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El soldado que se apiadó de Hitler

Martes 16 de Mayo, 2017
En agosto de 1918, la Primera Guerra Mundial está en su recta final. Las fuerzas alemanas han perdido la iniciativa desde la segunda batalla del Marne y se repliegan frente a las tropas anglo-francesas. La ofensiva aliada se convierte en una carnicería que une para siempre, en una de esas caprichosas jugadas del destino, a dos soldados llamados Henry Tandey y Adolf Hitler.
Texto: Gonzalo de Martorell

El día 15 de julio de 1918, en un ataque perfectamente coordinado por el Jefe de Estado Mayor alemán, Erich Ludendorff, 40 divisiones alemanas se lanzan en El Marne sobre 24 divisiones francesas comandadas por el Mariscal Foch. París está sólo a 140 km y ambos bandos son conscientes de que ha llegado la hora final, el momento de enfrentarse en la “gran batalla” que marcará el destino de los imperios en lucha. Ludendorff confía en su excepcional talento para la estrategia y Foch en el vigor de los refuerzos ingleses, italianos y americanos que se han unido a sus hombres.

El francés gana la partida, aunque la ofensiva se convierte en una carnicería sin igual para ambos bandos. El 6 de agosto, cuando cesan los ataques, las aguas del río Marne bajan teñidas de rojo por la sangre de 150.000 bajas alemanas, 95.000 francesas, 13.000 británicas y 12.000 norteamericanas. A partir de ese momento y hasta el 11 de noviembre de ese mismo año, en que se firmará el armisticio de Compiegne las tropas alemanas se ven obligadas a una continua retirada.

ESCARAMUZA EN MARCOING
Esta carrera por la supervivencia lleva a unos y otros hasta Marcoing, en el distrito de Cambrais, donde el 28 de septiembre de 1918 llega el 5º Regimiento “Duque de Wellington” en el que sirve Henry Tandey. Como tantos jóvenes de la época sin oficio ni beneficio, Tandey –criado en un orfanato– vio en el ejército una salida a su vida miserable, así que se alistó en cuanto cumplió la edad reglamentaria. Ocho años después, Henry ha recibido ya las más importantes condecoraciones al valor y se había vuelto un tipo duro y bragado en mil combates. En su hoja de servicios destacan destinos en verdaderos infiernos como Sudáfrica, Ypres o el Somme.

Ese día de septiembre, el regimiento de Tandey recibe la orden de limpiar el pueblo de Marcoing. La resistencia germana es feroz y el británico y sus compañeros se ven pronto envueltos en una lluvia de obuses. Una de estas explosiones lanza, justo frente a su trinchera, a un soldado vestido con el uniforme alemán. Instintivamente Tandey levanta su fusil y apunta. Su enemigo está tan agotado y cegado por el humo y el gas que no tiene ni fuerzas para sostener su arma. La caída le ha conmocionado y camina durante un par de minutos con la mirada perdida por la tierra de nadie.

Por primera vez en su vida, el curtido militar británico vacila. Él es un soldado, no un asesino a sangre fría y reventar de un disparo a un tipo medio ciego que ni siquiera hace ademán de protegerse no tiene nada que ver ni con el heroísmo ni con el valor. Tandey relaja la presión del dedo sobre el gatillo y baja el arma y, justo en ese momento, el joven alemán vuelve su mirada hacia él, levanta casi imperceptiblemente una mano en señal de agradecimiento y desaparece entre las alambradas arrastrado por sus compañeros.

El cabo Adolf Hitler, de la 1ª compañía del 16º regimiento de Baviera “List”, no morirá ese día.

EXTRAÑA CAMARADERÍA
Esa monstruosa obscenidad que fue la Primera Guerra Mundial, le había costado al Imperio Británico casi 1.000.000 de bajas, en Rusia ardía la revolución bolchevique, se avecinaban cambios sociales en toda Europa y el Reino Unido reclamaba héroes que le recordaran al pueblo la grandeza de Su Graciosa Majestad Jorge V. La foto de Henry Tandey apareció en la London Gazette recibiendo la “Cruz Victoria” de manos del mismísimo monarca y esa foto y ese periódico llegaron también a Berlín.

Hitler creyó reconocer en la instantánea al soldado inglés que no quiso dispararle en aquella tierra de nadie de Marcoing.

Era un inglés, sí… un enemigo, sí… pero también alguien que había compartido las mismas penurias de aquel campo de batalla francés y al que debía la vida. Como tantos ex combatientes, Hitler no fue tampoco ajeno a esa extraña fraternidad que se suele crear entre quienes han estado en el campo de batalla… incluso en el bando contrario. Sin embargo, en su megalomanía, entendió la renuncia de Tandey a dispararle no como el gesto humanitario de un soldado sino como una señal de que la Providencia le reservaba un destino glorioso. El futuro líder nazi conservó durante años esa foto de Tandey y se obsesionó hasta tal punto con su némesis británica que lo identificó también como el protagonista de un cuadro de Fortunino Matania pintado por encargo del Regimiento Green Howards que mostraba a un soldado británico llevando en hombros a un herido durante el cruce de Menin en 1914. Hitler sentía tanta fascinación por lo que reflejaba aquella obra que años más tarde, siendo ya Canciller del Reich, encargó a su embajador en Londres que le consiguiera una copia para decorar su residencia privada de Berchtesgaden, el famoso “Nido del Águila”. El archivo del Regimiento Green Howards conserva todavía la carta en la que el capitán Fritz Weidemann manifiesta en nombre del Führer su interés por la obra.

UN FÜHRER AGRADECIDO
La ocasión de saldar esa deuda con el hombre al que debía la vida le llegó al Führer en 1938. El Primer Ministro británico Neville Chamberlain acudió a Berlín a negociar una solución pacífica a la crisis de los Sudetes y fue invitado posteriormente al Berghof alpino. Hitler le mostró entonces la copia del cuadro mientras señalaba a la figura central de la composición y el premier escuchó sorprendido, de boca de su anfitrión, que “este hombre estuvo tan cerca de matarme que pensé que no volvería a ver Alemania otra vez”. Visiblemente emocionado, el líder nazi le pidió a Chamberlain que, a su regreso al Reino Unido, se pusiera en contacto con Tandey y le manifestara su agradecimiento y el del pueblo alemán. Además, el líder nacional-socialista se comprometió a hacerle llegar una nota personal y a llamarle por teléfono. Al parecer lo hizo… aunque nun ca llegaron a comunicar porque –según Edith, la mujer de Tandey– cuando se produjo la llamada en cuestión la contestó su sobrino de nueve años y ya nunca se repitió. Henry Tandey falleció el 20 de diciembre de 1977 a los 86 años. En 1940, mientras las bombas de la Luftwaffe caían sobre Londres, quiso explicar en una entrevista al periódico Sunday Graphic por qué no había disparado a Hitler: “Lo tenía centrado en el punto de mira pero, simplemente, no pude disparar a un hombre herido, así que lo dejé ir”.

CERTEZAS IMPOSIBLES
La historia del soldado que no pudo matar a Hitler fue tenida por cierta durante décadas, esencialmente porque el mismo Führer insistió en numerosas ocasiones en el incidente. De hecho, aún es incuestionable para una gran parte de historiadores. Sin embargo, el relato presenta algunas lagunas y admite interrogantes.Una de las pocas certezas irrefutables es que la copia del famoso cuadro de Fortunino Matania –extraviada con la llegada de los americanos al “Nido del Águila”– estuvo colgado de una de las paredes del Berghof. Numerosos testigos y fotografías del interior de la residencia lo corroboran.

Lee el reportaje completo en el nº246 de la revista ENIGMAS

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