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Laberinto de secretos

Lunes 25 de Julio, 2016

Contemplar desde la lejanía el Cuzco es como estar ante la estampa de una bella ciudad extremeña, rodeada por alturas que superan los 5.000 m. A medio camino entre el cielo de las cumbres y el infierno de la ascensión, se ubica Sacsahuamán, a 3.800 m, la fortaleza que dicen que fue templo, y viceversa. De lo que hubo de ser apenas sí queda lo que vemos, una hilera de piedras descomunales que se retuercen como una culebra que serpentea por estas sierras.

Hasta 1934, si bien los conquistadores ya habían hecho por desmantelarla piedra a piedra, fueron los propios peruanos los que invitaron al expolio, retribuyendo a quienes llenaron camiones enteros con los pedruscos de Sacsahuamán con cinco soles por contenedor, lo que a su vez sirvió para que hoy únicamente se hayan salvado los muros inferiores de las plataformas que conformaban el recinto defensivo, con más de 300 m de longitud. Aún así, su grandeza provoca un extraño vértigo, casi comparable a las lagunas que existen cuando nos remontamos hasta el momento en que fue planificada. Los cronistas advierten que la obra la ordenó construir el inca Pachacutec; la conclusión se atribuye al inca Yupanqui. Según las fuentes consultadas, pudieron trabajar alrededor de 200.000 hombres por un periodo de 50 años, gente muy fornida, porque si algo queda claro en este lugar es que Sacsahuamán no está hecha a escala humana. Y es entonces cuando surgen las preguntas: ¿Cómo lograron arrancar a la cantera de Pinipampa, desplazar, colocar y pulir piedras de más de nueve metros de alto, por cinco de ancho y cuatro de grosor, con un peso estimado de casi 400 toneladas, fusionando más que uniendo unas con otras con perfección extrema? ¿Qué hubo antes, en época preinca? ¿Es cierto que bajo la fortaleza hay una auténtica trampa en forma de laberínticas galerías?

Bajo la gran fortaleza, a casi 4.000 metros, se extiende una red de laberínticas galerías, donde fue ocultado siglos atrás el tesoro maldito del inca

Así parece ser. Los nativos lo denominan Chinkana grande –laberinto grande– y, según cuentan, une el antiguo templo del Qoricancha, en Cuzco, con la propia Sacsahuamán. Yendo más allá, hay quien asegura que en su interior se han sufrido todo tipo de calamidades; muchos han desaparecido para no regresar jamás, atraídos por la leyenda del tesoro maldito, ese mismo que el último inca habría escondido y puesto a salvo de la codicia de los conquistadores. Llegados a este punto, son tantos los elementos que nos invitan a inclinarnos hacia la leyenda, como los que nos hablan de certezas. Por eso esta historia es única; por eso hemos recurrido a una de las personas que más sabe sobre este asunto. Para atender de primera mano a una leyenda que pudo serlo, o a una certeza que sin duda fue. En suma, uno de los relatos más fascinantes del pasado… 

Lorenzo Fernández Bueno
Director de Enigmas
 

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