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Stargates

Lunes 25 de Abril, 2016
Puertas a las estrellas

Cuenta la tradición andina que en el tiempo de los primeros hombres, en el Titicaca se consagraron varios lugares a las divinidades, para que llegado el momento los ­protegieran y los llevasen con ellos para así ponerlos a salvo de eventuales peligros. Tiempo después, ya en años de conquista, un sacerdote inca llamado Aramu Muru labró durante siete días y siete noches una puerta en una montaña sacralizada cercana a la localidad de Juli. La imponente entrada medía siete metros de alto por siete de ancho. No es extraño el uso del siete, ya que para los pueblos del altiplano éste era número igualmente sagrado; no en vano, siete eran las pirámides principales, siete sus estrellas más importantes, y siete los puntos cardinales de la rosa de los vientos. Pero regresando al viejo chamán inca, el hombre se afanaba con denuedo en terminar la puerta; porque esa puerta le habría de llevar a la dimensión en la que según sus creencias habitaban –y dicen que todavía habitan– sus divinidades; y porque de no terminar en el plazo marcado sus cualidades mágicas se perderían para siempre.

Son muchas las puertas que, a decir de la tradición, nos conducen a otras dimensiones, y donde permanecerían ocultos algunos secretos del pasado

Además, Muru huía de los conquistadores, y con él pretendía poner a salvo el disco de oro del templo del Coricancha, la casa del Inti, el dios supremo, el edificio que había sobrecogido a propios y extraños antes del saqueo de los españoles dada la enorme cantidad de oro que recubría sus paredes. Porque el disco de dorado metal era la pieza más importante del lugar sagrado; una reliquia capaz de conectar al hombre con sus dioses… Y cuenta esa misma tradición que lo logró, que atravesó la montaña. Por eso hoy es fácil sobrecogerse ante la presencia de la puerta Aramu Muru, que alberga una pequeña entrada por la que sólo cabe un hombre y que en apariencia no conduce a ninguna parte; queda cegada a los pocos centímetros.

Los cronistas españoles, influidos por las férreas imposiciones de la Iglesia, decidieron satanizar el lugar. Su talante amable mutó en otro más desagradable, y desde el siglo XVI se la rebautizó como “puerta del diablo”. Pero la vieja tradición, que además de sabia sabe cómo protegerse de los ataques para sobrevivir, siguió practicando sus ritos y manteniendo sus costumbres hasta el día de hoy. Porque es hoy cuando alrededor de la puerta sagrada se reúnen hippies trasnochados, esoteristas con ganas de nuevas emociones, y andinos que saben de la importancia de esta puerta a otras dimensiones. Allí donde el sacerdote inca llevó el disco solar y que, dicho sea de paso, pese a las incesantes búsquedas, jamás ha sido encontrado. Quizás porque se ha buscado en el lugar equivocado… Quizás porque no hemos encontrado la llave que abre ésta y otras puertas que se reparten por el planeta…

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