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Peru: El camino del Inca

Jueves 25 de Mayo, 2017
Gran admiración nos produce observar las vías de comunicación romanas que vertebraban su imperio. Pero no menos costoso fue la red de comunicación que el inca rescató de tiempos remotos para unir el Tahuantinsuyo. Es el Qhapaq Ñan, “el camino del poderoso…”.
Por: Esteban Ruiz A.

Tiempo de condena. El dios supremo, harto de la soberbia humana, que no respeta ni a los poderosos gigantes, envía el terrible Uno Pachacuti. Comienza el éxodo desde las alturas de los Andes, para repoblar otras tierras. Nacerán desde entonces poderosas culturas, en lugares remotos y difíciles de dominar. Por eso es fundamental crear una red de comunicación que permita proteger, pero también invadir.

Qhapaq Ñan, “el camino de los poderosos” o “del rey” llegó a tener ramificaciones secundarias que serpentearon por las montañas y la costa, enlazando más de treinta mil kilómetros de caminos. Pero hubo uno, el principal, que con sus más de cinco mil kilómetros unió todos los vértices del imperio de los incas. Y todos partían del “ombligo del mundo”: la capital, el Cuzco.

Hoy día son muchos los viajeros que deciden realizar el camino del inca desde las alturas cusqueñas hasta Machu Picchu. A partir de allí el camino se bifurca en varias sendas empedradas que se pierden entre la maraña de la selva de montaña. Pero el trayecto hasta que nos ubicamos en el Inti Punku, desde donde apreciamos la entrada a la soberbia ciudadela, es simplemente maravilloso, porque atravesamos puertos de casi cuatro mil metros por paisajes de una belleza extraordinaria, regados en las honduras por las aguas del gran río Urubamba. Es fácil en los cuatro o cinco días que podemos emplear en este peregrinaje, encontrar ruinas que en otros lares serían ejemplo a mostrar, pero que aquí se debaten entre el olvido y la belleza decadente de la ruina selvática; decadencia que alcanza su culmen cuando atravesamos los puentes colgantes que en otras latitudes del Tahuantinsuyo continúan balanceándose al son del fuerte viento de altura. Quizás porque los apus, los dioses de las montañas, ya están hartos de tanta profanación…

El camino inca fue fundamental para mantener unido el imperio, y para establecer una red de comunicaciones que recorrían los chasquis, hombres no especialmente fornidos pero sí veloces como gacelas, que eran capaces de cubrir larguísimas distancias en muy poco tiempo, portando con ellos los quipus, un sistema de cordadas que constituían el más importante difusor de contenido e información de aquel tiempo.

Hoy los chasquis han pasado de llevar quipus a kilos y más kilos de equipaje. Porque siempre hay dos formas de viajar: sufriendo y disfrutando de ese sufrimiento, o pagando para que sean otros los que sufran. Pero el final de esta primera etapa invita a pensar lo ya comentado: que hemos realizado una peregrinación que de momento nos lleva a tierra sagrada. Respecto al Machu Picchu dejó escrito el inca Garcilaso que “para verificar el equinoccio tenían columnas de piedras riquísimamente labradas, puestas en los patios o plazas que había ante los templos del Sol; los sacerdotes, cuando sentían que el equinoccio estaba cerca, tenían cuidado de mirar la sombra que la columna hacía. Tenían las columnas puestas en el centro de un cerco redondo muy grande que tomaba todo el ancho de la plaza o del patio; por medio del cerco echaban por hilo de oriente a poniente una raya, que por larga experiencia sabían dónde habían de poner un punto y el otro. Por la sombra que la columna hacía sobre la raya, veían que el equinoccio se iba acercando; y cuando la sombra tomaba la raya del medio a medio desde que salía el Sol hasta que se ponía, y que a medio día bañaba la luz del Sol toda la columna en derredor sin hacer sombra a parte alguna, decía que aquel día era el equinoccial…”.

Nada es casual; como no lo es que el camino inca continúa hacia las alturas, y baje después hacia la selva de río. Nadie lo ha logrado terminar; muchos piensan que llega hasta El Dorado. Pero eso es otra historia…

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