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Strigoiu…

Miércoles 20 de Noviembre, 2013
El tiempo no pasa para determinadas historias. No al menos para historias como las que les ofrecemos en este número. Yo, no negaré jamás, soy un apasionado del género, al punto de que acaba de ver la luz mi primera novela –El vampiro de Silesia, Ediciones Minotauro–, que como no podía ser de otra forma versa sobre estos asuntos. No en vano, desde que tengo recuerdos –y de eso ya hace unos cuantos años–, la estilizada figura del vampiro se ha paseado por mi imaginación a su antojo, regalándome noches de auténtico placer, de ese que sólo la lectura de un buen libro puede proporcionar, llevándome en volandas a otro tiempo, tan consistente como la revista que tiene entre sus manos, y tan misterioso como muchos de los contenidos que ofrecemos mes a mes. Porque el vampiro es elegante, propio de una época más romántica y posiblemente más salvaje; esa en la que la superstición era ley, y había que protegerse de estos demonios nocturnos que provocaban el terror y devastadoras epidemias en algunas regiones del evocador y boscoso este de Europa.
Fue de países como Hungría, Moldavia, Polonia, Rumanía…, o más bien de sus tradiciones, de donde bebieron los grandes autores del género, porque para revestir de realidad a un personaje había que acudir allí donde se creía que eran reales. Por ese motivo es por el que los vampiros vuelven a la actualidad; porque se están volviendo a abrir las tumbas, pero ahora no se iluminan con las llamas de las antorchas, ni se profanan con el ánimo de encontrar al depredador que convertía las noches de sueño en madrugadas de pesadilla. El motivo es de interés puramente científico, ya que bien sea por la información recabada, bien por pura casualidad, están apareciendo restos que indican que quienes allí los enterraron lo hicieron porque estaban convencidos de que acababan con la existencia y daban sepultura a un vampiro. Esto es historia, arqueología, ciencia… no superstición, y demuestra que no hace mucho hubo quien creyó que dichas criaturas eran reales, malignas, y había que acabar con ellas tal y como indicaba la tradición: a estacazo limpio, cercenando el cuello, y cuando fuese menester introduciendo un ladrillo entre sus fauces. Los hallazgos son sorprendentes, hablan de ese tiempo y descubren datos hasta ahora insospechados. Y no son pocos los que encuentran argumentos para defender que bajo toneladas de tierra, y a la vista de ciertos vestigios, quien sabe si lo que se enterró fue un ser, cómo decirlo, diferente…
Un ser como aquel que atormentó las últimas madrugadas de vida del hombre que hizo que el mito vampírico alcanzase el olimpo de las leyendas más fascinantes. Porque Bram Stoker, “el bondadoso barbarroja”, un gigantón irlandés cuyos textos habrían pasado sin pena ni gloria en un siglo XIX cargado de ambientes góticos y de extraordinarios escritores de no haber escrito Drácula, el no muerto, acabó sus días encogido como un recién nacido en un rincón de su habitación, con los ojos desencajados, señalando al vacío y pronunciando una palabra que todavía eriza el vello en algunas regiones del Viejo Continente, esa misma que como una maldición sigue definiendo a estas demoniacas criaturas: “Strigoiu…”. Así pues, como susurraba a las puertas de su castillo el conde transilvano al recién llegado abogado londinense Jonathan Harker, “entren libremente y dejen parte de la felicidad que traen”. No se arrepentirán…

Por Lorenzo Fernández Bueno
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