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Sillustani, la descomunal necrópolis

Lunes 07 de Agosto, 2017
A apenas 30 km de Puno, la “capital” del altiplano peruano, un montón de piedras de tamaño gigantesco y envidiable colocación pasan desapercibidas al viajero. El lugar permanece ajeno a las visitas de los pocos turistas que recorren este reino de alturas nocivas para la vida; al menos para la nuestra. Es por eso por lo que llama nuestra atención.
Texto y Fotos: Lorenzo Fernández Bueno

El cielo aquí posee una claridad extraordinaria. La carencia de oxígeno limpia la atmósfera, permitiendo que observemos el paso de las nubes anonadados. Están perfectamente nítidas, como si hubieran sido recortadas y pegadas nuevamente sobre ese plano azul celeste que se antoja muy cercano. Estamos a punto de alcanzar esa cota en la que la vesícula puede estallar, y el edema merodea a aquellos inconscientes que, por mostrar su talante aventurero, lanzan a los cuatro vientos su frase favorita: “No pasa nada, ya estoy acostumbrado”. Falso. Nadie se acostumbra por muchos días que pretendas pasar recorriendo la puna, este desierto de altura innombrable. Sólo aquellos que han nacido aquí, porque ellos son descendientes directos de los clanes que en el tiempo primordial convivieron con los gigantes, los hijos de los dioses; ellos lo traen de serie: la fortaleza para subsistir en este difícil entorno, y los conocimientos de ese tiempo…

LA ISLA DE LOS MUERTOS
Dicho así, más que una invitación a visitarla lo cierto es que podría provocar el rechazo del viajero. Pero Sillustani merece una visita, porque después de la gran Tiahuanaco, en la parte boliviana, que no es mucho más pisada que el enclave hacia el que nos dirigimos, es posiblemente el lugar más sorprendente que podemos hallar en este mundo sin fronteras, porque las suyas las marcaron unos seres que pasean por las tradiciones con descarada insistencia. Veníamos de recorrer el gran lago Titicaca y de visitar la citada Tiahuanaco, realmente sobrecogidos. Son tantas las cuestiones que se agolpan en la cabeza cuando se visitan sitios así que las respuestas, por mucho que se busquen, no aparecen: no al menos las lógicas, porque sólo hay que contemplar estos sitios arqueológicos para cerciorarse precisamente de eso, que se rigen por otra lógica que no tiene que ver con la nuestra. A la vera del Cerro Kapía, donde aseguran por estas tierras que se manifiesta el terrible Karishiri, una suerte de hombre del saco que se dedica a extraer el unto de sus víctimas y a venderlo en las poblaciones de la cercana Bolivia, y donde los nativos de la zona afirman que se llevan a cabo rituales de sangre de pago a la Pachamama, esto es, sacrificios humanos, fue precisamente donde, confirmando que tendríamos que permanecer un par de días más en este mágico lugar, decidimos acudir a la llamada de Sillustani, eclipsado por la monumental ciudad de los Viracochas. ¡Que ironía! Posiblemente si esos mismos dioses hubieran elegido su última morada, sin duda alguna habría sido Sillustani. Al menos esa impresión nos dio cuando, merodeando los 4.085 m de altitud, con los pies cargados de plomo y los pulmones reclamando su dosis mínima de oxígeno, nos apostamos frente a las descomunales chullpas, que, como torreones en mitad de la nada, desafían el paso del tiempo. Son las tumbas en cuyo interior se hubieron de enterrar a grandes señores, reyes, y quién sabe si a alguna de estas misteriosas divinidades, porque su tamaño es simplemente colosal. 

Estas tumbas circulares conforman la identidad del lugar, ubicado sobre las aguas del lago Umayo, que si bien no posee las dimensiones del Titicaca, sí se muestra rodeado de un halo mágico que se palpa, más aún en un entorno así.

Cuentan los que de esto saben más que yo, que el nombre del enclave es una derivación de dos palabras: por un lado Sillus, que vendría a significar algo así como “uña”, y Llustani, cuya traducción sería “resbaladero”. Decir que lugar tan legendario posee un nombre tan prosaico como “resbaladero de uñas”, casi parece una grosería. Y así sería de no ser por la explicación que se ha dado: su nombre era tal porque los bloques de descomunal piedra están tan bien ensamblados, que ni siquiera una uña puede resbalar por sus junturas; vamos, que, como ocurre en la Gran Pirámide con los bloques de revestimiento que quedan en su base, o en los muros de la fortaleza inca de Sacsahuamán, o en algunos ahus funerarios de isla de Pascua como el Vinapu, es imposible introducir en esas casi imperceptibles líneas de unión ni una cuchilla de afeitar. Simone Waisbard, en su obra Tiahuanaco, diez mil años de enigmas incas, asegura que “las chullpas más espléndidas adornan en Sillustani una colina que domina la laguna inmóvil de Umayo, una belleza salvaje, abrumadora. (…) Hechas con poliedros de granito cortado con precisión y muy pulidos. Hasta el punto de parecer cojines suaves al tacto –algunos tienen un metro cincuenta de espesor y cerca del doble de longitud– ¡estas torres circulares presentan nueve o diez filas superpuestas de monolitos que pueden alcanzar en total quince metros de altura! En el interior las momias debían estar sentadas en nichos o alternaban con los ídolos adorados. Muy pocas chullpas han conservado el techo. Pero la forma de éste intriga mucho a los arqueólogos. Está concebido como la bóveda maya, para obtener la redondez…”. Bueno, pues aquí tenemos un misterio más, porque, amén del descomunal tamaño de dichas tumbas, seguro que la altura y lejanía de las canteras no ayudaban a la buena consecución de la obra. Y sin embargo ahí está, como un desafío a la razón; a nuestra razón que en lugares  así se quiebra y es vencida por un concepto en desuso, al menos en nuestro continente: la humildad.

CHULLPAS, LOS HIJOS DE LOS MONOLITOS
Hubo un tiempo en el que esta mágica tierra se dividía en Antis, y cada uno de ellos era gobernado con mano férrea por poderosos señores, que supieron rodearse de los más fieles vasallos y de más temidos hechiceros. Porque ese tiempo las armas con las que se combatía eran de palo o piedra, pero las más efectivas eran las de la palabra. Fue entonces cuando, como decía el escritor Alberto Cuentas-Zavara, surgió un clan de guerreros diferente: “se llamaba chullpas a un gran número de gigantes de una raza feroz que combatieron los Antis sin vencerlos”.  Años después, un maestro de escuela hizo un sorprendente descubrimiento en la considerada capital del altiplano, al menos económica: Puno. Su nombre, Gustavo Sánchez Sierra, y mientras removía el cieno del lago notó que sus manos agarraban algo duro en extremo. Al extraerlo y limpiarlo, se percató de que se trataba de un cráneo desmesurado, que como refleja Simona Waisbard en su obra Tiahuanaco, diez mil años de enigmas incas, “el dueño de un cráneo así debió de pertenecer a una raza sumamente corpulenta, vigorosa y provista de una cavidad craneana extraordinaria por el grosor, la solidez y las dimensiones de las órbitas oculares: de un tamaño doble del que se ven en las momias guardadas en los museos peruanos. La altura también era del doble (…)”. El estado de conservación de estos molares es sorprendente tras tantos años bajo las aguas del lago Titicaca. Están recubiertos por varias capas de esmalte, tan duro y espeso que permaneció inalterable… Para Sierra se trata de uno de los escasos cráneos de chullpa encontrados. Es una raza “prehumana” que, según su opinión, vivió en la era megalítica de Purua Pacha, o sea antes del diluvio y,  afirma, “más fuertes e inteligentes que lo que hemos llegado a ser nosotros, los aymaras, sus descendientes”.

Pero, ¿quiénes eran estos chullpas que darían nombre a las gigantescas tumbas de Sillustani, como si estos inmensos bloques de piedra surgieran como la memoria perdida de un tiempo imposible?

Las tradiciones aseguran que fueron los supervivientes de tres antiquísimos mundos ya desaparecidos, y que se llamaban a sí mismos “hijos de los monolitos”. Y poco más… ¿Fueron las chullpas actuales concebidas para albergar los restos perecederos de estos semidioses? Que cada cual piense lo que desee, porque la certeza es que fueron levantadas por grandes dignatarios cuya mente estaba más en el más allá que en el más acá. El miedo a la desaparición, a quedar en un purgatorio del que jamás pudieran escapar, les hizo levantar estas torres como ejemplo en la Tierra de que la inmortalidad se podía tocar. Porque estas piedras se levantan orgullosas sobra la meseta de altura, recordando al despistado que se deja caer por aquí que aquí la piedra, como en tantos lugares del planeta, habla, pero hay que dejar los apriorismos atrás y aprender a escucharla. Y entonces será el momento de saber…

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