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España mágica: Burgos, la catedral del legendario Mío Cid

Jueves 07 de Diciembre, 2017
La Catedral de Burgos está marcadas por olvidadas historias y guarda el espíritu peregrino medieval, la magia de los gremios, reliquias prodigiosas e imágenes milagrosas. Por Francisco Contreras

El primer misterio que ofrece Burgos es su propio nombre, ya que, a diferencia de otras poblaciones jacobeas, el de Burgos no proviene del término “burgo” –relacionado con el asentamiento de peregrinos francos durante la vertebración del medieval Camino de Santiago–, sino de la pluralización de “burg”, del griego pyrgos, que significa “torre” o “fortificación”.

Aunque se han encontrado restos prehistóricos, la urbe nace gracias al conde Diego Rodríguez Porcelos en el año 884, y sus orígenes se hallan como bastión defensivo en torno al castillo, en lo alto del monte, hoy Parque del Castillo. Burgos es una ciudad que ha jugado un papel trascendental en la historia de España. Es una urbe marcada por la magia y enigma del Medievo, ubicada en el Camino de Santiago, y en la que peregrinos y mercaderes dejaron su impronta y se establecieron en la villa a lo largo de la Edad Media. No en vano, llegó a albergar 35 hospitales y 37 albergues para “concheiros”. En sus calles, casas nobles, palacios y templos permanece vivo lo prodigioso y legendario.

LA CATEDRAL: CANTEROS JUDÍOS, ALQUIMISTAS Y AUTÓMATAS

Es la tercera catedral gótica por su tamaño, y una de las más bellas de España. Su construcción se debe al obispo Mauricio. La primera piedra fue colocada por Fernando III en 1121. En el siglo XIII fue ampliada por Alfonso VI, tras nombrar a la urbe civitas regia, con las grandes portadas del crucero. Durante el siglo XIV se terminó de abovedar y se levantó el gran claustro con capillas. Nada se sabe del primigenio constructor. Fue sucedido por el maestro Enrique y sus dos hijos. En los siglos XV y XVI se levantaron las agujas de la fachada principal, así como el cimborrio del crucero, dotando al templo de su particular perfil. En su interior el viajero hallará todo un rosario de enigmas y misterios.

Una de las joyas es la Escalera Dorada –obra de Diego de Siloé, para salvar el desnivel entre el exterior y el interior, en 1519–. Una de las primeras obras del Renacimiento, cuya estructura en forma de “T”, de Tau, recuerda a la cruz de los Antonianos, también usada por los templarios. Su diseño inspirará a Miguel Ángel en la Escalera Laurecina.

El templo está marcado por materiales repletos de connotaciones funerarias, el simbolismo alquímico de la transformación, muerte y resurrección, como el alabastro, mármol oscuro, jaspe y pizarra.

Bajo el cimborrio –que se sustenta sobre cuatro pilares y cuyas pechinas consiguen la cuadratura del círculo, el mensaje secreto de los canteros–, se encuentra la tumba de El Cid y Jimena, su esposa.

Y en sus muros de la nave central, un autómata, el conocido como “Papamoscas”. Un reloj con dos figuras que cobran vida gracias a un mecanismo oculto. El viajero buscador no debe dejar de visitar la Capilla de las Reliquias y la Capilla del Cristo de Burgos, el milagroso “Señor de Burgos” que alberga el fervor y devoción de los burgaleses. Es uno de los denominados “Cristos del Terror”, confeccionado con piel de búfalo, originaria de Beirut, en el siglo XIV, y relleno de una sustancia vegetal –salvo el pecho de madera–, suave al tacto, articulado y cuya fama milagrosa ha quedado recogida en un libro titulado Los Milagros de Señor de Burgos, que comienza así: “Hay en este libro trece muertos resucitados, ciegos que recobraron la vista y mudos el habla”.

En el exterior del templo, en la fachada de Santa María, aparecen secretos relacionados con la alquimia y cábala judía tallados en la piedra por los gremios de constructores.

En la Puerta del Perdón, bajo el gran rosetón vital, aparece el sello de Salomón, que vuelve a aparecer en el tímpano, símbolo talismán y signo de reconocimiento del trabajo de canteros alarifes judíos, uno de los gremios más antiguos, heredero de los constructores del Templo de Salomón.

Y en las gárgolas descubriremos la cabeza de un alquimista barbado, con el gorro frigio que cubría a los iniciados, y una enigmática sonrisa.

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