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La Virgen de los narcos

Miércoles 25 de Octubre, 2017
“Yo no estoy en contra ni a favor del narcotráfico, pero admiro a los narcotraficantes, y te voy a decir por qué. Porque tienen mucha inteligencia… y son los que mueven todo el país”. Es la respuesta que ofrece Israel Camacho, más conocido como “el pantera”, representante de un templo a la santa muerte recién inaugurado en Oaxaca (México), cuando se le pregunta acerca de las vinculaciones de algunos “capos” del narcotráfico con un culto que, en plena expansión, ya ha comenzado a desplazar el catolicismo a un segundo plano.
Antonio Luis Moyano

Se la conoce también como la Santa Niña, la Niña Bonita, la Flaca, la Comadre o la Hermana Blanca. Sus imágenes ya han comenzado a “colarse” tímidamente en los tenderetes que rodean la Basílica de Guadalupe. Con una diferencia: las de ésta se cotizan a más pesos que las de la Virgen que se apareció a Juan Diego. Mientras, en el Mercado de Sonora, las figuritas de la Santa Muerte ya son legión y campan a sus anchas donde antes se vendía el San Judas, patrón que concede favores imposibles, y es casi inexistente la iconografía guadalupana.

MÉXICO: CUNA PARA LA SANTA MUERTE
Del auge que ha experimentado el culto a la Santa Muerte da idea el antropólogo Claudio Lomnitz quien, en su ensayo Idea de la muerte en México (2006), considera este icono como el tercer tótem o “símbolo nacional” en la historia de la formación del estado mexicano, solamente después de la Virgen de Guadalupe y Benito Juárez (1806-1872), su primer presidente indígena.

En aquellas zonas del México profundo donde la vida apenas alcanza el saldo de un puñado de pesos y donde nunca son suficientes los santos a los que encomendarse, la costumbre de invocar a la Santa Muerte se habría mantenido heredada de padres a hijos.

Se trata de una tradición que sólo puede insertarse en una cultura como la mexicana, tan acostumbrada a que la siniestra imagen de la muerte, popularizada a través de los grabados de artistas como Guadalupe Posada (1852-1913) o muralistas como Diego Rivera (1886-1957), deje de infundir temor. Sobre el origen de este culto, que actualmente se encuentra en plena expansión más allá de las fronteras de México –por más que algún megalómano metido a presidente de los Estados Unidos quiera cimentar un muro–, se han especulado varias teorías. Desde una perspectiva arqueológica, hay quien lo traslada hasta los ritos prehispánicos que rendían tributo a la divinidad azteca de Mictlantecuhtli, señor de Mictlan o reino de los muertos, y que se representa precisamente como una calavera de cabello encrespado y temibles garras. Para aplacar la ira de su instinto destructor, los antiguos mexicas le tributaban las pieles de hombres desollados que se convertían así en el abrigo con el que Mictlantecuhtli cubría el pudor de sus descarnados huesos. A su vez, el dios azteca de la muerte hereda el testigo legado por Ah Puch en la mitología maya. Estos cultos prehispánicos habrían perdurado durante la colonización y hasta nuestros días manteniéndose en la más estricta clandestinidad después de que hubieran sido prohibidos por la Inquisición.

Otros estudiosos sitúan su antecedente más inmediato en la imagen de San Pascualito Rey, un fraile franciscano español del siglo XVI representado como un esqueleto con sayal y que era venerado en la zona fronteriza entre la región de Chiapas y Guatemala por su virtud de alejar la enfermedad de la peste. Fue a mediados del XVII cuando, según la leyenda, a un indígena guatemalteco que estaba recibiendo la extremaunción se le apareció la figura cadavérica ataviada con túnicas de colores prometiéndole alejar dicha epidemia de la comunidad si se le rendía culto.

Un culto que, lógicamente, fue severamente perseguido por la Inquisición mientras sus imágenes eran quemadas por considerarlas objeto de idolatría. De curar enfermedades, como muchas no tenían remedio por más que los indígenas le invocasen, San Pascualito pasó a convertirse en una especie de psicopompo que, en las tradiciones mitológicas, se encarga de reconfortar a las almas para que alcancen una Buena Muerte.

Puedes saber más del culto a la Santa Muerte en el número 264 de la revista ENIGMAS

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