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La maldición del tesoro Nazi

Lunes 26 de Septiembre, 2016
Los hombres de Hitler cometieron el mayor expolio de la historia. Cuando el Tercer Reich comenzaba su retirada, miles de lingotes de oro robados, joyas y obras de arte fueron enviados a refugios secretos de toda Europa. Túneles bajo tierra, cofres en el fondo de lagos, trenes blindados… la maldición del tesoro nazi todavía perdura, y su búsqueda incansable se ha cobrado la vida de varias personas…
Óscar Herradón

De los nazis parece que ya se ha dicho de todo, y en las páginas de ENIGMAS nos hemos ocupado de muchos de los misterios que rodearon su régimen asesino: los magos de la guerra, la búsqueda obsesiva de reliquias, los aberrantes experimentos médicos o los delirios mesiánicos de su líder, entre otras lindezas; pero la actualidad manda y el misterio en torno a la esvástica continúa vivo.

Numerosos hallazgos arqueológicos en los últimos tiempos vienen, si no a corroborar, al menos a sugerir que los nacionalsocialistas no sólo se hicieron con unas riquezas indescriptibles fruto del expolio a los países ocupados por sus ejércitos, las ejecuciones en masa y la extorsión, sino que muchas de las mismas permanecen todavía en paradero desconocido. Más allá de pequeñas pistas dejadas en polvorientos mapas, dossiers hasta hace poco clasificados o, incluso, partituras musicales, poco más se sabe. A algunos de estos “tesoros” se les ha colocado el marchamo de “malditos”, amparándose en que su búsqueda atesora ya algunas muertes cuanto menos inquietantes. Por no hablar de las extrañas circunstancias en las que se perdió su pista.

UNA REUNIÓN SECRETA
Para entender cómo las gigantescas riquezas amasadas por los nazis fueron ocultadas ante la proximidad del final de la guerra, debemos hacer un pequeño inciso y viajar hasta plena contienda. Apenas dos meses después del Desembarco de Normandía, bajo el paraguas del secretario Martin Bormann, algunos de los más influyentes industriales y banqueros alemanes se reunieron el 10 de agosto de 1944 en el hotel La Maison Rouge de Estrasburgo, en Francia. Su objetivo: planificar el futuro del nazismo tras la derrota. El comisionado del cónclave fue el general SS Dr. Scheid, enviado por el Reichsleiter Bormann. Aquellos hombres que habían cometido todo tipo de tropelías para enriquecerse durante su sanguinario mandato, sabían que todo el patrimonio alemán caería bajo el control aliado y soviético. Por ello, discutieron un proceso de blanqueo de las riquezas que se encontraban en Alemania con la intención de utilizarlas más tarde en la construcción de un nuevo Reich; los lingotes de oro, las divisas, las joyas y las obras de arte confiscadas, debían salir del país antes de que se sellaran las fronteras. Esta reunión secreta fue dada a conocer a la opinión pública hace unos años, cuando se desclasificó un documento de la Inteligencia Militar de los EEUU, codificado como EW-128 Pa, también conocido como “Informe Red House”, que constaba de tan sólo tres páginas clasificadas como “Alto Secreto” –escrito por un espía francés presente de forma clandestina en el cónclave–, donde se detallaba cómo los industriales iban a trabajar con el NSDAP para reconstruir la economía alemana mediante el envío de dinero a Suiza y a través de “empresas pantalla” que se harían fuertes en el extranjero. Una vez terminado el cónclave en La Maison Rouge, se decidió la creación de un grupo secreto que planificara la evasión, ocultación y mantenimiento de los altos mandos de las SS en la clandestinidad, sabedores de que la Orden Negra sería vital para la construcción de un nuevo “imperio ario”. Así, se financiaría primero la red Araña y más tarde la tristemente célebre red ODESSA –Organización de Antiguos Miembros de las SS, por sus siglas en alemán–.

No todo podía hacerse, sin embargo, de manera “legal”, a través de empresas pantalla o utilizando los mil y un subterfugios de la economía capitalista. Tal era la cantidad de dinero procedente del expolio nazi que, antes de ser cercados completamente por las fuerzas aliadas, los dirigentes nazis que aún permanecían con vida idearon todo tipo de tretas para ocultar su inmenso botín. Además, debían ocultar las pruebas del genocidio en los campos de concentración e incluso sus progresos en la carrera atómica. Así, se utilizaron cuartos secretos y dobles muros en fortalezas y castillos de media Europa, el fondo de lagos y ríos y se horadaron kilómetros y kilómetros de túneles para que, aquellos que anhelaban erigir un IV Reich cuando la ocasión fuera más propicia, recuperasen intactas las riquezas ocultas al mundo en sus guaridas secretas. Nacía la leyenda –sostenida por cimientos muy reales– del prodigioso tesoro de los nazis, que todavía se continúa buscando en distintos lugares.

La cantidad de robos cometida por los nazis por toda Europa fue astronómica. Según Konrad Kramer, “su idea era apoderarse de todo lo que tuviera algún valor”: museos, obras de arte, las divisas en oro de los países ocupados, los tesoros nacionales… Aunque fue el oro lo que más importó a los nacionalsocialistas: acumulándolo en cámaras acorazadas y cambiándolo por moneda extranjera cuando fuera necesario. En total, Berlín llegó a acumular unos 500 millones de dólares en oro robado, el equivalente a 36.000 millones de dólares de la actualidad.

El metal precioso impulsaba la máquina bélica nacionalsocialista. Según Lawrence Malkin, “fundían el oro, lo marcaban con sellos falsos, como si procediera de la Casa de la Moneda prusiana, y lo enviaban a Zúrich, donde los suizos se lo cambiaban por moneda extranjera”, siendo así los bancos helvéticos cómplices en el robo del oro europeo.

Según las investigaciones más recientes, llevadas a cabo por expertos económicos norteamericanos, se determinó que de los 400 millones de dólares de la época que fueron enviados a Suiza desde Alemania durante la guerra, alrededor de 300 eran robados, razón por la que los sicarios de la cruz gamada jamás atacaron el país vecino: fue el centro neurálgico en el que negociar y comerciar con otros países extranjeros en territorio neutral.

Una vez que comenzaron a ser cercados, los hombres de Hitler se encargaron de distribuir esas grandes cantidades de oro y obras de arte, joyas, y demás “tesoros” expoliados, a numerosos rincones secretos. Trenes enteros repletos del botín nazi partieron hacia destinos inciertos.

Conoce todos los tesoros malditos de los nazis en el número de octubre de Enigmas.

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