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Las torturas de la CIA

Martes 22 de Agosto, 2017
Un informe hecho público hace unos meses revela la vulneración de los derechos humanos por agentes de la Agencia Central de Inteligencia. Privación de sueño, música atronadora y otras terribles torturas formaban parte de sus interrogatorios.
Óscar Herradón

Una vez más, la CIA y sus trapos sucios. Y no por ser machacones o porque tengamos una especial fijación para con esta agencia de inteligencia USA, sino porque la actualidad prima y vuelve a colocarla en el punto de mira de los conspiracionistas. Y los que no lo son tanto. El pasado mes hablábamos del ejército clandestino que había financiado en Laos y que abandonó a su suerte tras la retirada de Vietnam. Un episodio silenciado durante décadas.

Este mes la actualidad de la agencia pasa por el controvertido asunto del uso de la tortura, algo que no es nuevo, ni mucho menos, pero que ha cobrado una dimensión aún más siniestra con las nuevas revelaciones.

El mes de julio pasado, el Senado de los EEUU daba a conocer a la opinión pública un informe que ha vuelto a remover las aguas de la política al más alto nivel y a reabrir heridas que empezaban, suavemente, a cicatrizar: hablo de las torturas que llevaron a cabo agentes de la CIA, entre 2002 y 2006, tras el terror desatado por los atentados del 11-S, en plena Administración Bush. Según el diario El Mundo, el informe detalla que “la CIA mintió deliberadamente a la Casa Blanca y al Congreso sobre sus prácticas”. Unas prácticas que, en tiempos de terroristas suicidas y células yihadistas, pueden parecer legítimas a una amplia mayoría, pero que sin duda van contra los derechos humanos y que dicen poco de la democracia que enarbola continuamente el país de las barras y estrellas.

Y es que las prácticas llevadas a cabo por los agentes de inteligencia con los detenidos iban desde privarlos de luz, someterlos a música a volumen atronador, a ser retenidos en celdas sin calefacción con un cubo o balde a modo de váter, entre otras lindezas. Aunque, según recoge el revelador informe, eso no fue lo peor: se llegó, incluso, a alimentar –por llamarlo de alguna manera– a un preso en Guantánamo por vía rectal, por donde le inyectaban los alimentos –en concreto, el informe recoge un “menú” consistente en hummus, pasta con salsa, nueces y pasas–, a la fuerza. Aquello sucedió en la temible prisión de Guantánamo, donde el reo, el paquistaní Majid Khan, llevó a cabo una serie de huelgas de hambre que sacaron de quicio a sus captores y que llamaron la atención de la Agencia de Inteligencia USA.

El 17 de septiembre de 2001, tras el atentado más escalofriante que jamás se llevara a cabo en suelo estadounidense, George W. Bush firmó un Memorándum de Notificación MON–, que, según el citado periódico, otorgaba a la CIA el derecho de detener “a quienes constituyan una amenaza de violencia y muerte a los ciudadanos de los Estados Unidos y los que planeen ataques terroristas”. Aunque el MON no mencionaba para nada los métodos de interrogatorios, se daba prácticamente carta blanca a los servicios de inteligencia para hacer uso de todo tipo de técnicas para evitar atentados. Y es que, durante la era Bush, “La Compañía” –como se conoce extraoficialmente a la agencia–, había alegado que el 50% de sus informes de inteligencia sobre Al Qaeda fueron elaborados a partir de las sesiones de interrogatorio a los presos, lo que relega a un segundo plano la forma en que se obtuvieron dichas confesiones. Lo importante era, como ahora, la seguridad. De hecho, tras el estruendo causado por la publicación del citado informe, el actual director de la CIA, John O. Brennan, expresó que la información conseguida con las torturas fue “crucial” para entender el organigrama de Al Qaeda, recalcando que seguía siendo útil en la actualidad en esfuerzos contra el terrorismo, cuando el testigo de la sanguinaria organización islamista radical ha sido tomado por otra tanto o más fanática, el ISIS. Dicha información fue decisiva, incluso, en la misión para encontrar a Bin Laden en la localidad paquistaní de Abbottabad, donde supuestamente llevaba años recluido, porque también en esto existen teorías conspirativas.

Operación secreta, torturas incluidas, que se mostró de forma detallada en la película La noche más oscura (2012) dirigida por Kathryn Bigelow. A pesar de las voces de aquellos que se posicionan a favor del uso de estas técnicas para obtener información vital, lo cierto es que la efectividad de tan brutales procedimientos ha sido puesta también en entredicho, pues parece que la Oficina del Consejo Legal llegó también a conclusiones equivocadas basadas en información falsa proporcionada por los detenidos en relación al islamismo radical, como sucedió en el caso del afgano Arsala Khan, sobre el que la CIA, tras alrededor de un mes de duros interrogatorios en los que llegó a mantenerle despierto de pie 56 horas seguidas, concluyó que “el detenido no parece estar involucrado en planes actuales contra los Estados Unidos”.

Todavía le quedaban cuatro años de reclusión a mano del ejército de su país, a pesar de su casi segura inocencia. Aunque pueda parecer surreal, estas condenas coinciden con las denuncias expuestas también en julio de 2016 en Estrasburgo por la letrada Amrit Singh, que defiende al ciudadano saudí Abd al-Rahim Al Nashiri, en relación a la hipótesis de que Rumanía recibió millones de dólares de la misma CIA entre 2003 y 2005, según Singh, “con la aquiescencia y la connivencia del Gobierno rumano” –algo que las autoridades rumanas niegan rotundamente–, para albergar prisiones secretas en el país, un momento en el que Rumanía, aliada de los EEUU, buscaba el apoyo de Washington para adherirse a la OTAN, algo que finalmente sucedió en 2004. ¿Casualidad…?

Según la letrada, en las instalaciones de una prisión secreta en Bucarest éste fue encadenado, privado de sueño, ensordecido, sometido a luces cegadoras, golpeado y alimentado “de manera forzada por vía rectal”, exactamente igual que lo recogido por el informe presentado en el Senado USA.

LA MÚSICA DEL DIABLO
Privación de sueño de hasta 70 horas, inyecciones por vía rectal, prácticas humillantes, palizas, amenazas con asesinar a sus familiares, descargas eléctricas en los genitales… Las torturas que se llevaron a cabo en prisiones como la iraquí de Abu Ghraib o la cubana de Guantánamo por personal que seguía órdenes de la CIA, llegó también al campo de la música, que, debidamente utilizada –o retorcidamente– bien servía también para causar daño, algo que ya sabían los esbirros nazis de los campos de concentración y su megafonía diabólica.

Hace años salió a la luz un informe que señalaba que los interrogadores habían hecho uso de la música de grupos como Metallica y su canción “Enter Sandman” o de Queen y su “We are the champions”, entre otros como Eminem o incluso la diva del pop Britney Spears. La última banda sonora usada como método de tortura ha sido la música de Christina Aguilera, según reveló recientemente The New Yorker, donde el periodista Alex Ross cita el caso del saudí Mohammed al-Qahtani, acusado de entrar en territorio estadounidense para participar en atentados terroristas. Es inevitable que a la mente nos venga la escena de Apocalypse Now en la que los helicópteros yankees bombardeaban con napalm y los altavoces atronando con la melodía de La Cabalgata de las Valkirias, de Wagner. Y es que algo parecido harían los norteamericanos durante los bombardeos en Irak, y también se utilizaron altavoces con música heavy metal y rap en 1989, durante la invasión de Panamá y el cerco a la Nunciatura papal vaticana en la que se refugiaba el entonces presidente, Manuel Antonio Noriega. La lista de música usada en interrogatorios es amplia: AC/DC, Alice Cooper, Bee Gees. Suma y sigue. 

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