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El FBI tras las huellas del teórico de la Relatividad

Miércoles 21 de Junio, 2017
Einstein es una de las figuras científicas más relevantes de todos los tiempos. Irreverente, pacifista y defensor de las minorías, fue investigado por el FBI, que sospechaba que podía tratarse de un espía al servicio de la Unión Soviética.
Óscar Herradón

En 2015 se cumplieron 100 años desde que uno de los científicos más importantes de todos los tiempos, Albert Einstein, enunciase su Teoría de la Relatividad General. La física ha avanzado mucho desde aquel lejano 1915, pero lo cierto es que, más allá de sus increíbles logros académicos, la figura del alemán, un auténtico icono popular, continúa rodeada de sombras. Y es que aunque el genio extravagante de pelo electrizado era perseguido por las mujeres, los famosos –que pretendían catapultar aún más su éxito posando a su lado–, y cortejado por políticos y periodistas, que se morían por una exclusiva con él –las palabras del alemán valían oro–, la realidad es que también estuvo en el punto de mira de diversas agencias de Inteligencia y fue objeto de varios complots y sospechas, la mayoría de ellas vagas o ridículas.

Sería precisamente el FBI de J. Edgar Hoover, anticomunista visceral y buen conspiranoico, quien seguiría al científico a todas partes, temeroso de que pudiera ser un espía alemán, un comunista de la vieja guardia o, lo que es peor, un pacifista –que lo era–.

Corría el año 1983 cuando el doctor Richard Alan Schwartz, profesor de inglés en la Florida International University de Miami, conseguía una versión censurada del archivo sobre Einstein que desde principios de los años 30 hasta su muerte recopiló la Agencia Federal estadounidense, nada menos que 1.427 páginas. El profesor habló del mismo en la revista The Nation, desatando el interés de la opinión pública por saber más sobre aquella historia no contada. Con los años, se fueron filtrando más detalles de aquel informe que durante décadas estuvo blindado bajo la etiqueta de alto secreto, y que ahora puede consultarse casi en su totalidad en Internet (foia.fbi.gov/einstein.htm). Ello fue posible gracias al periodista Fred Jerome, que publicó en 2002 el libro El archivo Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo, quien demandó al gobierno de los Estados Unidos con la ayuda del Grupo Litigante de Ciudadanos –que lucha por los derechos civiles– para obtener una versión más amplia y menos censurada de dicho texto.

El informe hasta entonces clasificado fue impulsado por la asociación Woman Patriot Corporation que, en 1932, temerosa de las acciones de Einstein en contra de la guerra –el pacifismo y el pensamiento liberal se veían como el primer paso hacia el socialismo– y a favor del desarme, enviaba una extensa carta al Departamento de Estado de los EEUU en la que sostenía que no se debía permitir el ingreso del científico en el país de las barras y estrellas porque, según señalaban en el escrito, “Ni el propio Stalin pertenece a tantos grupos internacionales anarco-comunistas dedicados a promover esa condición premilitar de la revolución mundial y la anarquía completa”.

El monumental archivo arroja luz sobre el seguimiento –que en ocasiones adquirió tintes de auténtica persecución y violación de la intimidad y los derechos individuales– que el FBI y otras agencias de Inteligencia realizaron al físico alemán. Einstein fue un avezado defensor de los más débiles, políticamente astuto y, según Jerome, terco al elegir qué organizaciones respaldar –lo que hizo que no formara parte activa de ningún movimiento político–. Al parecer, tuvo problemas ideológicos desde su adolescencia en Alemania, de donde emigró a los quince años, en 1894. Regresó en 1914 para ocupar un puesto en Berlín cuando estalló la Primera Guerra Mundial, siendo uno de los cuatro intelectuales destacados que firmaron un manifiesto en oposición al conflicto, donde se apuntaba la necesidad de un escenario político que tendría lugar muchas décadas después: una Europa unida, siendo un adelantado a su tiempo.

En los años siguientes, y a la vez que realizaba sus importante labor científica, prestó su nombre a diversas organizaciones orientadas a lograr la paz mundial y el desarme, lo que originó el citado informe federal tras la denuncia de la Woman Patriot Corporation. A pesar de ello, cuando Hitler asumió el poder en 1933, Einstein emigró finalmente a los EEUU, incorporándose la plantilla del Institute for Advanced Study de Princeton, en Nueva Jersey.

Allí continuaría con sus compromisos ideológicos, apoyando por ejemplo, tras el estallido de la Guerra Civil Española, a las fuerzas antifascistas, lo que generaría nuevas sospechas de comunismo. Horrorizado con las consecuencias de la bomba atómica, aunque casi estuvo a punto de estar involucrado en su creación –ver Autopsia de los Hechos–, tras la Segunda Guerra Mundial se mostró partidario de un gobierno mundial, y, aunque expresó en The Atlantic Monthly su temor ante la tiranía de una institución de dichas características, señaló que “temo aún más el estallido de otra u otras guerras”. En 1946, en plena resaca bélica, apoyó al cantante, actor y atleta afroamericano Paul Robeson en su activismo en pro de los derechos civiles, mucho tiempo antes de que la comunidad negra fuese escuchada por los norteamericanos blancos. Incluso, llegó a pedir clemencia para Julius y Ethel Rosenberg, el matrimonio americano acusado y condenado por pasar secretos atómicos a la Unión Soviética –en el marco de las filtraciones acontecidas tanto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos como en la Universidad de Berkeley, donde existía un importante sector simpatizante de izquierdas– en plena Guerra Fría y en el momento de mayor fervor patriótico al otro lado del Atlántico.

EINSTEIN “SUPERSTAR”
The New York Times lo definió como “el Elvis de la ciencia”, y no es para menos. Su fama rebasó el ámbito científico hasta el punto de que cualquier opinión o comentario suyo provocaba automáticamente un vendaval mediático. Más teniendo en cuenta que muchas de sus acciones tenían un cariz político o ideológico. Sin embargo, Einstein sólo fue una más de las mentes brillantes que en distintos ámbitos del arte, la ciencia o la cultura, fueron acorralados en el marco de la histeria anticomunista en los Estados Unidos del Comité de Actividades Antiamericanas impulsado por el reaccionario senador Joseph Mc- Carthy, que acabó con la prometedora carrera de muchos actores, directores y guionistas de Hollywood.

Según aduce el biógrafo de Hoover, Richard Gid Powers, en relación a figuras como el propio Einstein, Picasso o Chaplin: “Eran demasiado inteligentes como para discutir con ellos. Lo único que se podía hacer era vigilarlos”. Sin embargo, la muerte de Stalin en 1953 y la caída del senador McCarthy un año después, restaron fuerza al denominado “terror rojo”, por lo que perseguir a Einstein no implicaba ninguna ventaja política. El controvertido científico moría el 18 de abril de 1955, a los 76 años, y pocos días después Hoover cerraba el archivo sobre sus actividades, sin sacar provecho de ello. Como apuntaba José Manuel Sánchez Ron en el diario El País en enero de 2003, en El Expediente Einstein “Jerome enriquece nuestro conocimiento de la biografía de Einstein, el supremo objetivo de los desvelos de Hoover, y su gran fracaso: tras coleccionar cantidades ingentes de pruebas para ‘demostrar’ lo que Einstein habría contado con facilidad a cualquiera –que había apoyado a un gran número de organizaciones radicales–, Hoover se dio cuenta de que no podía utilizar públicamente esa información (…) era simplemente demasiado popular y no se avergonzaba de sus principios; más aún, jugó con habilidad sus cartas, mostrándose como un astuto estratega político”.

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