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Verdaguer: el poeta exorcista

Jueves 02 de Febrero, 2017
El 13 de junio de 1902, tres días después de su muerte, la ciudad de Barcelona rindió un multitudinario homenaje al insigne poeta mossèn Jacinto Verdaguer. La prensa de la época no ahorró elogios póstumos y silenció los años oscuros en que la iglesia había decretado su “suspensión a divinis” por los excesos de sus exorcismos.
Texto: Monserrat Rico Góngora

Cuando mossèn Jacinto Verdaguer se convirtió en capellán de la Compañía Trasatlántica, fundada por Antonio López y López, primer marqués de Comillas, había llegado a oídos de éste su virtud para componer versos que ya formaban parte del poso cultural popular. Fue un gesto de magnanimidad del naviero santanderino ofrecerle aquel cargo que no sólo venía a paliar una situación de extrema pobreza, sino también a darle la oportunidad de conocer mundo para completar su formación y de mejorar, junto al mar, su delicada salud. Pronto se convertiría además en limosnero de la familia Comillas, cargo que desempeñó en el palacio de la Puertaferrisa de Barcelona.

Más de un siglo después de la muerte del poeta, es inevitable hacerse una pregunta: ¿Jacinto Verdaguer fue un santo o un insensato iluminado? Y al intentar responder a ella tropezamos con los dilemas sociales del traqueteado siglo XIX, el mismo que le hizo tomar conciencia de las marcadas diferencias sociales desde alguna posición envidiada y envidiable.

No se puede afirmar que Verdaguer tuviera un sentimiento de clase, aunque había sido arrojado del medio rural de la plana de Vic, donde había nacido en 1845, a la Barcelona que, en aras del progreso, a punto estaba de exhibirse ante el mundo en la Exposición Universal de 1888.

No parece baladí advertir que en dieciocho años de trato el marqués de Comillas no lo había sorprendido ni en una falta venial, porque algún miembro de la Iglesia –la misma que lo suspendió A Divinis con la rúbrica del obispo José Morgades–, se atrevió a relacionar sus alucinaciones diabólicas y la manía persecutoria que padecía con el desafío al sexto mandamiento.

El padre Esplugues lanzó una hipótesis o un órdago escandaloso que, no obstante, debe ser tenido en cuenta ahora que la ciencia psiquiátrica está más cualificada para penetrar en los oscuros recovecos de la mente: “… Si hubiera sido preciso sacar a mossèn Verdaguer, porque se hubiera hecho parroquiano del Paralelo, los espíritus diabólicos muy fácilmente se hubieran esfumado como el humo…”.

Y es que su obligada castidad pudo convertirse en un foco de perturbaciones psiquícas. En todas las calamidades del mundo –accidentes, incendios…– Verdaguer veía la intercesión del diablo.

El furor exorcista de Verdaguer comenzó a finales de la década de los ochenta, después de realizar junto al marqués de Comillas y al científico Jaume Almera un viaje a Tierra Santa, que fue un revulsivo en su conciencia. A su regreso no tardaría en publicar, sin permiso eclesiástico, el libro en que León XIII recomendaba practicar exorcismos en todas las diócesis del mundo católico y que había redactado después de una experiencia sobrenatural y terrorífica. Una mañana, después de celebrar la Misa, el pontífice, al alzar la vista sobre los cielos de Roma, supuestamente había contemplado las legiones de Satanás. Queda constancia también de la epístola que Verdaguer envió a Ricardo Cortés, director del centro penitenciario de la ciudad, incidiendo en la necesidad de practicar exorcismos entre la población reclusa.

Puedes leer el reportaje completo en el nº255 de la revista ENIGMAS

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