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Kapustin Yar: El Área 51 soviética

Lunes 20 de Noviembre, 2017
La paulatina apertura de sus archivos clasificados está poniendo en evidencia algo que, por otra parte, era un secreto a voces en la comunidad ufológica ,y es que en la antigua Unión Soviética estaban mucho más preocupados de lo que decían por el tema ovni. En plena guerra fría, un supuesto incidente similar al de Roswell puso en jaque a la defensa aérea comunista.
Gonzalo de Martorell

Las obras del polígono Kapustin Yar, el que debía ser el ultrasecreto centro de experimentación de los primeros prototipos de aviones a reacción y misiles balísticos soviéticos, se iniciaron el 13 de mayo de 1946 y finalizaron el 3 de julio de 1947. Con una superficie de 2.600 km2, la instalación estaba situada en un desolado páramo de la región de Astracán, a 100 kilómetros de la que entonces era la arrasada Stalingrado y hoy en día es Volgogrado.

El hecho de estar ubicada en el escenario de una de las batallas más sangrientas de la historia no es baladí. En realidad una de las primeras cuestiones que los servicios de inteligencia occidentales y la comunidad científica soviética se plantearon fue por qué se había elegido esa extraña localización.

Entornos aislados que aseguraran la necesaria confidencialidad los había a centenares en la enorme extensión de la Unión Soviética; desde Siberia a las estepas de Mongolia pasando por el inhóspito Kazajistán donde, por cierto, poco después se instalaría el cosmódromo de Baikonur.

Pero Kapustin Yar estaba a un centenar de kilómetros de una ciudad en ruinas que hacía menos de tres años había sido el escenario de una carnicería con 1.100.000 de bajas rusas, 450.000 alemanas y 1.500.000 de civiles. De hecho, cuando se iniciaron los trabajos de construcción del centro, lo que quedaba de Stalingrado aún guardaba bajo sus hierros retorcidos y sus cascotes requemados decenas de miles de cadáveres sin recoger. Cualquier atisbo de infraestructura civil había desaparecido y sus alrededores estaban preñados de residuos tóxicos de todo tipo así como de miles de bombas sin explosionar.

Sería el último lugar en el que una potencia emergente como la Unión Soviética desearía instalar su más importante centro de investigación aerospacial. En términos logísticos  y de funcionalidad la elección de Kapustin Yar no tenía ninguna razón de ser… Salvo que quienes decidieron construirla allí tuvieran en cuenta otros criterios que no fueran estrictamente los logísticos.

STALIN QUERÍA UN PLATILLO
La versión “oficial” de la inteligencia soviética era que, en el frenesí de la reconstrucción de Stalingrado y en el inacabable ir y venir de grúas y camiones, sería más fácil que pasara desapercibida la construcción de un complejo balístico. Sin embargo, la realidad era otra y apuntaba a los designios del todopoderoso Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, el mismísimo Iósif Stalin.

Stalin quedó impactado por lo ocurrido en la región siberiana de Tunguska el 30 de junio de 1908, cuando un objeto espacial cayó en la zona y provocó la considerada como mayor explosión de origen desconocido sufrida por el planeta.

Según estudios posteriores, en aquel incidente una bola de fuego calentó el aire circundante a 16 millones grados antes de estallar a unos ocho km de altura sobre la vertical de Tunguska con una potencia equivalente a mil bombas atómicas, derribó 80 millones de árboles en un área de 25 km alrededor y la onda expansiva circundó la Tierra dos veces. De hecho, más de un siglo después, sus efectos aún son visibles en la zona afectada.

La mayoría de científicos ya consideraban entonces que la deflagración de Tunguska tenía un origen natural, pero el futuro líder soviético –que entonces tenía 30 años– se obsesionó con el posible origen extraterrestre  de la explosión y, una vez en el poder, encargó a sus científicos, con Sergei Korolev al frente, investigarlo. Korolev viajó hasta Tunguska y encontró abundante material radioactivo en  el epicentro del impacto –el llamado “Cementerio del Diablo”, una área en la que no había quedado rastro de vida animal o vegetal–. Pero, aunque en su informe oficial lo atribuía sin duda a un meteorito, en persona no se atrevió a contradecir al iracundo dictador y eso convenció aún más a Stalin de la responsabilidad alienígena. El líder del Kremlin era un hombre con pocas inquietudes intelectuales y lo cierto es que el fenómeno OVNI no le interesaba en sí mismo ni como posible evidencia de vida extraterrestre ni como desafío científico o filosófico. A él lo único que le obsesionaba de los supuestos extraterrestres era la posibilidad de hacerse con su tecnología y aprovecharla en su beneficio. Por otra parte, la zona de Kapustin Yar era, junto a la península de Crimea, una de las que registraba tradicionalmente mayor actividad de avistamientos OVNI en toda la Unión Soviética y eso convenció a Stalin de instalar allí su flamante centro de investigación, pensando que lo más práctico sería que la montaña fuera a los OVNI y no los OVNI a la montaña; claro que de todo eso nos enteramos tres cuartos de siglo más tarde.

EL ROSWELL ROJO
A ninguna fuerza aérea le gusta admitir que en los cielos que debería mantener seguros y controlados aparecen extraños artefactos voladores de origen desconocido. En realidad es algo tan viejo como el propio estudio ufológico. Por eso, ni en la etapa soviética ni en la actual se ha con- firmado ni desmentido oficialmente jamás por las autoridades rusas lo que ocurrió el 19 de junio de 1948 –menos de un año después de Roswell– en la vertical de Kapustin Yar.

Eran algo más de las cinco de la tarde cuando el operador de radar que vigilaba el espacio aéreo de la ultrasecreta base vio aparecer una extraña marca en la pantalla. Tal como ordenaba el protocolo hizo despegar de inmediato uno de los novísimos caza Mikoyan-Gurevich –Mig 15, que sólo llevaban dos meses en servicio, hacia el punto de interceptación en el que se hallaba el contacto.

El aviador reportó la presencia de un objeto alargado, aparentemente metálico, que emitía una intensísima luz que le cegaba intencionadamente.

El piloto recibió la orden de atacar y éste disparó una ráfaga de cohetes que impactaron de lleno en el blanco y lo mandaron a tierra. Antes, sin embargo, el objeto desconocido tuvo tiempo de emitir una extraña radiación electromagnética que paralizó el motor del Mig y obligó al aviador a un aterrizaje de emergencia.

Apenas se confirmó el derribo del OVNI los equipos de recuperación se pusieron inmediatamente en marcha; recogieron los restos y los llevaron a una de las instalaciones subterráneas de Kapustin Yar; concretamente a la que los militares llamaban familiarmente Hangar Zhitkur, que albergaba el material más reservado.

A partir de este punto los escépticos defienden que lo que derribó aquel Mig no era otra cosa que un avión espía mientras que quienes creen en el componente alienígena argumentan que se trataba de una nave extraterrestre y que posterior- mente hubo incidentes similares y que el derribo de la supuesta nave alienígena tuvo un inesperado “efecto llamada” que habría propiciado más encuentros posteriores en la zona. Por esa razón en la década de los 80 se estableció precisamente en Kapustin Yar un importante proyecto oficial de estudio, observación y clasificación de OVNIs llamado Circle.

CUERPOS, NAVES Y SILENCIO
En 1968 la base hizo sonar otra vez la alarma Scramble ante la aparición de unas extrañas naves que sobrevolaban cuatro de los silos de la instalación y fueron repelidas por los Mig.

El incidente más grave ocurrió la noche del 28 al 29 de julio de 1989 cuando tres objetos voladores desconocidos iluminaron con un extraño rayo un silo de lanzamiento de misiles y lo destruyeron parcialmente. Los objetos tenían forma de disco, medían entre 2 y 5 metros de diámetro y presentaban una media esfera en la parte superior que se iluminaba. Se hizo despegar un avión de caza –pilotado por el Primer Teniente Klimenko–, pero los OVNI no permitieron que la aeronave se acercara. El KGB abrió una investigación y elaboró un informe que incluye testimonios y croquis pormenorizados realizados por dos oficiales, un cabo y cuatro soldados que se vieron involucrados como testigos. Un informe que está disponible en la red gracias a que un coronel retirado, Boris Sokolov, vendió al periodista de ABC News George Knapp una serie de documentos clasificados sobre incidentes OVNI ocurridos en la URSS entre 1978 y 1988 que lo incluyen. Algunas filtraciones afirman que dentro del hangar Zhitkur se conservan cinco naves extraterrestres, de las cuales tres serían discos, otra un “cigarro” cilíndrico y una con forma delfinoide. La cosmonauta Marina Popovich asegura haberlas visto y que se recuperaron cuerpos, cosa que contó en su libro Glasnost OVNI, de 2003, en el que explica que los restos de “platillos volantes” son fruto de colisiones en Novosibirsk, Tallin, Tunguska, Dalnegorsk y Ordzhonikidze.

Popovich es una personalidad del máximo prestigio dentro de la aeronáutica así que resulta factible pensar que algo debió de ver. Otra cosa es que lo que viera fueran realmente naves espaciales de origen extraplanetario.

EL HIJO DE KHRUSHCHEV NO CREE EN LOS OVNI
En un sentido opuesto al de Popovich se manifiesta otro importante apellido; el de Sergei Khrushchev, hijo de quien fuera el máximo mandatario de la URSS y sucesor de Stalin, Nikita Khrushchev. A Sergei nunca le interesó la política y optó por la ingeniería, de modo que entró a trabajar en Kapustin Yar, en la oficina OKB  52 de Vladímir Cheloméi, uno de los principales diseñadores de cohetes de la URSS. Instalado desde 1991 en los EEUU, entre 1958 y 1968 participó en el supersecreto programa soviético de aeronaves y misiles fabricando misiles crucero para submarinos, vehículos lunares y el megacohete Protón. Igual que los americanos en su Área 51, antes la URSS y ahora la Federación Rusa prueban sus prototipos más radicales en Kapustin Yar de modo que para Khrushchev lo que lleva medio siglo sobrevolando el polígono son aviones y satélites espía. “A los servicios de inteligencia soviética y a la Fuerza Aérea les iba bien que se pensara en OVNIS, así no se hablaba de lo que realmente había allí. De hecho ellos alimentaron la leyenda de que se guardaban platillos volantes, que siempre son más atractivos para el gran público que los misiles o los bombarderos. Pero en dos décadas de investigación de avistamientos sobre la base no se ha hallado otra cosa que globos y aviones espías de los EEUU”.

No cree siquiera que la construcción de la base en Kapustin Yar se debiera al capricho ufológico de Stalin: “Me consta que decidieron construirla ahí porque era un área muy poco poblada. Allí no había nada, absolutamente nada”.

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