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En el punto de mira…

Domingo 22 de Diciembre, 2013
Eso es al menos lo que se advierte de la recientes palabras que el procurador adjunto de la región de Calabria, Nicola Gratteri, ofreció al diario romano Il Fatto Quotidiano. Textualmente aseguró que “Bergoglio está desmontando los centros del poder económico del Vaticano, lo que está poniendo a mucha gente nerviosa. Por eso, el jefe podría tratar de eliminarlo sin dudarlo”. A lo que añadió que “no sé si el crimen organizado está en condiciones de hacer algo, pero ciertamente se está barajando. Puede ser peligroso”.

Y es que no es la primera vez que un Papa se sienta en el sillón de San Pedro, lanzando a los cuatro vientos un discurso que se escapa de lo políticamente correcto, dejando la ventana trasera abierta para que la peste de la corrupción salga cuanto antes, y con ella aquéllos que se sirven de su condición espiritual para aumentar sus rentas terrenales. No, no es el primero; en realidad es el segundo, al menos en el último medio siglo. El anterior, con palabras de renovación, con carisma de pescador, con talante de iglesia pobre, fue un tal Albino Lucciani, que para desgracia del común de los católicos, y regocijo de ciertas clases pudientes que vivían rodeadas de esa misma pestilencia, se fue a mirar directamente a los ojos de Dios apenas treinta días después de haber accedido al cargo de Sumo Pontífice con el nomine vis vocari de Juan Pablo I. La historia ya la conocen; hay quien dice que se pasaron calentando la sopa…

Ahora, el Papa, Francisco para amigos y enemigos, se ha lanzado a una cruzada que está tambaleando los cimientos de esta vieja institución; pero los cimientos más férreos, que nada tienen que ver con las creencias y sí mucho con las riquezas. Que en apenas ocho meses ya haya “eliminado” al número dos –con Ratzinger hubo quien dijo que era el verdadero número uno–, el siniestro cardenal Tarcisio Bertone, de quien se aseguraba que ayudó a que Benedicto XVI tomara la decisión de marcharse; que haya soltado lindezas como que quién es él “para juzgar a los gays”; que haya creado una comisión externa y formada por laicos para parar de una vez la lavadora de dinero que se dice había en el seno del IOR –el poderoso Instituto para las Obras de Religión–, el banco Vaticano que tantos y tan suculentos titulares, muertes y tramas ha facilitado en las últimas décadas, donde incluso se decía que la primera cuenta pertenecía al jefe de la cosa nostra; su manifiesta humildad, al punto de que por Roma circula la ¿leyenda urbana? de que, como hiciera en su querido Buenos Aires, escapa de madrugada vestido de sacerdote para ayudar a los mendigos que encuentra en su camino… Esto y mucho más ha hecho de Francisco, el Papa de Roma, un hombre molesto, al que los expertos vaticanólogos ven como una diana sobre la que muchos están vertiendo todos sus odios. Porque las palabras del pontífice respecto a esa mano suave que durante tanto tiempo ha hecho que mafia e Iglesia hayan caminado juntos son muy claras; respecto a este tipo de “cristiano de doble vida que dice ‘;¡Yo soy un benefactor de la Iglesia! Meto la mano en mi bolsillo y hago donativos a la Iglesia’. Pero con la otra mano roba al Estado o a los pobres… ¡roba! Es un injusto, y eso es doble vida. Y merece –lo dice Jesús, no lo digo yo– que le aten al cuello una rueda de molino y lo echen al mar. Jesús no habla de perdón aquí”. Palabra de Dios…

Lorenzo Fernández Bueno

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