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Niños cobaya, el lado más siniestro de la ciencia

Lunes 18 de Septiembre, 2017
“Experimentos prohibidos” es la etiqueta que reciben genéricamente un conjunto de investigaciones que tuvieron como protagonistas a niños. Estos pequeños terminaban sometidos a pruebas científicas crueles y potencialmente dañinas con el único afán de resolver la curiosidad académica. Este auténtico museo de los horrores no es tan lejano en el tiempo como parece.
Juan José Sánchez-Oro

En múltiples ocasiones, la Ciencia se viste con sus ropajes más siniestros. El afán por satisfacer una curiosidad a toda costa, a veces la conduce por los senderos más truculentos donde los escrúpulos y la ética no existen. La historia del conocimiento humano está repleta de esta clase de “Experimentos Prohibidos”. Enseguida vienen a la memoria las aberraciones cometidas por los médicos nazis en los campos de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial. Pero estos ensayos clínicos despiadados sólo son la punta de un iceberg que ofrece su lado más hiriente y amargo cuando las cobayas utilizadas en los estudios son niños. Entonces, el horror cobra una dimensión desconocida que no nos dice nada del experimento en sí, sino más bien de la catadura inmoral de quien lo ha diseñado.

EXPERIMENTOS CON NIÑOS
Jacobo IV de Escocia, en 1493, pasaba por ser un monarca del Renacimiento, mecenas de múltiples empresas culturales y científicas. Desde su corte patrocinaba a numerosos alquimistas, artistas, astrólogos y médicos, movido por una enorme avidez personal de conocimientos. Dentro de las muchas inquietudes que rondaban la cabeza del rey escocés estaba la de averiguar los orígenes de nuestro lenguaje. Existía la creencia de que en los remotos tiempos del Génesis bíblico, lo seres humanos habla- ron una lengua común que el incidente de la torre de Babel hizo olvidar. La confusión de idiomas nos despojó de dicho saber, al cual los magos medievales atribuían poderes extraordinarios. No en vano el acto fundacional del Universo arrancó con la pronunciación divina de una serie de palabras: “Hágase la luz’, y la luz se hizo”. Un prodigio que vendría a demostrar cómo el habla no sólo servía para comunicar ideas, sino también para influir en las cosas del mundo a modo de fuerzas invisibles. Ésta es la esencia del denominado poder ritual o mágico que practican chamanes y taumaturgos en muchísimas culturas.

La cuestión que se planteaba Jacobo IV era si podía recuperarse de algún modo esa lengua original perdida e ideó un experimento para averiguarlo. El rey descartó poder detectar su presencia en la mente de un adulto, puesto que la educación y la personalidad consolidada impedían llegar a los estratos más profundos del lenguaje que pudiera albergar un individuo en su interior. En cambio, con los recién nacidos cabía concebir ciertas esperanzas. Todavía no estaban maleados por la sociedad porque aún no habían aprendido el idioma de quienes vivían a su alrededor. Así que el monarca pensó que si se mantenía a unos niños aislados de cualquier influencia lingüística externa, conforme fueran creciendo, afloraría en ellos esa habla primigenia que el contacto con adultos terminaba eliminando. Según comenta el historiador Robert Lyndsay de Pitscottie, Jacobo IV ordenó trasladar a dos bebés y una mujer sordomuda a la pequeña isla de Inchkeith provista con todo lo necesario para la crianza de los pequeños, aunque sometida a algunas estrictas directrices. En ese rincón apartado en medio del mar de apenas 23 hectáreas, la mujer debía amamantar y criar a los infantes en absoluto silencio, privando a los retoños de cualquier tipo de comunicación humana.

¿Hablaron los niños la lengua de Adán? Las fuentes conservadas no se ponen de acuerdo y arrojan resultados contradictorios. El propio Robert Lindsay de Pitscottie, quien nació unos cuarenta años después de que el experimento hubiera concluido, tuvo ocasión de tratar con ciertos testigos, los cuales le aseguraron que los niños salieron hablando un buen hebreo.

Otros registros antiguos aseguran que las criaturas fallecieron apenas unos pocos años más tarde. Mientras que Sir Walter Scott especuló con la posibilidad de que acabaran imitando los sonidos que escuchaban durante su desarrollo. Es decir, las expresiones guturales provenientes de la niñera o del ganado –cabras y ovejas– que les acompañaban en la isla.

Una de los aspectos más llamativos de este experimento del rey Jacobo es que no fue nada original. En tiempos remotos, otros mandatarios habían actuado de idéntica manera. Cuenta Herodoto en sus célebres Nueve Libros de Historia cómo el faraón egipcio Psamético I “entregó a un pastor dos niños recién nacidos, hijos de unos padres cualesquiera; tenía que llevarlos junto a su rebaño y criarlos de tal modo que ante ellos jamás se pronunciara una sola palabra (…) Dio tales órdenes porque quería saber cuál sería la primera palabra  que pronunciarían los niños (…) Una vez transcurridos dos años en los que el pastor así actuó, un día al abrir la puerta y entrar, los niños se echaron a sus pies y extendiendo las manos pronunciaron la palabra ‘becas’. (Psamético) averiguó que los frigios llamaban ‘becas’ al pan. De este modo los egipcios (…) admitieron que los frigios eran más antiguos que ellos”.  El asunto trajo cierta cola en la antigüedad y autores como Aristófanes o Apolonio de Rodas sugirieron que ‘becas’ no constituía propiamente una palabra, sino más bien una onomatopeya infantil del balido emitido por las cabras con las que convivían los pequeños y el pastor.

Por su parte, relata el historiador Salimbene de Parma otro ensayo parecido protagonizado por Federico II. Este célebre monarca prusiano del siglo XIII, “quiso comprobar qué lengua e idioma tendrían los niños al llegar a la adolescencia cuando no hubieran podido hablar jamás con nadie. Y para ello dio órdenes a las nodrizas y ayas para que amamantaran a los niños (…) bajo la prohibición de hablarles. Quería en realidad saber si se comunicarían en lengua hebrea, que fue la primera, o bien la griega,  o la latina, o la lengua árabe; o si acabarían hablando la lengua de sus propios padres, de quienes habían nacido. Pero se afanó en vano, porque los críos murieron todos”.

GENIE: LA NIÑA SALVAJE
Estos experimentos con niños nos pueden parecer casos exóticos, propios de otros tiempos más crueles e imposibles de repetir en nuestros días. Desafortunadamente, no es así. Existen unos cuantos ejemplos bien recientes ante los cuales resulta inevitable no sentir espanto.

En 1970 los servicios sociales de California acudieron raudos a avisar a la policía. Una madre se presentó en las oficinas junto a una niña con evidentes signos de maltrato. Cualquier caso de esta naturaleza ya es de por sí grave, pero éste presentaba además características fuera de lo común. La pequeña había padecido un prolongado confinamiento de más de doce años en condiciones absolutamente inhumanas. Por sufrir tan brutal experiencia la cría ha pasado a la posteridad de los estudios psicológicos con el nombre de Genie, un apelativo ficticio utilizado para proteger su privacidad. Pues bien, una vez libre de su cautiverio, Genie era un muñeco roto en cuerpo y alma.

Según explicó su madre a las autoridades, la niña había sido la cuarta entre sus vástagos y, en contra de lo que pudiera pensarse, Genie tuvo bastante fortuna porque otros dos hermanos anteriores perdieron la vida en penosas circunstancias. El matrimonio se casó, si bien al esposo nunca le gustaron los niños, pero tampoco hizo gran cosa para evitar concebirlos. Al cabo de cinco años, la mujer quedó embarazada y su marido, harto de los llantos del bebé, decidió encerrarlo en el garaje para no escucharlo. La criatura, progresivamente desatendida, terminó muriendo de neumonía. Un segundo bebé nació al año siguiente y falleció a los pocos días supuestamente ahogado por sus propias mucosidades. Finalmente, el matrimonio alumbró un tercer hijo que presentaba ciertas taras sanguíneas que le repercutieron negativamente en el habla, el caminar o a la hora de hacer sus necesidades. La pareja decidió desprenderse de la criatura temporalmente enviándola con la abuela paterna. Entonces nació Genie el año 1957.

Los médicos enseguida detectaron en el nuevo bebé similares problemas sanguíneos congénitos que su herma- no, a los que añadieron una complicación en la cadera que requería prótesis, fisioterapia y cuidados constantes. El padre se negó a darle a Genie la más mínima atención terapéutica y encerró a la niña permanentemente en una habitación. El confinamiento fue aún más terrible porque la cría permaneció atada durante el día a una silla-orinal desde los veinte meses. Por la noche, era trasladada, sin salir de la misma estancia, a una cuna enrejada con una malla metálica para que durmiera.

Desde tan siniestro cubículo, la pequeña subsistía bajo una constante penumbra, sin disfrutar de ningún gran estímulo exterior a la vista. No había adornos, no había juguetes, ni siquiera más muebles. La ventana casi siempre estaba cerrada y las cortinas echadas, aunque a veces le permitían contemplar un trozo del cielo. Los sonidos de la calle próxima llegaban allí con dificultad y durante algún tiempo pudo oír los ensayos al piano de un vecino, pero poco más.

Tampoco Genie podía moverse para acariciar con las yemas de sus dedos las texturas del entorno, salvo algunos cubiertos cuando comía. Por otro lado, jamás pudo focalizar la mirada más allá de las paredes. Vivía hora tras hora inmovilizada y dentro de una improvisada cámara doméstica al borde de la completa privación sensorial. Por si fuera poco, nadie más que el padre podía acceder al cuarto y  si Genie intentaba expresar cualquier emoción como gruñir, llorar o reír, su progenitor golpeaba las paredes con gran estrépito para asustarla y que dejara de hacerlo. En ocasiones, él incluso simuló el ladrido de un perro feroz delante de ella, arañándola y pegándola después. A la hora de cui- darla, la madre terminó desistiendo, pues se fue quedando ciega, y su otro hijo la sustituyó, aunque sometiendo a su hermana al mismo régimen de terror mediante sustos y aullidos que su padre.

Cuando Genie acabó con su madre ante las autoridades, ésta había discutido con su marido. Ella le había pedido más libertad para ver a sus padres y él aceptó. Entonces aprovechó para sacar a su hija y llevarla a hacer una gestión. Quería solicitar la ayuda gubernamental por padecer un cierto grado de ceguera y necesitaba una re- visión en un centro clínico oficial. Sin embargo, debido a su escasa visión, la mujer equivocó sus pasos y entró por error en el centro de servicios sociales colindante al hospital. El trabajador social que la atendió enseguida advirtió el estado lamentable de la cría: malnutrida; incapaz de hablar; incapaz de subir escaleras; sin fuerza en las piernas para andar medias distancias; con la vista deteriorada por no haber enfocado la mirada nunca demasiado lejos y un largo etcétera.

Cuando las autoridades retiraron la custodia de Genie a sus progenitores, los servicios médicos estaban estupefactos. El diagnóstico más profundo de la niña deparó un reguero infinito de nuevas conductas anómalas y discapacidades: la pequeña se masturbaba compulsivamente; no controlaba sus necesidades fisiológicas; babeaba en todo momento; no sabía masticar; se mostraba asustadiza; descontrolada; con evidentes problemas de reacción a las preguntas o indicaciones que se le formulaban y la circunstancia, al principio insuperable, de no conocer los más mínimos rudimentos del lenguaje por no haber pronunciado nunca una palabra. Un panorama, sin duda, desolador. Pero justo ahí fue cuando empezó un segundo calvario y el “Experimento Prohibido”.

Aquel mismo año se había estrenado la película francesa El pequeño salvaje donde su director François Truffaut narraba la historia real de un joven indómito, criado a  su suerte entre animales salvajes, y encontrado en los bosques de Francia a principios del siglo XIX. El guion exponía la reclusión del chico en un centro para su investigación y el éxito internacional del film reavivó el ancestral debate sobre la educación del individuo y la construcción social de la personalidad. El peso del ambiente frente a las características psicológicas innatas en el ser humano. Genie ofrecía una oportunidad de oro para intentar resolver ese y otros dilemas académicos como averiguar cuáles son los períodos críticos de la infancia en los cuáles se adquiere un idioma; la manera en que se aprenden o surgen los afectos; la autogestión de las emociones; etc. Por consiguiente, los miembros del personal al cargo de la niña pasaron de ser sus cuidadores y educadores a sus investigadores, lo que en la práctica se tradujo de una manera siniestra: en lugar de tratar de hallar el mejor remedio terapéutico para la cría, optaron por experimentar con ella e, incluso, recibieron financiación para llevar a cabo esos ensayos. Dominados por una tremenda ansia de obtener resultados espectaculares  y ofrecerlos a la comunidad científica, Genie fue sometida a pruebas de análisis y aprendizaje duras y agotadoras, sin el conveniente descanso, para que adquiriera lo antes posible nuevas habilidades. A la vez, se formulaban, probaban y ensayaban con ella una amplia gama de hipótesis sobre el origen del lenguaje y el comportamiento humano.

Todo terminó viciándose de tal manera que, como subrayan Ángel Moñivas, Carmen San Carrión y Mª Carmen Rodríguez, de la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la Universidad Complutense de Madrid en su artículo Genie: La niña salvaje. El Experimento Prohibido –Un caso de maltrato familiar y profesional–, “el equipo de investigación no consiguió definir una línea de investigación coherente para Genie, primando a Genie como objeto de investigación y no como ser humano –de hecho, algunos investigadores la adoptaron con fines partidistas–. El caso acabó siendo denunciado, a través de la madre, las subvenciones a la investigación retiradas y todos los principales investigadores encausados”. Después de pasar por varios hogares de acogida, en algunos de los cuales la pequeña volvió a recibir malos  tratos, actualmente Genie reside en un centro de adultos no revelado, en completo anonimato y bajo la tutela del Estado de California.

HUÉRFANOS “COBAYAS” TARTAMUDOS
El año 2001 el diario The San Jose Mercury News publicó una serie de artículos firmados por Jim Dyer. El periodista se hacía eco de una tesis doctoral celosamente guardada en los archivos de la Universidad de Iowa y rubricada por Mary Tudor. Lo que llamó la atención de Dyer era el apodo que tenía ese trabajo académico entre muchos estudiantes de la universi- dad: Monster Study.

La tesis doctoral había sido dirigida en el año 1939 por uno de los más prestigiosos profesores del campus, Wendell Johnson, experto en el estudio de la tartamudez y fundador de un centro mundialmente reconocido para la investigación de dicha discapacidad del habla. Sin embargo, Johnson nunca favoreció la publicación de la tesis de su pupila como solía ser habitual. Ni tan siquiera la incluyó en los índices bibliográficos de sus artículos posteriores sobre la materia. Literalmente, trató aquel trabajo como si nunca hubiera existido. Pero existió y cuando el periodista de The San Jose Mercury News sacó a la luz el asunto, tanto la Universidad como el propio Estado de Iowa recibieron una demanda millonaria en razón de los daños causados. ¿En qué consistía el Monster Study?

Durante los años treinta del siglo pasado, las causas de la tartamudez se situaban en el ámbito de la fisiología. Un funcionamiento inadecuado de la actividad neuromuscular estaba en el origen de esos problemas al hablar, aspecto que se creía haber confirmado a través de un dispositivo llamado electromiógrafo. Sin embargo, el profesor Wendell Johnson tenía otra teoría. Él mismo era tartamudo, aunque durante parte de su niñez se expresó con perfecta naturalidad. Sólo cuando un profesor comenzó a decirle a sus padres que tenía un defecto en el habla, entonces Johnson empezó a obsesionarse, vacilar y repetir sonidos cada vez con mayor frecuencia. Guiado por esta experiencia personal, Johnson concluyó que la tartamudez “no comienza en la boca del niño sino en el oído de los padres”. Por consiguiente, su revolucionario planteamiento postulaba que esta discapacidad no procedía de la genética o de determinadas disfunciones neuromusculares. Más bien, podía ser algo psicológico y condicionado por el entorno. Y si se podía adquirir por inducción externa, también podía corregirse de idéntica manera. Para demostrar su hipótesis este profesor de Iowa echó mano de una de sus estudiantes de postgrado, Mary Tudor, quien debía efectuar un experimento en el hogar de huérfanos de Davenport. Allí residían en 1939 unos 600 niños sin padres o bien expósitos porque sus progenitores no podían cuidarlos. De este conjunto, Tudor seleccionó un grupo de estudio compuesto por 22 sujetos entre 5 y 15 años. Diez de los huérfanos presentaban problemas de tartamudez, mientras que la docena restante hablaba perfectamente. El diseño experimental planteado por el profe- sor y su alumna consistía en inducir la tartamudez al grupo sin discapacidad lingüística, mientras que se le intentaría corregir al grupo que presentaba ese problema previamente.

La manera de lograr tanto un efecto como el contrario resultaba muy sencilla: instrucciones y comentarios orales a los niños mientras disertaban delante de los experimentadores. A los niños tartamudos se les animaba utilizando expresiones del tipo: “Vas  a superar el problema”, “Enseguida hablarás mucho mejor de lo que lo ha- ces ahora”, “No hagas caso a lo que los demás dicen de ti al respecto”, “Esto que te ocurre tan sólo es una fase y pasará”… En cambio, a los huérfanos que se expresaban fluidamente, los investigadores les interrumpían su discurso con vehemencia, ridiculizándolos y advirtiéndoles que detectaban problemas en su habla: “Presentas síntomas de tartamudez”; “Tienes que evitar a toda costa que este problema vaya a más”; “Utiliza tu fuerza de  voluntad para evitarlo”; “Por favor, nunca hables si no puedes hacerlo como  se debe”; “¿Conoces a fulanito? ¿Sabes que tartamudea? Pues él empezó de la misma manera que tú”.

Pronto varios niños de este segundo grupo manifestaron dificultades, timidez, vergüenza y retraimiento en sus disertaciones públicas. Algunos directamente se negaron a hablar o evidenciaron miedo antes de decir cualquier cosa. Su rendimiento escolar también se vio afectado negativa- mente. En algún caso incluso hubo autolesión retorciéndose los dedos  de desesperación al mostrarse el crío incapaz de expresarse con la naturalidad que lo hacía antes. Las secuelas permanecieron cuando terminó el experimento. Mary Tudor aún escribió al profesor Johnson un año más tarde, el 22 de abril de 1940: “Creo que con el tiempo… se recuperarán, pero, ciertamente, les causamos una impresión definitiva”. La propia Mary intentó revertir el daño causado visitando varias veces el orfanato. Después, tras saltar la polémica, el año 2002, The American Journal of Speech-Language Pathology hizo una revisión y llegó a la conclusión de que este atroz experimento no había servido para nada. Los resultados fueron calificados como insignificantes o nada relevantes a la hora de demostrar las hipótesis del profesor Johnson. Ninguno de los sujetos se convirtió en tartamudo. En cambio, los otros efectos perniciosos y duraderos causados durante los seis meses de terapia negativa, sin consentimiento, fueron reconocidos y compensados por el Estado de Iowa con una suma de 925.000 dólares a seis de los huérfanos el 17 de agosto de 2007.

EL PEQUEÑO ALBERT
Unos años antes de que Wendell Johnson efectuara su experimen- to con huérfanos, el profesor de la Universidad John Hopkins, John W. Watson estaba fascinado con las investigaciones de Ivan Pavlov. Este investigador de la conducta y Premio Nobel ruso había desarrollado la teoría del reflejo condicionado, conforme a la cual resultaba posible inducir una conducta determinada y automática a un sujeto si se le adiestraba convenientemente. Una vez adquirido e interiorizado ese reflejo condicionado, el acto de respuesta podría llegar a producirse igualmente mediante  un estímulo impropio o incompleto. Por ejemplo, Pavlov hacía sonar una campana e inmediatamente daba alimento a los perros de su laboratorio.

Pasado un tiempo suficiente, bastaba sencillamente con volver a hacer sonar la campana para que los canes salivaran aunque no tuvieran ninguna comida a la vista. Maravillado Wat- son con estos descubrimientos quiso aplicarlos en el aprendizaje con bebés. ¿Podría condicionarse el comporta- miento de un ser humano como hacía Pavlov con sus perros? Watson estaba convencido de que lograría modelar así, a medida, a cualquier persona. En 1930 escribió: “Dame una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me compro- meto a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger –médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón–, prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”. Lo cierto es que diez años antes había intentado poner a prueba esta misma idea.

Watson seleccionó a un bebé de once meses y tres días al que llamó Albert. Lo expuso a diferentes estímulos físicos como la presencia de una rata blanca, un conejo, un perro, un mono, máscaras, algodón, lana o periódicos en llamas. Albert no reaccionó con temor cuando experimentó por primera vez todas estas situaciones. Este hecho era justamente lo que Watson necesitaba comprobar para dar comienzo a su investigación. A partir de ahí todo cambió. El bebé volvió a ser expuesto ante la rata blanca, sólo que ahora, cada vez que aparecía a su alrededor e iba a jugar con ella, Watson golpeaba fuertemente una barra metálica con un martillo detrás de la nuca de Albert. El estrépito era de tal magnitud que el niño arrancaba a llorar completamente asustado. Tras repetir este condicionamiento numerosas veces, el bebé empezó a sentir miedo en cuanto veía aparecer a la rata de laboratorio. Es más, semejante aversión e inquietud se trasladaron a otros objetos que podían recordarle al animal por alguna de sus características físicas como la presencia de pelo o el color blanco. Por ejemplo, unas reacciones similares manifestó Albert al contemplar una máscara de Santa Claus, un conejo,  un abrigo de piel de foca o un perro peludo. Estímulos que previamente resultaban neutros para el bebé, se habían convertido en tremendamente dolorosos por obra y gracia del doctor Watson.

De este experimento se conserva una película en blanco y negro y John B. Watson la difundió en diferentes conferencias. Desde el punto de vista actual, la metodología empleada  deja mucho que desear y carece del rigor oportuno para poder extraer conclusiones válidas. Por otro lado, la suerte corrida por el bebé se desconoce. Albert fue un apodo utilizado por el investigador y ni siquiera está clara la verdadera identidad del niño. Indagaciones posteriores sugieren que pudo tratarse de un pequeño fallecido con apenas 6 años de edad por hidrocefalia o bien otra persona que vivió hasta los 87 años. En este último caso, entrevistas realizadas a familiares vinieron a determinar que el sujeto en cuestión siempre mostró rechazo hacia los perros, aunque resultó imposible corroborar si esa fobia fue producto de los ensayos del doctor Watson.

En la actualidad, los diferentes códigos éticos de los principales países del mundo prohíben la realización de experimentos potencialmente dañinos para los participantes y mucho menos sin que medie consentimiento explícito y plenamente consciente de las consecuencias por participar.

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