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Los templos malditos

Martes 14 de Febrero, 2017
El bien existe porque al otro lado se halla el mal. Uno no puede existir sin el otro. El primero tiene múltiples representaciones, y no menos enclaves para la veneración. Pero, ¿y el segundo? Baste decir que el ser humano no siempre ha construido templos para rendir homenaje a sus dioses; en ocasiones, también para sus demonios, o para evitar su mirada…
Lorenzo Fernández Bueno

En los últimos años la comunidad arqueológica internacional ha girado la mirada, casi siempre puesta en Egipto, para dirigirla a Teotihuacán, la gran ciudadela a apenas 60 km de México D.F. Años atrás, en compañía de nuestro compañero J.J. Revenga, tuve la oportunidad de pisar sus calles. Prácticamente en la soledad que propicia el amanecer , observamos desde la pirámide de la Luna cómo el astro rey salía desde la descomunal pirámide del Sol. Y en ese instante pudimos imaginar que para el hombre que levantó estos templos, sin duda hubo de ser un momento mágico como pocos. Por eso la amplia avenida que se extendía frente a nosotros no podía tener otro nombre: la Calzada de los Muertos. Porque en los días en los que ese mismo Sol nacía desde un punto determinado de la pirámide, iluminando un punto determinado del Templo del Jaguar, los dioses ofrecían la magia en esencia, pero había que corresponder con el pago de vidas humanas, de quienes eran cruelmente sacrificados en la zona intermedia de la pirámide de la Luna, en la que aquel día que no olvidaré jamás disfrutábamos del espléndido espectáculo que nos ofrecía el lugar. No imaginamos entonces, al acercarnos al Templo de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que la pequeña carpa que empezaban a levantar varios arqueólogos acompañados de unos cuantos estudiantes acabaría por cubrir el que puede ser el gran descubrimiento de nuestro siglo, y más concretamente de este mismo año, tras un lustro trabajando al ritmo lento que marca la arqueología, que nada tiene que ver con el que dictan los medios de comunicación.

Antes de continuar, conviene recordar que Teotihuacán es un enigma de proporciones descomunales; su significado es “ciudad de dioses”, simplemente porque no sabemos cuál fue el que tuvo en sus orígenes. En ese tiempo, entre los años 100 y 700 d.C., estuvo habitada por más de 200.000 habitantes. Pero de esos primigenios pobladores nada es lo que sabemos, porque cuando los aztecas reutilizaron sus templos y viviendas, la ciudad llevaba casi mil años deshabitada.

Pues bien, tiempo atrás se descubrió un túnel de 100 metros, a unos 12 o 14 de profundidad, que discurría bajo el templo de Quetzalcóatl. El descubridor del mismo fue Sergio Gómez, director del proyecto “Tlalocan: Camino bajo la tierra”, auspiciado por el INAH –Instituto Nacional de Antropología e Historia–, que aquel día en el que contemplábamos el extraño templo, con la sensación de estar ante el decorado de una película, él ayudaba a sus compañeros a estabilizar la carpa. Poco después empezarían a salir a la luz restos de rituales, de una antigüedad de 1.800 años…

El punto más importante de este descubrimiento fue el túnel, al que accedió un pequeño robot llamado Tlaloque, un dispositivo con tracción a las cuatro ruedas, construido para acceder por los difíciles recovecos rellenos de escorias, que amenazaban derrumbe.

Así fue como encontraron restos de platos de metal, varias piezas de cerámica correspondientes a la cultura teotihuacana, muchas puntas de flecha de distintos tamaños, piedras labradas de grandes dimensiones y peso, y esculturas de diferentes tamaños. Además, el paseo del robot desveló que estas rocas fueron colocadas para sellar el túnel con la probable intención de que no fuera profanado. Lo más interesante es que se hablaba del descubrimiento de una máscara, y de la presencia de tres cámaras al final del citado túnel. Ahora bien, ¿quién estaría en esa tumba que está a punto de abrirse 1.800 años después? Seguramente de aparecer sus restos estaríamos ante un rey teotihuacano, lo que aportaría luz a esta cultura tan fascinante y misteriosa.

Donde sí se hallaron restos humanos fue en el Templo Mayor de Tenochtitlán, la ciudad antigua que se levantó sobre un cenagal porque así lo quisieron los dioses, que impusieron a quienes formaban parte de ese remoto éxodo en busca de su particular tierra prometida, que sólo podrían levantar templos, pirámides y edificios allí donde hallaran a un águila sobre un cactus, comiéndose una serpiente, y esta escena se produjo sobre un pantanal repleto de cieno y muchos mosquitos. Pero es que además, al contrario de lo que ocurre en otros lugares de la América precolombina, donde se sacrificaba a jóvenes apolíneos para satisfacer la sed de sangre de los dioses, aquí sólo se sacrificaron niños. Por eso no es difícil aterrarse al pensar en las escenas que se produjeron; porque al atravesar sus galerías de piedra el eco del exterior se asemeja a los gritos desgarrados de las madres que vieron cómo sus pequeños sucumbían víctimas del fanatismo más atroz.

NIÑOS EN LOS POZOS
Año I Tochtli; 1454 del Calendario Gregoriano. El cielo plomizo, finalmente, no descarga. Otro día más. Los habitantes de Tenochtitlán acuden a su Templo Mayor. Las calles rebosan de tragedia; mucha es la muerte que está causando la sequía. El agua no llega, los campos amarillean y el calor se hace insoportable. Por eso hoy los aromas de copal, el incienso sagrado, se extienden por la ciudad. Los dioses miran hacia otro lado; por eso hay que reclamar su atención. Y la única forma de hacerlo es el sacrificio; el sacrificio humano…

Más o menos así hubo de suceder, y desde ese día el Templo Mayor de Tenochtitlán, cuya advocación recaía sobre el dios de dioses Huitzilopochtli, quedó maldito para siempre. Cuentan los cronistas españoles que mucha fue la sangre que hubo de vertirse sobre estas piedras para que quedaran tintadas con el rojo de los cientos, quizás miles de desgraciados que fueron ofrecidos a la divinidad. Por eso no es extraño que siglos después, ya en el XX, varios investigadores mexicanos, al acercarse a lo poco que queda de la gran ciudad mexica, salieran más sorprendidos que asustados cuando a través de sus aparatos digitales surgieron voces, tumulto, pero sobre todo gritos de niños. ¿Qué ocurrió en aquel lugar? ¿Acaso esos ecos que regresaban del pasado tenían que ver con lo que allí se desarrolló?

No lo sé, ni tampoco lo voy a defender, pero lo cierto es que en el mes de junio de 2005, tal y como reflejaron en su interesantísimo informe “Huitzilopochtli y el sacrificio de niños en el Templo Mayor de Tenochtitlán”, los arqueólogos Ximena Chávez, Aurora Montúfar, Norma Valentín, y Leonardo López, “comenzamos nuestra operación número 9 al pie de la plataforma de la gran pirámide doble (…). Para ello seleccionamos una pequeña área, de 75 por 150 cm, que se encontraba sobre el eje central de la mitad sur del edificio, es decir, la correspondiente al culto de Huitzilopochtli.

Nuestro objetivo era excavar un pozo de poco más de un metro (…). A escasos 50 cm de profundidad y de manera totalmente inesperada encontramos el esqueleto completo de un individuo de muy corta edad que, al parecer, había sido sacrificado”.

Aquel niño permanecía sumido en su mundo de sombras desde el instante en que fue escogido para el sacrificio. Los arqueólogos estaban sorprendidos por el descubrimiento. Y sin embargo no era el único cuerpo que se había encontrado en el lugar: “Grande fue nuestro desconcierto, pues las únicas víctimas infantiles descubiertas por nuestro proyecto habían aparecido en 1980 en el extremo opuesto del edificio, o sea, en la mitad dedicada al culto de Tláloc –dios de la lluvia–. Nos referimos a la famosa Ofrenda 48, la cual contenía los restos esqueléticos de 42 niños de entre dos y siete años de edad, además de 11 jarras con rostros de divinidades pluviales, dos discos de mosaicos de turquesa, vestigios de calabaza, madera y copal, cuentas de piedra verde, conchas, caracoles (…). Todo indica que este depósito es la expresión material de una ceremonia sacrificial multitudinaria”.

Que un lugar quede marcado a sangre por esa oscuridad que desprende un sacrificio, es terrible; pero si además dichos sacrificios están protagonizados por niños, la cuestión, más que trágica, es aterradora. Y aún así, como veremos, no es el único templo del planeta en el que ha ocurrido esto. Al parecer a los dioses del pasado les gustaba la sangre joven…

EL CEMENTERIO DE TANIT
En 814 a.C. nace la mítica ciudad de Cartago, que como todas las grandes urbes del pasado, posee unos orígenes en los que lo mitológico y lo real se funden, haciendo imposible distinguir dónde empieza cada concepto. Aquí se dice que la princesa Dido, hermana del rey de Tiro Pigmalión, llegó a Túnez y planteó a sus habitantes adquirir tanta tierra como abarcara una piel de buey; éstos cayeron en la trampa, pues la piel fue cortada repetidas veces en finas capas como si fuera una cebolla, alcanzando unas dimensiones descomunales, por un precio ínfimo… Así surgió Byrsa –que como es lógico significa “piel de buey”– en lo que sería la génesis de la universal Cartago.

Fue plaza fuerte de grandes imperios, hasta tal punto que el senador romano Catón, harto de la resistencia planteada por el genial Aníbal, culminaba sus discursos con un delenda est Cartago –“hay que destruir Cartago”–, toda una declaración de intenciones…

Hoy día ya no hay batallas ni grandes discursos; sí varias matas de pimientos rojos, agua de azahar, algún friso con la silueta de un pez o de la mano de Fátima… Porque estos son algunos de los elementos que los habitantes del sur del país emplean para protegerse de los espíritus del mal, esos mismos que se pasean por la sura IV del libro sagrado musulmán.

Cartago es diferente; incluso hoy día, cuando apenas es una herida de lo que antaño fue. Y junto a ella, sin orden ni concierto, se alzan las lápidas retorcidas de un cementerio poco común. En cada una de ellas aparece representada una diosa del mundo antiguo. Es Tanit, el equivalente a la Astarté fenicia, una deidad nocturna cruel y pálida como la misma Luna llena.

Pasear por el recinto invita a sobrecogerse, especialmente cuando accedemos a las entrañas de la madre tierra, donde se halla el templo natural en el que se realizaban los ritos de adoración a Tanit, que como el lector ya habrá imaginado, estaban bien teñidos de rojo. Allí, entre sombras, se atisba que la galería fue excavada a conciencia. Y en un punto intermedio se abrió una pequeña oquedad que comunica con el exterior. En ese instante un rayo de luz rompe la oscuridad e ilumina una lápida que parece crecer del suelo. No es casualidad. La luz de la Luna debía de causar el mismo efecto, y era entonces cuando los sacerdotes de esta religión olvidada iniciaban entre cánticos tenebrosos sus ritos de sacrificio, mientras los bebés y niños que en cuestión de segundos servirían para saciar el hambre de muerte de la cruel Tanit, se retorcían en los ofertorios cercanos, sumidos en una leve somnolencia a consecuencia de las plantas sagradas que les habían obligado a consumir. Después, el cuchillo se hundía, y el sacrificio finalizaba…

Aseguraba no hace mucho tiempo nuestro compañero Miguel G. Aracil en su reportaje publicado en ENIGMAS, “Tophet, la puerta del infierno”, que en ciertos textos clásicos “se nos narra que el terrible sacrificio se realizó ante una sombría estatua de bronce de gran tamaño que representaba a Baal –esposo de Tanit–, y que esta figura tenía las manos extendidas e inclinadas hacia el suelo, de manera que una vez colocado el bebé en la pequeña plataforma, ésta basculaba y lo hacía caer en un gran agujero lleno de llamas, donde era devorado por el fuego (…) las excavaciones efectuadas en aquel lugar han dado como resultado el hallazgo de miles de urnas cinerarias con los restos de cadáveres de niños; el 85 por ciento de los cuales corresponde a tiernos bebés que tan siquiera superaban los seis meses”. Así es. En los alrededores de esta tierra convertida en templo maldito se han descubierto yacimientos arqueológicos rebosantes de restos óseos; muchos de ellos pertenecen a animales, pero los hay también de seres humanos, y casi todos son niños, o bebés. Aseguraba Aracil que así lo defienden estudiosos como el “tunecino M. Chedli, al que entrevistamos hace algún tiempo, que nos aseguró que en los estratos del Tophet se encuentran dos partes muy diferenciadas: la que iría desde la fundación de Cartago –siglos IX y VIII a.C.– en la que aparecen restos de innumerables niños, y la que corresponde a los siglos III y II a.C., en la que los huesos que aparecen son principalmente de cordero cabras, carneros y gallinas; aunque también de algún ser humano, principalmente niños”.

No creo en energías negativas ni positivas, pero sí en la intuición del ser humano. Por eso no es extraño lo que muchos refieren al pisar este enclave: que algo en nuestro interior nos advierte, el malestar se apodera de nosotros y ese algo invita a que marchemos cuanto antes. El exterior está sembrado de cuerpos, de cuerpos de pequeños, esos mismos que fueron víctimas de la intolerancia y la superstición de un tiempo en el que el hombre temió a sus dioses, porque éstos parecían manifestarse con insoportable frecuencia…

RUJM AL-HIRI, LA “RUEDA DE FANTASMAS”
Es tremendamente desconocido. Sólo hay que atender a que se sabe de su existencia desde hace más de cuatro décadas, pero pocos se acercan hasta allí. De hecho el yacimiento ha sido excavado en varias ocasiones pero, hasta la fecha, el singular enclave arqueológico es un cúmulo de interrogantes. Ya el propio nombre da que pensar, ya que Rujm al-Hiri significa, en árabe, “montículo de piedra de los gatos salvajes”, lo que no explica cuál fue su función en el pasado remoto. Sin embargo, su denominación hebrea es más sugerente, y va indicando por dónde pudo ir su uso, ya que significa “rueda de espíritus”.

El sitio se halla en un lugar remoto de los Altos del Golán, a una hora de la carretera, por lo que hay que andar, y su forma y disposición sólo se aprecia bien desde el aire. ¿Y qué es lo que se ve? Se trata de una estructura de cuatro círculos concéntricos, de la que apenas se conservan los cimientos, con un diámetro de 150 metros.

Los expertos creen que en su día los muros circulares de piedra basáltica habrían alcanzado los 9 metros de altura, como auténticas murallas que impedirían ver lo que ocurría en su interior.

De momento, lo que los arqueólogos sí saben es quiénes fueron los constructores. Se trata de un pueblo de época calcolítica dedicado a la agricultura, que ocupó la región hace unos 6.000 años. Y aún así, con estos datos encima de la mesa, poco más conocemos sobre su función y significado. El lugar fue descubierto en 1968 y desde entonces se han propuesto varias hipótesis para dar sentido a su uso: por un lado, podría haber sido un santuario que sirvió para realizar observaciones astronómicas, o para indicar la llegada de fenómenos como solsticios o equinoccios, lo que a su vez marcaría el comienzo del tiempo de cosechas, de lluvias, etc, algo que no deja de ser habitual en ese pasado. Por otro, los hay que defienden que en realidad fue un complejo funerario al más puro estilo de lo que hoy día creen los arqueólogos que fue Stonehenge…

Incluso el israelí Yonathan Mizrahi afinó tanto que para defender su uso astronómico descubrió que “alguien ubicado en el centro exacto de la estructura en el amanecer del solsticio de verano del año 3000 a.C. habría contemplado cómo el primer rayo de Sol incidía en la parte central de la puerta sudeste del muro exterior”.

Así las cosas, tras años de investigaciones, el arqueólogo de la Universidad de Nebraska Rami Arav, propuso tiempo atrás una teoría que generó cierto revuelo. El estadounidense publicó sus conclusiones en la revista Biblical Archaeology Review, y tras treinta años dedicado a estudiar el asunto planteó que, siendo conscientes de que los pueblos calcolíticos de Tierra Santa tenían la costumbre de enterrar a sus muertos en pequeños osarios, y que para llevar a cabo esta práctica antes debían “descarnar” los cadáveres, para ello requerían de tumbas provisionales en las que la carne se había de desprender antes de colocar los huesos en su ubicación definitiva. Esta tesis cogió más peso cuando Arav descubrió un objeto cilíndrico, provisto de una hendidura a modo de puerta, y decorado con relieves de pájaros, que recordaba a algunas edificaciones de Irán e India conocidas como dokhmas, que se usaban para realizar el proceso de excarnación o “entierro celeste”. En éstos se colocaban los cadáveres de los fallecidos, y allí acudían aves carroñeras, capaces de limpiar un cuerpo en horas. De este modo, Arav llegó a la conclusión de que pudo haber sido un santuario para practicar la excarnación y permitir la conservación de los huesos en osarios. Esta idea demostraría que Rujm al-Hiri fue una suerte de siniestro santuario sagrado, dedicado al culto a los muertos, en el que, además, como “rueda de espíritus” que es, éstos se manifestaban. Quién sabe, quizás por eso hoy día está siempre vacío…

GÖBEKLI TEPE O CÓMO INVOCAR EL MAL
Es un lugar siniestro, solitario y lejano, pese a que su nombre pueda sugerir algo amable –“colina panzuda”–. Surge en mitad de un desierto de piedra como un faro que en tiempos remotos atrajo la mirada de los demonios, habitantes de este entorno reseco que acudían a la llamada del templo envueltos entre la arena que arrastraba el viento nocturno. El yacimiento se encuentra en la región sudeste de Turquía, a apenas 16 km de la ciudad de Urfa, muy cerca de la frontera con Siria, y hasta hace muy pocas décadas se pensaba que bajo aquel promontorio que se elevaba en mitad de la llanura, de haber algo, posiblemente sería de origen bizantino, por lo que no había excesiva prisa ni presupuesto para desenterrarlo. La sorpresa llegó en 1994 cuando el área fue arrendada por los miembros del Instituto Alemán de Arqueología, con el doctor Klaus Schmidt a la cabeza, que pronto se dieron a las labores de desescombro. Es posible que acudieran al lugar alertados por el hallazgo que realizó un pastor kurdo llamado Savak Yildiz, que fue quien dio con las primeras piedras. Sea como fuere, lo cierto es que el alemán, al pisar el sitio arqueológico, sentenciaría que “cuando comenzamos a excavar, supe enseguida que iba a pasar aquí el resto de mi vida”. Y así llegaron los primeros resultados: aparecieron una serie de formaciones megalíticas circulares de entre 10 y 30 metros de diámetro, en cuyo interior había unas singulares estructuras pétreas con forma de “T” sobre las que aparecían representaciones de animales, así como una variada y desconocida simbología que pronto se identificó como parte de la ornamentación religiosa del lugar. Pero hay más: brazos, manos, animales que podrían formar parte de la fauna que entonces poblaba esta tierra hoy desértica y entonces seguro que más frondosa. Y junto a éstos, buitres que, al igual que ocurre en otros yacimientos neolíticos como Rujm al-Hiri o los dokhmas ya citados de Irán y la India, despedazaban los cuerpos de los difuntos para que ascendieran lo más rápido posible a los cielos, huyendo de estos valles infectados de demonios. Las crónicas aseguran que Göbekli Tepe fue levantado hace 13.500 años para protegerse de las criaturas que habitan la noche, y para ello optaron por hacer uso de sus mismas armas: la conjura del poder de otros demonios, porque este templo fue creado para controlar la fuerza del mal. Por tanto, a día de hoy podemos decir que Göbekli Tepe es el templo más antiguo que se ha hallado jamás; los arqueólogos suponen que fue levantado en 11500 a.C., y que inexplicablemente fue enterrado en torno al 8000 a.C. Por tanto, sería más de seis milenios y medio más viejo que Stonehenge, y fue erigido 7.000 años antes de que en Egipto se empezasen a construir pirámides. Haciendo un pequeño inciso, las formas circulares de los conjuntos megalíticos recuerdan a otro lugar del planeta, tan lejano cronológicamente como espacialmente: Caral, en el desierto peruano del Supay, que dicho sea de paso significa en las antiguas lenguas andinas “diablo”, y donde los sacerdotes se dieron a la invocación de entidades muy similares como las que nos ocupan. Klaus Schmidt consideraba que el templo pudo ser un lugar de veneración y culto a los difuntos, lo que en cierto modo explicaría la presencia de tantos animales tallados en sus paredes, pues serían una suerte de talismanes protectores contra los demonios de la noche. Sin embargo, todavía no han sido hallados restos humanos que validen dicha tesis. Pero restos, de otro tipo, sí hay. El investigador Carlos Delgado, en un impresionante artículo titulado “Göbekli Tepe. Las piedras que lo cambian todo”, afirmaba que “entre el material extraído se han hallado además multitud de objetos, como estatuas de diferentes tamaños –jabalíes y otros cuadrúpedos sin identificar, e incluso una figura humana con un poderoso falo erecto–, infinidad de herramientas de sílex y una buena provisión de botones líticos, quién sabe si procedentes de antiguas prendas ceremoniales. Pero el testimonio más abundante lo compone la extraordinaria cantidad de huesos de animales salvajes encontrada. Según los arqueólogos, hay más fósiles en un metro cuadrado de Göbekli Tepe que en el conjunto de muchos otros yacimientos. La especie más frecuente es la gacela, aunque también hay uros, onagros, jabalíes, ciervos o aves. Los huesos aparecen machacados y con el tuétano extraído, lo que indica que son restos de comidas e identifica a los comensales como un pueblo de cazadores-recolectores. A pesar de que tal abundancia de restos de presas es señal inequívoca de una presencia humana masiva, hasta ahora no se ha localizado tumba alguna, ni tampoco asentamientos permanentes. Esta circunstancia ha llevado al profesor Schmidt a la convicción de que los pilares representan a deidades prehistóricas y de que Göbekli Tepe fue un lugar de peregrinación espiritual: el primer santuario construido por la Humanidad (…). Costará décadas dar respuesta a todos los interrogantes que el sitio plantea”. El doctor Klaus Schmidt incluso ha llegado a plantear que las extrañas columnas con forma de “T” –muy parecidas a las taulas de Menorca, en las islas Baleares– serían la representación de criaturas míticas, posiblemente lo más cercano que el hombre de ese tiempo tenía como imagen de una divinidad, alrededor de las cuales los chamanes desarrollaban todo su poder. Un poder que en voz de los expertos pudo alcanzar su culmen en días muy especiales, cuando los citados chamanes, apoyándose en la presencia de tótems que decoraban las piedras del templo, conjuraban a los demonios, con la fuerza de la palabra y de las representaciones mágicas. Porque la sensación que se tiene entre las ruinas de Göbekli Tepe es que apenas sí se sabe nada, y lo poco que conocemos nos sumerge en un mundo muy diferente al nuestro, en el que el hombre permanecía temeroso de los demonios del tiempo anterior, y precisamente para defenderse de éstos levantó complejos como el que ahora nos ha ocupado. Y en ellos no sólo representó animales; también cuerpos de humanos decapitados, en un catálogo de horror únicamente superado en un lugar que se halla al otro lado del planeta…

CERRO SECHÍN, EL TEMPLO DE LOS DESCUARTIZADOS
Si hay un nombre ligado a la arqueología sudamericana, y muy especial al de la peruana, ese es el de Julio C. Tello. A él –y a Toribio Mejía Xespe– se deben gran parte de los descubrimientos con los que hoy día nos quedamos admirados. El templo al que nos dirigimos fue uno de sus hallazgos más tardíos, pero qué duda cabe que más sorprendentes. Se empezó a desenterrar en el año 1937, mientras en otros puntos de la geografía peruana Paul Kosok sobrevolaba estupefacto las líneas de Nazca por vez primera, dándolas a conocer al mundo. Pero a ese rincón casi inaccesible de la sierra de Huaraz nadie venía. Las carreteras eran caminos de montaña, y las curvas se veían atiborradas de cruces de madera; las de quienes terminaron con sus huesos despeñados varios cientos de metros más abajo. Aquí, en el departamento de Ancash, en la provincia de Casma, se produjo el sorprendente hallazgo. Sorprendente, porque Cerro Sechín –que debe su nombre al río cercano– no se parece a nada de lo que podamos encontrar en otras regiones del país. Las siete estructuras de barro y piedra que lo conforman ocupan una superficie de cinco hectáreas, tan llenas de misterios, que las respuestas, pese a lo que se ha excavado a lo largo de las décadas, no llegan. Únicamente sabemos, como aseguró el propio Tello, que la cultura que levantó estas piedras podría constituir “la matriz de la civilización andina”, ya que nos obliga a remontarnos en el tiempo, ni más ni menos que 3.600 años atrás. Pues bien, volviendo a ese año de 1937, y concretamente al mes de junio, Julio C. Tello decidió excavar, dentro del recinto, en un pequeño promontorio en el que algunos lugareños aseguraban haber observado extrañas figuras humanas grabadas en las piedras. No mucho después lograron desenterrar un edificio de planta cuadrangular, construido con grandes monolitos en los que aparecían grabados una serie de litos que nada tenían que ver con otros yacimientos anteriores o posteriores. Porque lo que encontraron en el ya bautizado como Templo Cerro Sechín superaba la peor de las pesadillas. En los monolitos más grandes surgían amenazantes una suerte de sacerdotes, guerreros, o quién sabe si ambas cosas al mismo tiempo. Y bajo éstos, un catálogo de vísceras que encogía el corazón. El arqueólogo Lizardo Tavera reflejaba en un interesante trabajo sobre este lugar, que los grabados “representan despojos humanos, brazos, piernas, cabezas, cuerpos seccionados, vértebras y vísceras, como si estuvieran regados por el suelo, recreando un cuadro de hondo dramatismo y horror. En esta procesión no hay figuras de dioses, semidioses o animales místicos, solo hombres”.

¿Qué representan? Sin duda una carnicería que parece estar dirigida por esos personajes que aparecen de perfil, cuya uña pulgar dicho sea de paso aparece curiosamente crecida y afilada. ¿Pero por qué tal cantidad de detalles macabros? Explicaciones, a falta de pruebas que las puedan validar, las hay para todos los gustos. Evidentemente se tiende a pensar que los sacerdotes en realidad son chamanes que se disponían a realizar sacrificios a los dioses en este recinto sagrado. Y al parecer, como ya hemos visto en otros lugares, esos dioses se pirraban por la sangre humana. Tiene lógica.

También se ha planteado que se representaba el estado en el que quedaba el enemigo después de la batalla, para insuflar ánimos a las tropa, y para que, si llegado el caso el enemigo llegaba hasta las puerta de Sechín, tuviese una idea aproximada de lo que le aguardaba. Incluso se ha barajado la posibilidad de que este lugar fuese una especie de escuela de medicina del mundo antiguo, donde, entre otras cosas, se estudiaba anatomía, cuestión ésta que no parece muy probable.

Sea como fuere, lo explícito de lo que se nos muestra deja mal sabor de boca, como una crónica pétrea de lo que aquí sucedió miles de años atrás. Y si los cronistas fueron fieles a lo que vieron, hubo de ser terrible…

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