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No hay final

Viernes 28 de Noviembre, 2014

Hay un proverbio, quizás excesivamente pesimista, que nos aconseja que durmamos “con el pensamiento de la muerte” y que nos levantemos “con el pensamiento de que la vida es corta”. Pues bien, hace meses que hay quien se plantea que en un futuro no muy lejano este proverbio no tendrá demasiado sentido, ya que estamos asistiendo, casi sin ser conscientes de ello, al tiempo en el que la ingeniería genética está alcanzando cotas insospechadas. Esa es la rama oficial, la de la investigación que nos hace avanzar como especie y que permite que la media de vida del ser humano se aproxime a edades hasta hace pocas décadas impensables.
Sin embargo, hay quien pretende ir más allá.
Hace unos meses los medios de comunicación de medio mundo se hicieron eco de la propuesta que planteaba el empresario y genetista ruso Dmitry Istkov. Con el sonoro título de “Proyecto Avatar”, se presentaba un informe dividido en cuatro fases, en el que se anunciaba que para 2045 tendremos la capacidad tecnológica para transferir la personalidad a un cerebro cibernético; o lo que es lo mismo: nuestra mente permanecerá eternamente “encerrada” entre microchips y algún que otro tornillo. El cuerpo será perecedero, porque de lo que nadie tiene dudas es de que el ser humano tiene dos certezas en esta vida: que nacemos, y que ­tenemos fecha de caducidad. Pero el alma, nuestra conciencia, podría llegar a ser eterna. Y es precisamente a esa última certeza a la que se está intentando poner remedio, con todo lo que se derivaría –de lograrse– a nivel social, religioso, etc.
De momento parece ficción, del mismo modo que, por ejemplo, hace apenas 40 años lo era el trasplante de corazón, hasta que el doctor Christian Neethling Barnard decidió demostrar el 3 de ­diciembre de 1967 que no, realizando el primero de la historia. Ahora dicha cuestión está más que asumida, por eso, aunque parezca increíble, la ciencia ya no afirma taxativamente que nada sea factible, aunque hablemos de algo tan extraordinario como sobrevivir a nuestra propia muerte.

Con el sonoro título de “Proyecto Avatar”, se presentaba un informe dividido en cuatro fases, en el que se anunciaba que para 2045 tendremos la capacidad tecnológica para transferir la personalidad a un cerebro cibernético; o lo que es lo mismo: nuestra mente permanecerá eternamente “encerrada” entre microchips y algún que otro tornillo.


Así lo expresó el propio Istkov en junio de 2013, durante el simposio internacional “Futuro Global 2045” que se celebró en Nueva York. En este importante evento se dieron cita neurólogos, médicos, ingenieros y biotecnólogos. Y allí se oyeron opiniones y se plantea­ron investigaciones; y lo que meses atrás parecía cosa de friquis, quedó de manifiesto que depertaba un enorme interés. Y con todos los datos que allí se ofrecieron, el doctor Theodore ­Berger, ingeniero biomédico, neurocientífico, y eminencia de la Universidad del Sur de California, aseguró que “debemos tener una estrategia para saber qué partes del cerebro se pueden reemplazar y cuáles son las que se dañan más a menudo”. Sería un primer paso para ­prolongar la vida. Pero no el último, porque como reflejó el propio Istkov, “la aplicación de tecnologías de órganos artificiales cibernéticos y sistemas, podría suponer el trasvase de la mente individual del ser humano a un sustrato no biológico”. Ese es el objetivo final. Esa es la línea a seguir para lograr la ansiada inmortalidad, que lejos de las legendarias fuentes de la eterna juventud, podría encontrarse en un laboratorio nanotecnológico. El tiempo, que es precisamente el que determina nuestra duración, dirá…

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