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¿Dónde está el infierno?

Viernes 04 de Noviembre, 2016

¿Dónde está el infierno? O las puertas, porque dependiendo de las fuentes que consultemos, estaríamos hablando de varias. Dejando a un lado las religiones, que de una forma u otra nos “obligan” a creer en la existencia del lado oscuro, y, por consiguiente, de un lugar del que éste procede, llama la atención observar cómo a lo largo de los milenios, el hombre, da igual su lugar de procedencia o su credo, ha revestido determinados lugares del planeta de esa de oscuridad, que, llegado el momento y aunque no conozcamos su historia, parece que se palpa. Yo, que hace años que creo más en las bondades humanas que en las de esos dioses que cada dos por tres nos meten en guerras o disfrutan viendo cómo derramamos litros de sangre, prefiero quedarme con la parte más poética de este asunto, historias rayanas con la leyenda absolutamente deliciosas.

Años atrás, hablando con mi querido amigo el escritor Juan Ignacio Cuesta, supe por qué se ha dicho –y se dice– que el monasterio de San Lorenzo, en El Escorial, tapa una de las bocas del infierno. Cuentan las crónicas, esas que se suelen narrar con un buen fuego encendido y la oscuridad rodeando a los “escuchantes”, que una tarde el monarca más poderoso de todos los tiempos, Felipe II, cabalgaba por los bosques de la Herrería, acompañado de varios soldados.

El rey disfrutaba del olor a humedad que desprendía la tierra a cada paso que daban las caballerías. Buscaba el lugar donde ubicar su gran monasterio, la obra culmen en la que cuando el cuerpo perdiese los bríos de juventud, se encerraría para evitar el acoso del mal. Fue entonces cuando vio, entre las nieblas que descendían de la montaña, que el viento arrastraba chispas, pequeñas motas de luz que parecían salir del interior de la piedra. Detuvo el caballo; todos frenaron en seco. El monarca observó durante unos segundos, entre extasiado y aturdido, la insólita nube de fuego, que cada vez se hacía más intensa. “¿Qué es eso?”, preguntó sin girar la cabeza a la soldadesca. Su capitán se encogió de hombros, pero, sabiendo de la ira del rey, se apresuró a decir:

“Señor, cuentan que en este lugar se encuentra la boca del infierno”.

Felipe II agachó la cabeza, y tras esbozar una leve sonrisa, con voz firme, habló: “Pues si tal cosa es, tapémosla”. Así dio comienzo la construcción del gran monasterio. Y algo de eso hubo de haber cuando durante la edificación del mismo, esas mismas crónicas aseguran que el demonio, en forma de gran perro negro, se anduvo paseando por los andamios, provocando el terror en los testigos. Ésta es una muestra, quizá la más romántica, del asunto que abordamos en portada. Porque hay otros lugares que despiertan miedos y pesadillas a partes iguales. Son los infiernos terrenales, y éstas son sus localizaciones…

Lorenzo Fernández Bueno
Director de Enigmas

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