en El Final de los Tiempos:

La Gran Pirámide ha sido exprimida de tal forma que sus ángulos y medidas parecen albergar todo el conocimiento imaginable; aunque tales hechos estén, muchas veces, más en la fantasía del investigador que en la realidad.

Obras como las del abate Moreux, Piazzi Smith, Lagrange o Davidson, por citar algunos, han contribuido a esa imagen, de moda hace unas décadas, de ‘la Gran Pirámide como respuesta a todo’, aunque la ‘respuesta’ esté construida generalmente con medidas ‘adaptadas’ a la conveniencia propia más que a la cinta métrica. Si hemos de dar crédito a lo que tales autores dicen, en la Gran Pirámide están registrados datos tan sorprendentes como la ‘ley de variación de la constante de gravedad sobre la superficie de la Tierra’, la distancia exacta entre nuestro planeta y el Sol, la ‘ley de las variaciones periódicas de las estaciones y de la frecuencia de los terremotos’, la medida del año solar, la medida del año sideral y del año anomalístico, las leyes de la precesión de los equinoccios y de la variación de la longitud del perihelio, etc.’”.

Al margen de tanta temeridad especulativa y tanteo numerológico, no hay duda de que efectivamente algo inusual parece ocurrir con la geometría de un edificio que además está orientado con gran precisión a los puntos cardinales. El matemático, librero y astrónomo inglés John Taylor, uno de los padres de todo este asunto, demostró que la Gran Pirámide, con intención o por casualidad, contiene el número PI –3,14159265–, que se obtiene dividiendo el perímetro de su base por el doble de la altura del monumento –230,347 x 4:146,61 x 2– resultando exactamente 3,1423. Este hecho es innegable, aunque es a partir de aquí cuando las cosas se complican. Taylor fue el primero en establecer una correlación entre las unidades de medida que a su juicio se habían usado en la Gran Pirámide –pulgadas y codos piramidales– con el sistema métrico británico –pulgadas y codos convencionales–, generando un conjunto de conexiones métricas –muchas de ellas forzadas– que desde su punto de vista demostraban que la estructura reflejaba un saber perdido acerca de las verdaderas dimensiones de la Tierra. Su trabajo, publicado bajo el título La Gran Pirámide: ¿por qué fue construida? y ¿quién la construyó? fue una semilla que encontró el terreno mejor abonado en el Astrónomo Real escocés Charles Piazzi Smyth, quien viajó a Egipto para lograr mayor precisión en las mediciones. Como resultado de aquellos trabajos metrológicos publicaría Nuestra Herencia en la Gran Pirámide, donde desarrollaría las tesis de Taylor exponiendo de forma clara su creencia de que no sólo la pulgada inglesa procedía de la pulgada piramidal egipcia, sino que el propio pueblo británico tenía su origen ancestral en Egipto, concretamente en un linaje hebreo que había recibido directamente de la divinidad ese conocimiento plasmándolo en la Gran Pirámide. Lo descubierto en la Gran Pirámide no hizo sino reforzar la visión previa que tenía del pasado anglosajón y que compartía con varios movimientos cristianos en auge en la época. Por todo ello el lector comprenderá que la interpretación de las “profecías” que se hace en origen y que terminaría creando escuela, está tan vinculada con la historia del pueblo judío, el cristianismo y la Segunda Venida de Cristo.

PULGADAS, CODOS Y PROFECÍAS…
Para que la línea de tiempo profético de la Gran Pirámide funcione, además de tener que partir de unas medidas exactas consensuadas -que a efectos prácticos pasaremos por alto a fin de centrarnos en el contenido predictivo-, debemos hacer uso del sistema métrico piramidal que los propios pioneros de la piramidología profética rescataron, dedujeron, o según los más incrédulos, inventaron directamente. Es esencial tener en cuenta que para que las cosas encajen se debe aceptar que la montaña artificial de Keops fue erigida usando como medida el llamado “codo piramidal o codo sagrado”, del que encontramos varias referencias en la Biblia cuando Yahvé da instrucciones directas a Noé para la construcción del Arca que le salvará del Diluvio, o a Besalel, para que construya el Arca de la Alianza. Ese codo sagrado o piramidal –que los piramidólogos sostienen que se corresponde con la diezmillonésima parte del radio terrestre– mediría 63,435 cm y estaría compuesto por 25 pulgadas piramidales, unidad que mide 2,5374 cm, frente a los muy cercanos 2,54 cm de la pulgada inglesa. El siguiente paso es tomar esa unidad básica que es la pulgada piramidal de 2,5374 cm, darle el valor de un año en nuestro cómputo temporal, y aplicarlo sobre las medidas de los pasillos y cámaras de la Gran Pirámide desde varios puntos de partida. No obstante los interpretes también han aplicado la equivalencia de una pulgada piramidal con un mes, aunque en este caso la manera de “profetizar” es a la inversa.

Para los intérpretes clásicos el punto de partida de la secuencia profética o año cero de la Gran Pirámide arranca en el año 4000 a.C. A partir de aquí, cada pulgada piramidal medida correspondería a un año de los nuestros. Dentro de la pirámide ese punto de partida estaría localizado en un vértice imaginario, situado por debajo de la propia pirámide, que es el punto en el que se cruzaría en el subsuelo la prolongación del llamado pasillo ascendente de la Gran Pirámide con la línea de prolongación también bajo tierra de la cara norte de la estructura. Los motivos de esa prolongación son tan desconocidos como sorprendente la precisión calendárica que aventuran ver algunos autores bajo tierra.

“Ese vértice ideal –escribe Rodolfo Benavides– marca la fecha 22 de septiembre a la medianoche del año 4000 a.C. Se le ha interpretado como principio de la actual civilización o ‘Era Adámica’, aunque también podría ser que señale la fecha de llegada de Osiris a Egipto. Se admite generalmente que esa fecha se refiere al principio de nuestra actual civilización empezada en Adán y Eva, no meramente como los primeros seres humanos sobre la Tierra, sino como principio de una raza o de un pueblo progresista”. Al lector le conviene saber que otros intérpretes como es el caso de Adam Rutherford, apuntan a que la fecha más anti gua no es el 4000 a.C., sino el 5407 a.C., que se corresponde con el mismo periodo de génesis adámica aunque con una diferencia de nada menos que de 1.400 años, un baile de cifras que se repite sistemáticamente con otros autores y que no contribuye en absoluto a la comprensión y convivencia de los sistemas interpretativos. Prosiguiendo por ejemplo con Benavides, que es fiel a los planteamientos de muchos intérpretes clásicos, el cruce del pasillo ascendente con la línea de la base de la pirámide arrojaría el año 1917 a.C., fecha en la que Dios le revela su papel a Abraham pero que no coincide con el año 2142 a.C. apuntado por el lingüista, profesor y experto en profecías Peter Lemesurier. El primer punto real, visible y transitable de la Gran Pirámide es el encuentro entre el corredor ascendente y el corredor descendente por el que se accede al interior de la construcción, que Benavides fecha en 1486 a.C. y Lemesurier y Rutherford en el 1453, correspondiéndose indistintamente con el comienzo del éxodo del pueblo israelí. Al final del corredor ascendente, donde comienza el pasillo que conduce a la Cámara de la Reina, estaría marcado el nacimiento de Jesús, en el año 2, 4 o 6 a.C., según se recurra a un autor u otro, habiendo recorrido hasta este punto unos 4.000 años de nuestra línea del tiempo profético.

Unos pocos metros más arriba, donde finaliza el corredor y se abre la llamada Gran Galería, estaría la fecha de la crucifixión de Jesús, siendo interpretada esta fabulosa y monumental estancia como un reflejo de la Era Cristiana en su conjunto hasta 1909, año marcado por la base del llamado “gran peldaño” dentro de la particular orografía de la Gran Pirámide.

Este punto es muy importante ya que precisamente es a partir de aquí donde los partidarios de decodificar la Gran Pirámide, usando la equivalencia alternativa antes mencionada de una pulgada por mes, comienzan su particular línea del tiempo profético siguiendo lo que denominan “cronología retrospectiva”, de tal manera que este sería el año 4000 a.C. y volviendo sobre nuestros pasos avanzaríamos en el tiempo hasta alcanzar el 1477 d.C., justo en el vértice imaginario en el que comenzamos bajo el subsuelo de la pirámide. De una forma gráfica, sería una autopista del tiempo con dos carriles por los que se circula en sentidos opuestos y a velocidades diferentes, lo que rizando el rizo generaría dos líneas proféticas diferentes. Retomando nuestro itinerario, con el auxilio de Gómez Burón, quien a su vez se hace eco del trabajo de George Barbarin, recorremos un tramo crucial: el que discurre desde el mentado escalón hasta la Cámara del Rey. “La cámara del primer pasadizo bajo corresponde al 4-5 de agosto de 1914, principio de las tribulaciones de la época trágica de la humanidad; el final del pasadizo señala el 10-11 de noviembre de 1918. A continuación se esa fecha se abre la ‘antecámara’, llamada también ‘La Tregua del Caos’, simbolismo claro de la relativa tranquilidad que tuvo el mundo tras la Primera Guerra Mundial, una tregua que dura lo que la ‘antecámara’, hasta 1928, fecha que coincide con el principio del segundo pasadizo bajo. Sólo ocho años de la historia están registrados en este pasadizo, los comprendidos entre 1928 y 1936, ya que, coincidiendo con este último año, terminan los pasadizos y se llega a la Cámara del Rey”. Curiosamente este punto que señala el año 1936 parece especialmente sobresaliente por el lugar que ocupa, debiendo corresponderse con algún acontecimiento de gran impacto y alcance mundial. Es, sin duda, una de las contradicciones, incoherencias o elementos más incomodantes de la cronología profética, dado que parece obvio que nada especialmente singular se puede asociar a ese año. Podríamos vincularlo con la Guerra Civil española o las incipientes tramas que emprenderían los nazis, pero la idea no termina de convencer a los expertos en el asunto. No obstante, los intérpretes intentaron salvar los trastos asignando a 1936 la fecha del nacimiento del Anticristo, pronosticando desde ese año hasta 1962 una etapa de rotundos cambios en todo el planeta que derivarían en el derrumbamiento de las estructuras conocidas hasta la fecha, con el consiguiente surgimiento en un periodo que abarcaría desde 1962 hasta 2001, de un nuevo modelo de organización que prioriza el espíritu y los valores humanos por encima del materialismo. Para Benavides, el 17 de septiembre del año 2001 es el final de la “Era Adámica”; para entonces se habría acabado con “las dictaduras, transformaría a las naciones anglosajonas y se produciría el progreso final de Cristo como rey de reyes con su doctrina purificada, empezando un nuevo milenio en el año 2001 con principios filosóficos y religiosos, viejos en su origen, pero nuevos en su interpretación”. Este autor insistía bastante en destacar esta fecha cuando publicó su obra allá por el año 1960, apuntando que a partir del 17 de septiembre de 2001 “la humanidad vivirá de muy distinta manera; o quizá a partir de esa fecha ya no existirá humanidad, pues si las fuerzas del mal, en forma de bombas nucleares, llegan a desatarse nuevamente, nadie sabe quién quedará vivo y en qué condiciones de salud quedará”. A la vista de esta fecha quizá debamos concederle el beneplácito del acierto cuanto menos parcial, ya que un mundo diferente sí que pareció haber comenzado en torno a esas fechas, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

En líneas generales, la mayoría de autores coincide en señalar que las dos guerras mundiales, la crisis de 1929, o el descubrimiento de América están marcados en nuestro monumento.

Y LA CÁMARA SECRETA… ¿QUÉ?
En 1993 el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrick inició un proyecto que posteriormente ha tenido más secuelas; pero el primero fue él. Aprovechando sus avanzados conocimientos en tecnología, Gantenbrink construyó un pequeño robot articulado al que bautizó con el nombre de Upuaut, con el objetivo de introducirlo por el canal sur de la Cámara de la Reina de la Gran Pirámide, un conducto que partía desde la zona central de una de las paredes de dicha estancia y que hasta esos momentos era considerado un canal de ventilación. Tras no pocos problemas con las autoridades egipcias, que pararon el proyecto en varias ocasiones, al fin se logró que el artilugio avanzara 60 metros a través del conducto, topándose con una especie de puerta de piedra provista de algo similar a tiradores. Fue entonces cuando un terror irracional se apoderó de las autoridades egipcias. Así, el doctor Mohammed Ibrahim Bakr, director de la Organización de Antigüedades de Egipto, se apresuró a declarar en The Egyptian Gazette que “es absolutamente falso que los alemanes pudieran descubrir algo, ya que el robot que fabricaron era más grande que el orificio del canal de ventilación. Es inconcebible que el faraón Keops pudiera esconder sus tesoros en una cámara por la que es imposible pasar”.

Por otro lado, y añadiendo más confusión al asunto, el doctor Ali Hassan, director de Monumentos Egipcios, zanjó el asunto al afirmar que “es imposible que pueda hablarse de una nueva cámara ya que el pasillo que conduce a ella es tan sólo de 20 centímetros. Por allí no puede pasar nadie”.

Estas palabras se contradicen con el espectáculo que tiempo después pondría en marcha el archiconocido Zahi Hawass, al mostrar para todo el mundo a través de televisión la exclusiva de cómo la citada puerta era atravesada por un pequeño trépano, dejando sobrevolar la idea de una cámara secreta. ¿Han descubierto la citada cámara? Dado el mutismo que rodea a todo este asunto poco se puede asegurar, más allá de que varios científicos de la Universidad de Leeds y el gobierno egipcio llevaron a cabo una prueba similar introduciendo por el mismo canal un diminuto robot llamado Djedi –en honor al mago a quien, según la tradición, Keops consultó para construir la pirámide–, avanzando un poco más en el túnel. Conviene decir que en 2002 se llevó a cabo la segunda parte de este proyecto, trepanando la puertecita y observando que al otro lado había otra más –y van tres–. Las imágenes enviadas por Djedi revelaron la existencia en el conducto de varios jeroglíficos, así como marcas en la piedra y líneas trazadas por los constructores de las pirámides. Gracias a la cámara flexible de Djedi se logró ver por primera vez el lado anverso de la puerta, mostrando que su superficie estaba cuidadosamente pulida, lo que podría indicar que tuvo una importancia simbólica. Así lo explicaba Kate Spencer, egiptóloga de la Universidad de Cambridge, al afirmar que “estos conductos tendrían una función relacionada con las estrellas: es posible que dicha cámara albergase en su día una estatua del Ka –espíritu– del faraón, y los conductos habrían sido construidos para que viajase hasta el más allá”. Por otro lado, Hawass aseguró por vez primera que podrían estar tras la pista de una cámara secreta, ya que, en su opinión, la Cámara del Rey no sería más que una suerte de “cámara” de distracción para ocultar la verdadera. El arqueólogo recordaba sin disimular cierta euforia, que una tradición contaba que el mago Djedi se encontró con Keops, quien estaba buscando a Toth para descubrir el secreto que le permitiera esconder su pirámide: “Basándonos en esto, quizá haya algo oculto en la pirámide”.

Y es que si se logra dar con la ansiada cámara secreta, para muchos estudiosos sería el instante en el que la profecía final se cumpla. Sea o no, lo que es evidente es que todos estaremos expectantes a uno de los momentos más importantes de la historia de la arqueología.

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