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Jesuitas: Conspiración en el Vaticano

Martes 23 de Mayo, 2017
Francisco I pertenece a una orden, la de los jesuitas, que durante siglos ha estado en el punto de mira de todos. Los han acusado de espías y de intentar instaurar un nuevo orden e incluso de conspirar para acabar con la vida del pontífice responsable de su suspensión.
Óscar Herradón

El 13 de marzo de 2013 el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en nuevo Papa con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejaba de azotar el Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, venían a sumarse entonces las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como “el Papa Negro”, organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo pontífice con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar argentina y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes. Y el hecho de que el pontífice hiciera afirmaciones como la siguiente: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, echó aún más leña al fuego, recordando la actitud llevada a cabo por Juan Pablo I y su trágico final.

Cuesta creer que la Curia comulgase con las opiniones del Papa en cuanto a lograr una Iglesia pobre, teniendo en cuenta la opulencia del pequeño y poderoso Estado, la influencia del IOR, la Banca Vaticana, y los turbios asuntos relacionados con el dinero negro que han salido a la luz.

EL ORIGEN DE LA ORDEN
La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida a Dios y a la predicación. Fue a partir de ese momento cuando sufrió diversas visiones aparentemente de tipo celestial. Con este hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de la meditación y el ayuno. Tras dicha experiencia eremítica, nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica. Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprende latín y se inscribe en la Universidad de Alcalá de Henares. Posteriormente se traslada a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjea problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado varios días. Una vez libre, viaja a París, en cuya universidad estudiará durante siete años, rodeándose de seis seguidores. Entonces tiene ya claro cuál es su proyecto vital y se traslada primero a Flandes y después a Inglaterra para recabar dinero para su Obra.

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso, Loyola y sus seis acólitos juran en Montmartre “Servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo”, fundando la Sociedad de Jesús, decidiendo ponerse a las órdenes del Papa cual “soldados de Dios”. El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de San Pedro, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia espiritual, una visión al parecer trinitaria en la que “el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a este como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’”.

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantes, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, para crear escuelas y seminarios. En 1548, como ya he señalado, se imprimieron los Ejercicios Espirituales, lo que le valió a Loyola ser llevado ante la Inquisición, siendo rápidamente liberado.

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se les exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa.

A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando únicamente obligada a responder de sus actos ante el pontífice y ante el superior de la Orden, hoy conocido como el “Papa Negro”. Nacía así una de las Órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por Gregorio XV.

LA SANTA ALIANZA Y LA CONTRARREFORMA
Pocos años después de su muerte, el catolicismo se enfrentaba como nunca antes con el avance de la herejía. Con la amenaza latente del protestantismo, se sentó en el trono de San Pedro un Papa que sería estandarte de la Contrarreforma. Su nombre era Pío V, un religioso con amplia experiencia al frente de la Inquisición que sería el responsable de fundar la llamada Santa Alianza, en 1566, llamada así en honor del acuerdo firmado entre éste y la reina católica María Estuardo, un servicio de espionaje vaticano cuyo fin era contrarrestar la amenaza protestante inglesa. Uno de los espías del Papa fue David Rizzio, quien se convertiría en amante de la reina escocesa y era el hombre de Roma en la corte inglesa, quien acabaría siendo asesinado por el marido de ésta, el rey consorte Henry Darnley y otros conspiradores. Más tarde sería enviado a las islas el jesuita Lamberto Macchi.

Macchi, hábil espadachín, ingresó en la Compañía de Jesús con ánimo aventurero. En aquel tiempo, y al contrario de lo que sucedería siglos después, cuando los jesuitas mantendrían abiertos enfrentamientos con el Papado, sus miembros eran considerados los “soldados del Papa”, ya que tenían un voto especial de obediencia al pontífice. Hombre de gran destreza y avezado esgrimista, no tardaron en llegar rumores sobre la habilidad de éste a oídos del jefe del servicio de espionaje papal, Marco Antonio Maffei. El propio pontífice le encargó entonces la tarea de acabar con la vida de los asesinos de Rizzio.

Macchi partió hacia Inglaterra junto a otros dos jesuitas y el hermano del espía asesinado, Giuseppe Rizzio. Como señala el periodista y escritor Eric Frattini en su libro La Santa Alianza, meses después éstos acabaron con la vida de Darnley, al que estrangularon, para ir acabando uno a uno con todos los conspiradores.

Los jesuitas también intentaron acabar con la vida de la misma Isabel de Inglaterra, atentado frustrado gracias a los hombres de Francis Walsingham, creador del más eficiente servicio de espionaje de su tiempo y mano derecha de la reina inglesa. El final de Macchio está rodeado de sombras, ocultado por la propia Santa Sede precisamente por las implicaciones políticas que tuvieron sus acciones en la sombra.

Una versión apunta a su muerte en la toma de Amberes, mientras servía como capellán en los tercios de Alejandro Farnesio; la otra habla de su fallecimiento durante una misión en Japón, donde habría sido ejecutado por el shogun Toyotomi Hideyoshi, tras sufrir el suplicio conocido como ana-tsurushi, el llamado “potro japonés”, consistente en colgar a la víctima de una fosa llena de excrementos humanos mientras se le realizan cortes para ir desangrándola lentamente. Lo más probable, no obstante, es que esta segunda versión sea apócrifa. Aunque sí que es cierto que fue martirizado de esta forma el también jesuita portugués Cristóvao Ferreira, quien se hizo célebre por cometer apostasía después de ser torturado durante las citadas purgas anticristianas de Japón y autor de un texto que roza el ateísmo: La superchería desvelada, escrito tras haber abrazado la religión budista.

MATAR AL PAPA
Uno de los más enconados detractores de la Orden jesuítica fue el papa Clemente XIV, en un siglo, el XVIII, en el que la Compañía sería expulsada de varios países. Este pontífice, cediendo a las presiones de los gobiernos de Francia y España, promulgó el breve Dominus ac Redemptor, por el que disolvía la Compañía, que entonces era comandada por Lorenzo Ricci. Inmersos en la esfera de la conspiración, que perseguirá siempre a los jesuitas, algunos personajes culparán a sus miembros nada menos que de la muerte del pontífice “por haber disuelto la Orden de Jesús”. En su apasionante libro El secreto de los jesuitas (Almuzara, 2006), el periodista Manuel Barrios, fallecido en 2012, recoge frases como las siguientes respecto a este oscuro asunto: “De nuevo, la muerte es usada con finalidades turbias, en concreto para atacar a los odiados jesuitas”. Al parecer, los manuscritos de los que extracta estas acusaciones parecen corresponder a cartas de un cardenal anónimo dirigidas en aquella época a un noble señor de la Corte madrileña, en las que pide venganza, “pues de lo contrario veré que triunfan los más inicuos que hay en el mundo, que son los jesuitas y sus parciales, que componen la facción más poderosa que hay en Roma, por cuanto se junta con ella la mayor parte de los cardenales (…); supuesto que ahora se dice por Roma que morirá de venero el monarca de España. Toda Roma está llena de esta voz; lo dicen los ex jesuitas españoles en el café que  está frente de Venecia y con ellos lo dicen también sus terciarios que allí concurren…”. Seguro que no imaginaba el autor de estas letras y otros detractores de la Orden que un jesuita, en 2013, se sentaría en el mismísimo trono de san Pedro…

Las misivas, autorizadas aunque hasta entonces secretas, continúan afirmando que “El Jueves Santo de 1774 tomó el Papa chocolate en San Pedro y, apenas dio unos sorbos, profirió: ‘¡Caí!’; el sujeto que le servía, para manifestar que no tenía veneno, se tomó lo restante del chocolate y ayer murió; éste no puede haber sido el autor, según infiero, pero sí creo que había sido una mano más inicua la autora…”. Ya construida toda una teoría de la conspiración, probablemente sin más fundamento que el odio de este personaje anónimo hacia los monjes- soldado, continúa: “…Ya hace dos días más fue forzoso que los cirujanos sajaran toda aquella carne que quedaba en el cadáver e introdujesen cal en las sajaduras que se le hicieron y, juntamente, bálsamos y después fajarle todo; y pues que toda Roma decía a voces que el Papa había muerto de veneno, ponerle una mascarilla para que quedase oculta la iniquidad de los señores cardenales cómplices con el Camarlengo por cabeza…”.

LA CONSPIRACIÓN MASÓNICA
Es sabido de la inquina que los miembros de la Compañía mostrarían hacia la masonería, que veían como un instrumento amenazante hacia la política de la Santa Sede y, sin embargo, hubo quien los acusó también ¡de ser masones!

En el siglo XVIII, tras la supresión de la Orden, ganó fuerza la leyenda masónico-jesuita, cuando se creyó descubrir que tras los responsables de las intrigas masónicas en Alemania se hallaban jesuitas que, tras su expulsión, no habían abandonado la lucha y ocultaban cuidadosamente sus actividades.

Ya en el siglo XVII, algunos protestantes habían asociado a los jesuitas con los Rosacruces, siendo acusados de haber resucitado la fraternidad para servirse de ella y así poder introducirse en diversas logias masónicas, hasta el punto de que algunos masones creyeron entrever en las iniciales S.I. que designaban a los Superiores Incógnitos –Superiores Incogniti– una alusión a la Societatis Iesus. Una publicación fechada en 1782 y aparecida en Berlín, bajo el título de La Rosa Cruz puesta al desnudo, afirmaba que Rosacruces y Nuevos Templarios eran “marionetas manejadas por los jesuitas”. El sacerdote jesuita J. A. Ferrer Benimeli, uno de los mayores expertos en masonería española, en el Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, apunta que un alto dignatario de la Estricta Observancia, de nombre Christophe Bode, redactó en 1781 una Memoria en Weimar en la que afirmaba que los jesuitas habrían inventado en el siglo XVIII la masonería simbólica para luchar contra el protestantismo triunfante en Inglaterra desde Cromwell. Además, señalaba que tras la segunda revolución inglesa –en 1689–, los jesuitas habrían constituido la masonería escocesa, y después la masonería templaria para trabajar por la restauración de los Estuardos y restablecer así la hegemonía de la religión romana en Inglaterra. Además, habrían favorecido la difusión de los altos grados escoceses y templarios en los países protestantes del continente “para ocultar sus objetivos contra la religión reformada”. Bode encontraría fieles seguidores de su disparatada teoría nada menos que entre los Iluminados de Baviera, en concreto en la figura de Adolph von Knigge, profesor de derecho en la Universidad de Ingolstadt, quien redactó varios artículos con títulos tan significativos como: “Tentativas de los ex jesuitas para restablecer en Baviera la barbarie y la Orden jesuítica”; “Advertencia a los príncipes alemanes para ponerles en guardia contra el espíritu y puñales de los jesuitas”, o “Jesuitas, Francmasones y Rosa Cruces alemanes”, que firmaría bajo la falsa rúbrica de “Joseph Aloys Maier, antiguo miembro de la Compañía de Jesús”.

En la misma línea, el autor Friedrich Nicolaï publicaba una obra en 1783 en la que aseguraba que los jesuitas intentaron tomar la dirección de la masonería en 1685, cuando el monarca Jacobo II subió al trono inglés. También, algunos periódicos protestantes sostenían que los jesuitas, hacia 1769, buscaron un refugio en la masonería para salvar su organización y gran parte de sus inversiones en Europa. Informaciones que no pueden ser tomadas en serio.

Curiosamente, y siguiendo el trabajo de Benimeli, la masonería, que había sido condenada por Clemente XII y Benedicto XIV, halló su máximo defensor en un ex jesuita y masón, Karl Joseph Michaeler, rector de la Universidad de Innsbruck, que publicó en 1782 Para tranquilidad de un católico respecto a la Bula papal contra la masonería. Aquello, ni qué decir tiene que avivó aún más el fuego de la conjura entre los enemigos de la Orden. Aunque sería otro ex jesuita el principal bastión del conspiracionismo contra la masonería, Augustin Barruel, quien afirmó que los masones estaban detrás del estallido de la Revolución Francesa en su obra Memoria para servir a la historia del Jacobinismo, publicada en cuatro volúmenes entre 1797 y 1799. En la misma afirmaba que los Iluminados de Baviera fundados por Adam Weishaupt querían infiltrarse en la masonería con el fin de manipularla contra la Iglesia y la monarquía, una “conspiración de filósofos” formada según él por filósofos ateos, francmasones e iluminados.

Fue contemporáneo del protestante inglés John Robinson que publicó a finales del siglo XVIII un virulento texto antimasónico y antijesuítico, en el que afirmaba que los jesuitas habían participado con frecuencia en la mayor parte de las innovaciones condenables en la masonería, introducidas tras la disolución de la Orden, convirtiéndolos en una especie de “frailes intrigantes” que a través de los círculos masónicos pretendían destruir todos los establecimientos religiosos y los gobiernos europeos.

Con la llegada del siglo XIX, surgió la leyenda de que estas expulsiones y su posterior condena papal habían sido obra de los masones. Aquello llevó a que miembros de la Orden fueran, por otra parte, los instigadores de muchas publicaciones contra el mundo masónico en las que, siguiendo la estela del fraude orquestado por Léo Taxil, se vinculaba a la masonería con el satanismo, como fue el caso del texto del padre Sébastian Louis Meurin, publicado en París en 1893 y titulado La Franc-maçonnerie Synagogue de Satan.

Tras el Concilio Vaticano II, en la segunda mitad del siglo XX estas acusaciones y reproches mutuos se suavizaron tras el diálogo establecido por parte de masones de alto grado y algunos jesuitas de varios países. Con afán sin duda de rizar más el rizo, en Internet, en la actualidad, ha cobrado peso la teoría conspirativa de que los jesuitas son los nuevos Illuminati, que pretenden establecer un Nuevo Orden Mundial. Sentar a uno de los suyos en el trono pontificio sería el primer paso para orquestar este plan.

LA PASIÓN POR EL SABER
Uno de los rasgos distintivos de los miembros de la Compañía de Jesús es su amplia formación en diversos campos del saber, exigida por la Orden basándose en que la educación es asumida como una participación en la misión evangelizadora de la Iglesia. Los jesuitas han fundado centros educativos en los cinco continentes. Aunque han abordado todo tipo de disciplinas, nos interesa para este artículo el hecho de que no pocos de sus miembros se han interesado por las ciencias ocultas y, ya en las últimas décadas, por la parapsicología. Se interesaron por la magia, la astrología y la cábala, hasta el punto de que fueron los jesuitas quienes compusieron un Pontificale chrnologicum kabalisticum con motivo de la elección de Inocencio XI como Papa.

Un destacado erudito jesuita fue Athanasius Kircher (1601-1680). Nacido en Geisa, abadía de Fulda, Alemania, en 1601, empezó estudiando humanidades en el colegio jesuita de su ciudad natal y a los 16 años ingresó en el seminario de Paderborn, siendo ordenado sacerdote de la Compañía en 1628. Pronto dominó el griego y el hebreo y profundizó en sus estudios. Hombre de grandes inquietudes, estudió en Trapani y Palermo los fósiles de “elefantes antediluvianos” –mamuts–. También estudió las erupciones del Etna y del Stromboli, y la importante erupción que sufrió el Vesubio en 1630, llegando a emular al mismísimo Plinio el Viejo en el 79 d.C., al descender atado a una cuerda al cráter del Vesubio para realizar estudios sobre el terreno. Publicó estudios sobre la Tierra Hueca, investigó también el magnetismo, la luz y los fenómenos ópticos, inventando un modelo de linterna mágica, entre otros curiosos artilugios. Célebre también por su estudio de las diferentes lenguas, especializándose en criptografía, fue el primero en aventurarse en el desciframiento de los jeroglíficos egipcios, labor en la que no tuvo demasiado éxito, y también estudió uno de los textos más misteriosos de la historia, aún no descifrado, el conocido como Manuscrito Voynich.

Durante siglos, la Santa Sede se negaba a aceptar en su seno vientos renovados, mientras en sus entrañas se gestaban todo tipo de complots que terminaron provocando un auténtico cataclismo en el corazón de la fe católica. Veremos qué nos espera a partir de ahora.

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