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Visiones demoníacas en la Edad Media

Miércoles 17 de Mayo, 2017
En los antiguos tratados de demonología y en las actas inquisitoriales nos encontramos con casos de apariciones de demonios y de posesiones. ¿Realmente son visiones que hemos de tomar literalmente? ¿O son más bien escenas arquetípicas y proyecciones de nuestra mente? Repasemos algunas de esas crónicas medievales…
Moisés Garrido Vázquez

El mal es una fuerza poderosísima que, a lo largo de la historia, ha sido atribuida a la acción de espíritus malignos que acechan al hombre para destruir su moral y conducirlo hacia el camino de la perdición. Eso sí, siempre se ha dicho –en nuestro contexto judeocristiano– que es Dios quien mediante la tentación del mal pone a prueba al ser humano. En ese caso, el demonio –palabra derivada del griego daimon– no dejaría de ser un instrumento usado por el Creador para llevar a cabo sus inescrutables designios. Leemos en el Catecismo de la Iglesia católica: “Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio”. Y una gran contradicción, añadiría yo, pues ¿cómo se puede concebir que el Dios todopoderoso y bondadoso incluyera en su creación a un enemigo tan destructivo que se rebela contra el Padre y ejerce la iniquidad contra los hombres?

Dejando a un lado este irresoluble dilema teológico, lo cierto es que, desde los inicios del Cristianismo, monjes, eremitas y hasta obispos no tardaron en sufrir las tentaciones del maligno, a veces en forma de bellas y seductoras mujeres desnudas –Lilith, demonio de origen sumerio y el más antiguo de los súcubos, también seducía con sus encantos a los hombres–. Fue el caso de san Hipólito, Clemente de Alejandría y del abad Equitio, por citar algunos ejemplos. Como siempre, el sexo es una de las armas más utilizadas por Satán –cuya primera mención aparece en Job I, 6– y sus secuaces para tentar al hombre, sobre todo a quienes hacen votos de castidad y renuncian a los placeres de la carne, mortificando sus cuerpos con castigos autoinfligidos para purgar sus pecados –es evidente que los diablos son símbolos que personifican los elementos no sublimados de nuestra vida instintiva–. Sea como fuere, la Edad Media se convirtió en la era dorada de la brujería, los aquelarres –del euskera aker, cabrón, y larre, prado: “prado del macho cabrío”– y los pactos con el diablo. Las brujas invocaban a las huestes infernales para conseguir sus favores y, de paso, tener comercio carnal.

En diversas regiones españolas, francesas e italianas, se celebraron numerosos aquelarres en la Edad Media. Pierre de Rostegny, señor de Lancre y juez investigador sobre causas de brujería, recoge en su obra Tableau de l’inconstance des mauvais anges et des démons, el sumario de los procesos que él mismo presidió. En sólo cuatro años, llevó a la hoguera a 600 mujeres acusadas de practicar la brujería y establecer contacto con el diablo. “El aquelarre se asemeja a una feria de mercaderes, en la que todos se entremezclan enfurecidos y medio enloquecidos, formando una muchedumbre de hasta cien mil devotos de Satanás que llegan de todos los rincones”, aseveró. No sabemos quién era más diabólico en su crueldad, si el propio diablo o los inquisidores que torturaron y asesinaron a tantísimas personas –la caza de brujas se convirtió en una locura colectiva y cualquier extraño lunar, cicatriz o anormalidad en el cuerpo del acusado era signo inequívoco de su trato con Satán, el sigillum diaboli–, muchas de ellas inocentes de las acusaciones de brujería. No obstante, encontramos pormenorizados relatos sobre visiones diabólicas e infernales. La descripción de los demonios que leemos en algunos tratados de demonología, como De Daemonialitate, et incubus et succubus, de Ludovico Maria Sinistrari, sorprende sobremanera. En esa época de oscurantismo y superstición, las bulas contra la brujería se sucedieron para luchar contra aquellos que pactaban con el diablo y se dejaban seducir por sus maquiavélicas artes sombrías.

En Super illius specula, elaborada por el papa Juan XXII en 1326, leemos: “Hemos sabido con profunda pena, que muchas personas, que son cristianas sólo de nombre, han pecado. Se relacionan con la muerte y establecen alianzas con el infierno ya que ofrecen sacrificios a sus demonios. Les adoran, hacen imágenes de ellos, anillos, espejos, frascos, o cualquier otro objeto donde encierran a los demonios por arte de magia; les interrogan, obtienen respuestas, piden ayuda para satisfacer sus deseos perversos, se declaran esclavos fétidos en los fines más repugnantes. ¡Oh, dolor! Es un mundo de hechos realmente insólitos que poco a poco va contagiando a los rebaños de Cristo…”.

Tengamos presente que las visiones de seres divinos e infernales han existido siempre, desde las culturas más arcaicas. “El perpetuo drama del mal, de los sufrimientos y de la muerte se reflejan en mitemas demoníacos en todas las culturas”, sostiene Alfonso M. di Nola en su documentada obra Historia del diablo (1987). No hay religión en la que no hayan surgido historias sobre apariciones y revelaciones sobrenaturales. Lo numinoso forma parte intrínseca del acervo religioso y, por ende, de la naturaleza humana. El Cristianismo es rico en este tipo de experiencias visionarias.

Místicos y endemoniados hablan de encuentros con diablos e incluso confiesan haber viajado en espíritu a las puertas del infierno. Muchos textos medievales de carácter teológico y demonológico narran tales contactos con el lado oscuro.

LOS MIL ROSTROS DEL DIABLO
“Vi al pie de mi cama un pequeño monstruo de forma humana. Tenía el cuello delgado, la cara seca, los ojos muy negros, la frente estrecha y arrugada, la nariz chata, una boca enorme, los labios hinchados, el mentón corto y afilado, una barba de macho cabrío, las orejas rectas y puntiagudas, los cabellos tiesos y en desorden, unos dientes de perro, el occipucio puntiagudo, corcovado de pecho y espalda, los vestidos sórdidos; el monstruo se agitaba furiosamente”.

Así describe el monje Raoul Glaber en su libro Histoires, escrito a finales del siglo X, su visión de un demonio. Relatos de este tipo no son nada infrecuentes. Hoy, los casos de apariciones al borde de la cama, sean de rasgos angelicales o diabólicos, son interpretados desde la psicología como alucinaciones hipnagógicas durante la fase crepuscular. “La ciencia actual, sobre todo la psicológica, trata de buscar una causa explicable para todo fenómeno. Y, en este sentido, se deduce que la aparición de Satán y de sus demonios a los anacoretas podría ser una especie de alucinación, producida por ciertos estados orgánicos de agotamiento físico o por un excesivo celo religioso y una represión a ultranza”, afirma Frederik Koning, especialista en demonología.

Quizá sea así, o quizá no… ¿quién sabe? Hay visiones muy complejas, bastante vívidas, que vienen acompañadas de fenomenología paranormal. Pero, al margen de posibles explicaciones racionales, lo cierto es que las descripciones son tan detalladas, contienen tantos elementos arquetípicos y generan una intensidad emocional tan considerable que, tengan el origen que tengan, el perceptor vive dichas visiones como si fuesen reales. El terror que les produce es absoluto. “Los ojos del Diablo son como la estrella matutina. Del hueco de su boca salen lámparas encendidas y hogares de fuego. El humo de un horno inflamado por las brasas de fuego llamea en las ventanas de su nariz. Su aliento es de carbón y de su boca salen llamas”, narra el obispo Atanasio en su obra Vida de Antonio, de enorme difusión gracias a una traducción al latín en el año 388. Este libro, que gozó de una gran influencia durante la Edad Media, relata visiones y ataques diabólicos sufridos por el célebre ermitaño san Antonio. El diablo se le manifestaba, en ocasiones, con el aspecto de una mujer lasciva. Aunque había veces que le atacaba una jauría de demonios zoomorfos –serpientes, lobos, leones, toros…–: Otros eremitas como Macario y Evagrio Póntico también fueron asaltados por pequeños y pérfidos diablos que habitan en el aire. San Cesario, prior del monasterio de Heisterbach, fallecido en 1240, aseguraba que “el diablo puede aparecer en forma de caballo, gato, perro, buey, simio y oso, pero también puede adoptar los rasgos de un hombre bien vestido, de un soldado elegante, de un campesino vigoroso o de una hermosa muchacha”.

Aunque en los primeros siglos del Cristianismo, Satán –el príncipe de este mundo que mantendrá su dominio hasta el retorno de Cristo al final de los tiempos– es representado generalmente como lo que es, un ángel expulsado del cielo –según ciertas versiones medievales, los ángeles caídos alcanzaron la cifra de 133.306.668 y estaban divididos en jerarquías–, no es hasta el siglo X, coincidiendo con ciertos conflictos sociales, brotes de fanatismo religioso, expectativas escatológicas y temores milenaristas que recorrieron toda Europa, cuando ya se fueron configurando sus rasgos más horripilantes, adoptando la apariencia de una figura monstruosa, híbrida entre humano deforme y animal, con mirada amenazante, colmillos afilados, cuernos y demás atributos repulsivos. Un ser con especial fijación hacia la lujuria. Ya decía Freud que el diablo personifica pulsiones inconscientes y remueve los componentes sexuales.

Como a veces el demonio solía manifestarse a modo de figura humana, había que buscar ciertos rasgos para identificarlo. El jesuita belga Martin Antoine del Río, en su obra Disquisitionum Magicarum (1599), nos los detallaba: “El hombre debe ser negro, viejo rijoso y mal oliente. Ha de ser gigantesco, y si tiene alguna malformación, mucho mejor. También puede ser muy moreno y barbudo, con la nariz deforme, o al menos muy aguileña. La boca ha de estar abierta y muy rasgada. Los ojos han de ser brillantes y muy hundidos, manos y pies ganchudos como los de los animales, brazos y muslos delgados y peludos, piernas de asno o de cabra, pies como pezuñas y estatura o demasiado alta o demasiado pequeña, y contrahecho”.

Lee el artículo completo en el nº243 de la revista ENIGMAS

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