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El secreto de los mudras

Jueves 17 de Agosto, 2017
Declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, el parque arqueológico de Copán, en Honduras, es una impresionante muestra de la grandiosidad de la civilización maya. La visita a este antiguo centro ceremonial mesoamericano deja en el viajero la sensación de estar entrando en un mundo tan hermoso como misterioso.
Texto: Josep Guijarro

Una intensa lluvia azotaba las ruinas de Copán. La cola de la tormenta tropical Alma me había perseguido durante las seis largas horas de viaje que separan San Pedro Sula de la llamada “Atenas Maya” y me obligó a refugiarme en el interior del Museo de las Esculturas. Ahora creo que no fue por casualidad. Atravesé el largo túnel que conduce al interior del recinto y me sobrecogí al descubrir al otro lado una reproducción, a tamaño real, del templo de Rosalila, un edificio de 14 m de alto, ricamente decorado y pintado en colores rojo, verde y amarillo que fue descubierto en 1989 en medio de la selva, bajo otras construcciones mayas. Frente a él, también calado por el agua, me esperaba Antonio Ríos Aguilar, uno de los más expertos guías del complejo arqueológico. Juntos recorrimos los pasillos del museo observando el famoso Altar Q así como algunas de las más célebres estelas Copán, entre ellas la del rey 18-Conejo. Fue entonces cuando reparé en algo sorprendente. Los rasgos del famoso rey maya eran… ¡orientales! Diría más, chinos. Pero, ¿podían los chinos haber viajado a América antes que Colón y dejado su impronta en esas latitudes?

En la segunda planta del museo hallaría alguna que otra clave que reforzaría mi intuición. Varias figuras esculpidas en los frisos de los edificios copanecos mostraban a los reyes con unas extrañas posiciones en las manos. –¡Parecen mudras! –exclamé. –En efecto –me explica Antonio–, los mayas practicaban la meditación y muchas de las estelas que verás a continuación muestran posiciones de las manos en esa actitud. Los mudras son sencillos gestos corporales, empleados generalmente en el Hatha-Yoga, pero, también, en otros tipos de meditación, que tienen por objeto canalizar adecuadamente la energía a través de nuestro cuerpo. Aunque su origen no está claro, las primeras referencias escritas a estos gestos se hallan en el contexto budista.

Eran empleados en ceremonias secretas dentro de los ritos del budismo tántrico tibetano, el budismo chino, conocido como Chen-Yen, y el budis mo japonés. Y lo que tenía ante mis ojos era un auténtico desafío. ¿Cómo era posible que los antiguos mayas conocieran y practicaran técnicas meditativas propias de otras latitudes? ¿Alguien había fijado su atención en estas similitudes?

En efecto, el especialista Shao PangHua constató cómo muchos frescos y frisos mesoamericanos reproducían muy a menudo posiciones yóguicas estándar.

La posición del loto o padmasana, por ejemplo, ha sido hallada con frecuencia, y también el lalitasana o postura relajada y llena de gracia. Eso sólo podía evidenciar una cosa: que los mayas establecieron algún tipo de contacto con viajeros de otros continentes antes del descubrimiento de América.

Eso sostiene, entre otros, Alice B. Kehoe, del Departamento de Antropología de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee en un trabajo titulado The Fringe of American Archaeology: Transoceanic and Transcontinental Contacts in Prehistoric America. Kehoe advierte de las semejanzas culturales, juegos, tecnologías e,incluso, entre las pirámides escalonadas mayas y estructuras similares del Sudeste Asiático, sobre todo de Camboya. La pirámide de los nichos, en Tajín, estado de Veracruz, en México, es sorprendentemente similar a los templos camboyanos y lo mismo ocurre al comparar Teotihuacán con el Palacio Imperial de Beijing. Pese a todo, la ortodoxia científica parece querer ignorar las evidencias mencionadas. No así los grupos esotéricos que se arremolinan en las cercanías de las ruinas buscando la esencia de lo que llaman “espiritualidad maya”. Lo pude constatar al día siguiente durante una visita a la Hacienda San Lucas, un enclave situado en las montañas del Valle de Copán, convertido en refugio familiar desde hace más de un siglo y que disfruta de unas privilegiadas vistas de las ruinas mayas, en estados profundos de meditación a través de la respiración y la danza.

EL MISTERIO DE LOS GLIFOS
Copán no tiene templos altos pero sus glifos evocan materias que nuestro entendimiento no puede alcanzar. A lo largo de una escalera de 27 m de largo por 10 de ancho, se extiende una verdadera biblioteca en piedra cuyos secretos aún están por desvelar. Nadie la entiende, nadie la puede leer: cada piedra tiene su glifo y todos son como células de un organismo extraño que parece haber vivido cosas que pocos sospechamos en la actualidad. La cultura maya fue la única prehispánica que inventó un perfeccionado sistema de escritura que, por más que sus jeroglíficos se nos antojen hoy grandes y farragosos, representan un idioma que nada tenía de primitivo.

Al final de la escalera, protegida hoy con lonas para preservarla de las inclemencias meteorológicas, un gran monolito apunta hacia el cielo y registra un eclipse solar.

Al parecer, este eclipse pertenece a un ciclo de 25.920 años que no es el actual, pues del nuestro sólo han transcurrido unos seis mil años… A medida que los especialistas empezaron a descifrar los secretos de estos jeroglíficos, se ha ido constatando cómo los mayas disponían de un calendario astronómico capaz de predecir eclipses solares y lunares, así como los movimientos de Venus y Júpiter. La precisión de estos calendarios es asombrosa, por lo que se deduce que los astrónomos debieron ser muy importantes en esta civilización. Hasta hace poco, los arqueólogos creían que Copán era una suerte de centro ceremonial donde sólo vivían los sacerdotes y que los complicados jeroglíficos que tenía ante mis ojos no eran otra cosa que predicciones astronómicas y las figuras humanas representaciones de dioses.

En las últimas décadas se han descifrado, también, importantes sucesos históricos y, sobre todo, hazañas de los reyes cuyo retrato permanece labrado en las estelas. Antes de visitarlas permanezco en la base de la escalera unos minutos más, tratando de dibujar en mi cuaderno algunos de los grabados que llaman mi atención. Un campesino que se halla sentado en las raíces de una Ceiba –el árbol sagrado de los mayas– me explica que son piedras para los iniciados, para los adeptos del silencio. Miro a mi guía con una sonrisa, queriendo entender. Y él, con humildad, me confiesa ser rosacruz y que muchos estudiosos de las escuelas de misterios se acercan hasta Copán, ávidos de descubrir sus secretos.

LAS ESTELAS
La lluvia parece habernos dado una tregua y un certero rayo de sol ilumina ahora la Gran Plaza, una explanada con hierba en cuyo centro hay una pirámide y varias altas estelas. La mayoría de los jeroglíficos y esculturas de las estelas y altares hace referencia a 18-Conejo, una de las figuras más importantes de Copán. Antonio, con su sombrero de palma calado en la testa me señala con un cayado rematado con una pluma, los dibujos e inscripciones de las piedras, rozándolos mientras me alecciona a lo largo del recorrido. –Esta es una réplica del altar Q–, sentencia. Sabía que el arqueólogo Herbert Joseph Spinden consideraba que esta piedra cuadrangular representaba a una reunión de astrónomos mayas. Permanecí a la escucha. –En él podemos apreciar cuatro figuras. Entre los mayas siempre se afirmaba la existencia de los cuatro: el Incognoscible Adhi-Budha y las tres fuerzas de la creación, o sea, la trinidad dentro de la unidad de vida. Es decir, este altar muestra claramente el TETRA-GRAM-MA-TON. En griego el Tetragrammaton es el nombre de Dios compuesto de cuatro letras: yod, hé, vau, hé. Curiosamente, la civilización maya ha sido tildada de “teocracia”, un sistema en que el gobierno es ejercido por ciertos individuos que sostienen tener una comunicación directa con Dios. ¿Estaría Antonio en lo cierto o se trataba de retórica esotérica? En cualquier caso, estaba ávido de conocer más. Examiné meticulosamente las cuatro caras, con las cuatro figuras en cada una de ellas. –Son los 16 gobernantes del mundo maya–, me espeta Antonio. Su fundador mitológico, Yax Kuk Mo, está esculpido pasándole el cetro del poder al último gobernante”.

El altar Q fue esculpido en el año 776 para celebrar la ascensión al trono de Yax-Pac. Estaba situado frente a la pirámide 16 que contenía intacto en su interior el ya mencionado templo de Rosalila.

Era una costumbre maya destruir o desfigurar los templos o estelas obsoletos y construir sobre ellos, pero los antiguos mayas decidieron preservar a Rosalila. Fue enterrado con sumo cuidado y con ceremonial incluido. Sus cuartos, molduras y nichos se rellenaron con lodo y piedras, mientras que sus paneles trabajados en estuco fueron cubiertos mediante una gruesa capa de mortero blanco para proteger la pintura original. ¿Por qué tanto trabajo? La respuesta la hallaría poco después gracias a la extensa red de túneles que los arqueólogos cavaron bajo el sitio y que, en gran parte, permanecen cerrados al público. Aunque yo tuve la oportunidad de entrar en ellos.

Descendí por una empinada cuesta hasta dar de bruces con lo que, a la luz de mi linterna, parecía un ser monstruoso. Era la representación de una serpiente emplumada de cuyas fauces salía un pequeño medallón con el rostro de perfil del Dios Sol o Kinich Yax Kuk Mo. Éste, como se ve en el Altar Q, era el fundador dinástico y de la ciudad que, según la leyenda, llegó a Copán desde otra ciudad de Mesoamérica. Hasta no hace mucho los arqueólogos creían que la historia de Yax Kuk Mo era sólo un mito. Pero el hallazgo de Rosalila, en junio de 1989, y los estudios de un equipo multinacional de arqueólogos, liderado por Robert J. Sharer, que excavó el túnel donde ahora me hallaba, bajo del complejo real, en el núcleo de la acrópolis, dio con los jeroglíficos y las tumbas que se remontan al periodo en el cual gobernó Yax Kuk Mo. El análisis de sus restos demostró que no era originario de Copán, sino de Tikal, confirmando lo que la leyenda aseguraba. Ahora sabía por qué los mayas preservaron Rosalila y la razón de que en su interior fueran hallados tantos artefactos rituales. El descubridor del templo, Ricardo Agurcia, halló siete incensarios de barro con carbón todavía en su interior. Dos estaban sobre pedestales de jaguar esculpidos en piedra. También encontró ofrendas de cuchillos de pedernal –para  sacrificios–, nueve elaborados cetros ceremoniales, joyería tallada en jade, conchas de mar, espinas de manta raya –probablemente para perforarse la piel–, vértebras de tiburón, uñas de jaguar y restos de pétalos de flores y de agujas de pino. Lo confieso, salí impresionado de la entrada al “inframundo” de los mayas, con la angustiosa sensación de que aún quedaba mucho por investigar. Las 120 hectáreas son sólo un pequeño porcentaje de la ciudad que permanece enterrada en gran medida. No había tenido ocasión de introducirme en los misterios del calendario maya, en Copán se halla el reloj más antiguo de América. Me refiero a la llamada estela “D” que data del año 733. Se trata de un tipo de reloj antiguo que funciona en base al movimiento de las estrellas y marca los seis movimientos del Sol durante el año. No solamente eso.

El 30 de abril de cada año, la sombra del astro rey se traslada desde una esquina de la plaza a las escalinatas realizando un recorrido que, al verse plasmado en el suelo, se asemeja a una serpiente.

Al final del día, la sombra se posa sobre la escalinata “D” recorriéndola hasta llegar a sus pies, siempre en forma de serpiente, señalando un evento astronómico de gran importancia para los mayas. Copán también dispone de “piedras equinocciales” que, según el escritor Daniel Medvedov, otorgan –mediante la predecisión de los astros– una antigüedad a la ciudad muy superior a la admitida por la arqueología y nada sabemos a ciencia cierta sobre por qué se abandonó este enclave. Con todo, en mi mente permanecían a fuego los mudras, los rasgos antropomórficos y las semejanzas culturales e incluso lingüísticas que presentaban los mayas con los asiáticos.  ¿Quiénes fueron esos antiguos hombres que se pasaban los días mirando las estrellas? Sus caras, sus manos, sus números y sus posturas lo dicen todo. ¿O no?

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