Se encuentra usted aquí

Tumbas eternas

Jueves 25 de Agosto, 2016

Hemos aprendido a desarrollar un miedo atroz cuando hablamos de la muerte; a agarrarnos a un trozo de madera cada vez que se cita a la dama de la guadaña, y con ella a la última morada; nos espanta pensar en ello. Porque la muerte es un paso inexorable que a todos nos ha de llegar –que sea lo más tarde posible–, y pensar que más allá de esta hermosa cosa que es la vida poco más hay, nos genera un vértigo extraordinario. Por eso nos asimos con fuerza a la existencia, intentando con ello evocar un sentimiento de eternidad, de falsa continuidad, de “si no pienso en ello no existirá”.

Si nuestras creencias religiosas son firmes, la cosa, aunque poco, cambia. Porque somos seres imperfectos y por tanto criaturas que dudan, y por muy firmes que sean esas creencias y lo que nos dicen que hay después, llegado el momento esa duda se manifiesta. Y da igual que se sea rico o pobre, letrado o analfabeto, amarillo, rojo, negro o blanco… porque a todos nos afecta por igual.

Ahora bien, en la forma de plantear ese tránsito es precisamente en donde cambian las formas –valga la redundancia–. El miedo a la muerte es real, existe, y lo compartieron grandes personajes de la historia como Cleopatra, Qin Shi Huang o el gran Alejandro Magno. Y ellos, que para eso eran los más grandes de su tiempo, decidieron que su mausoleo, el sitio de eterno reposo, debía ser una especie de representación de lo que dejaban en este mundo, en el material, y de lo que encontrarían en el espiritual, es decir, en el otro. Este es el motivo por el cual sus sepulcros son buscados desde hace siglos, sin que todavía nadie los haya encontrado. Porque de hallarlos es posible que nos enfrentemos a los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia de la humanidad. Sólo hay que pensar en quién fue Tutankamón, un faraón menor que pasó sin pena ni gloria por el trono del país del Nilo, y recordar lo que se encontró en el interior de su pequeña tumba, para hacernos a la idea de cómo puede ser el ajuar funerario del fundador de China, del gran Ramsés o del gigantesco Alejandro. Baste decir que la tumba de Qin Shi Huang –el de los célebres soldados de terracota–, estando perfectamente localizada, no ha sido excavada porque ello obligaría a desplazar doce poblaciones y tres grandes fábricas. Con estos datos nos podemos hacer a la idea de la superficie subterránea que puede abarcar.

Nosotros, sin haberlas descubierto, sí sabemos que están, por eso este mes viajamos a las tumbas perdidas más importantes de todos los tiempos. Un buen reflejo de que la eternidad, sin necesidad de más allá, es posible… 

Lorenzo Fernández Bueno
Director de ENIGMAS

Otros artículos de:

Comentarios

El miedo a la muerte lo produce la ignorancia de la verdad de la vida, verdad que la ignorancia ha ocultado para poder vivir a expensas de quienes se dejan engañar por la ignorancia.

Añadir nuevo comentario