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La rectoría encantada

Jueves 04 de Septiembre, 2014
Lugares encantados como éste hay pocos en el mundo.

Los condados británicos de Essex y Suffolk suelen aparecer en los medios porque, como ya se habrán imaginado, forman parte de esa zona intangible en la que aparecen los polémicos círculos de las cosechas. Aquí, décadas atrás, se produjo un misterio tan destacado o más que los círculos; un enigma todavía hoy no resuelto…

 

Harry Price en el año 1923 era una eminencia, una suerte de científico que dedicaba su vida a la resolución de los sucesos paranormales que de la noche a la mañana habían comenzado a surgir con inusitada frecuencia, especialmente desde que apenas un cuarto de siglo antes los salones de té se empezaran a llenar de paragnostas y psicómetros que aseguraban entrar en contacto con aquellos que ya marcharon. Eran los adalides de una religión que se extendía por el Viejo Continente como la pólvora, y que llegaba desde Norteamérica, a la que llamaban espiritismo, precisamente por la manera que el interesado tenía de interactuar con los espíritus de los muertos. Sea como fuere, Price, que por las fechas citadas era uno de los miembros más ilustres de la Society for Psychical Research londinense, y a estas alturas de su vida ya sabía que la manifestación de sucesos inexplicables era una realidad para la que la ciencia aún no poseía una respuesta firme. Y él, hombre perteneciente a esa misma ciencia, que por entonces no marcaba una línea muy definida, buscaba las respuestas que esa paraciencia pudiera ofrecerle. Por eso, cuando acudía a algún lugar donde se estuviesen produciendo manifestaciones de este corte, lo hacía con tranquilidad, consciente de que su vasta experiencia le dictaba que esos sucesos, amén de esporádicos eran muy interpretables. Al menos hasta ahora…

 

El lugar más encantado de Inglaterra

El 10 de julio de 1929, el prestigioso diario Daily Mirror arrancaba su portada con una sorprendente información: en una vieja rectoría ubicada al sur del país se estaban produciendo una serie de fenómenos difícilmente explicables, que mantenían en vilo a los trabajadores del centro, y a los alumnos que se hospedaban en el mismo. El rotativo aseguraba que los testigos aseguraban haber visto “figuras fantasmales de cocheros decapitados, una monja –fantasmal–, una carroza tirada por dos caballos que aparecía y desaparecía misteriosamente, pisadas en habitaciones que estaban vacías…”.

Aquello sobrepasaba lo estudiado hasta ahora. Incluso las experiencias del gran Charles Richet con el supuesto espectro de la aparecida Katie King parecían quedar en un segundo plano, porque en la rectoría de Borley, al margen de la variedad de fenómenos insólitos, llamaba poderosamente la atención la igualmente elevada variedad de testigos.

El edificio, de estilo victoriano, era una mole de ladrillo de dos plantas y 23 habitaciones, con una historia lo suficientemente sugestiva como para que Price, nada más arribar al lugar, comprendiera que los sucesos que se estaban produciendo tenían su génesis en acontecimientos pasados.

Porque aquel lugar, o más el solar sobre el que ahora se elevaban los ladrillos rojos del edificio embrujado fue escenario de tragedia, de romances imposibles que acabaron con la sangre tiñendo el verde prado. Cuentan las crónicas que a principios del siglo XIII en este mismo suelo se elevaba un viejo convento, con los muros tan gruesos que evitaban las miradas curiosas de aquellos que intuían que en su interior los religiosos se daban a placeres demasiado mundanos. Sea como fuere, uno de estos sacerdotes se enamoró perdidamente de una monja del claustro de Bures, que distaba del lugar algo menos de 15 kilómetros. Y ella, por lo que se ve, le correspondía.

 

"El rotativo aseguraba que los testigos aseguraban haber visto figuras fantasmales de cocheros decapitados, una monja –fantasmal–, una carroza tirada por dos caballos…"

 

En ese tiempo el amor entre religiosos se consideraba tentación, y sólo el señor de los avernos sabía qué hilos mover para que finalmente éstos cayeran en sus redes, por lo que la pareja de amantes, conscientes de que de conocerse su romance tendrían serios problemas, decidieron huir. De nada les sirvió, porque esas mismas crónicas aseguran que fueron hechos presos: ella hubo de padecer la pena en soledad, pues fue emparedada entre los mismos muros que antes ocultaron sus correrías amorosas, y él, que tuvo más suerte, murió bajo el tajo afilado de la cuchilla del verdugo. A partir de esos días, las referencias a la aparición de varias figuras con hábitos religiosos caída la noche fueron más o menos habituales, hasta que en el año 1863, el sacerdote Henry Bull determinó que el ruinoso edificio debía dejar paso a otro más moderno, y fue entonces cuando el ladrillo sustituyó a la fría piedra, y la siniestra silueta de la rectoría de Borley comenzó a elevarse a los cielos, cuando posiblemente se encontraba más cerca del infierno…

Así, durante 65 años la familia Bull asistió a la escenificación de constantes fenómenos extraños, que mantuvieron en silencio por miedo a la ira de sus convecinos, gentes supersticiosas que no hubieran dudado a la hora de hablar de hechicería, o de maldición. Sin embargo, su sucesor en el cargo, el padre Eric Smith, apenas dos años después de coger las riendas de la misteriosa rectoría, no pudo contener el horror que le provocaban los fenómenos que un día sí y otro también, allí se producían. Mi querido amigo Fran Contreras, autor del libro Casas encantadas, aseguraba que “los fenómenos que se producían eran muy variados: el inexplicable tintineo de las campanillas y los timbres, la visión de una figura luminosa ataviada con vestimenta de monja por el jardín, el característico movimiento de objetos, sonidos de pasos en el interior de las habitaciones, las llaves de las puertas saltaban de las cerraduras, volaban piedras desde el tejado e incluso se pudieron escuchar gritos desgarradores y el paso de carruajes inexistentes por los alrededores del lugar”.

Price, alertado por su amigo el editor del Daily Mirror, acudió al lugar en compañía de un médium de su confianza, dispuesto a desentrañar el misterio que asolaba a la rectoría. Fueron días intensos en los que los misteriosos fenómenos se sucedieron con insistente asiduidad, y Price, pensando que la única solución era acudir a la doctrina espiritista, se propuso llevar a cabo una sesión para dilucidar qué estaba pasando entre aquellas frías paredes. Así, cuando la noche hizo que el silencio se apoderara del entorno, Harry Price, el reverendo Smith, su esposa y el médium iniciaron la experiencia. Al cabo de unos minutos el espíritu de un hombre que se identificaba como el difunto fundador de la rectoría, el padre Bull, puso en su conocimientos los trágicos episodios que allí se produjeron siglos atrás, y que no eran sino la causa de los truculentos fenómenos que ahora se producían. Poco después, el reverendo Smith y su esposa abandonaban el lugar…

 

Y llegó el final…

Durante un par de años la enorme residencia permaneció abandonada, habitada tan sólo por los sonidos que cada madrugada avisaban de que en el lugar aún latía un hálito de vida. La siniestra historia de la rectoría de Borley acabó cayendo en el olvido, y tiempo después llegó el clérigo Lyonel Foster y su esposa Marianne, posiblemente porque poco es lo que sabían de los años pasados de aquel lugar. Para los habitantes de la región, la casa se reactivaba cuando alguien decidía habitarla, se revolvía violentamente contras sus inquilinos como si pretendiese ocultar un secreto; y así, no mucho tiempo después a los fenómenos ya conocidos se unieron otros más impactantes. A altas horas de la noche, cuando únicamente el viejo reloj dejaba escapar el sonido armónico de los balanceos del gran péndulo, se desencadenaba el horror: sonidos de cadenas que como fantasmas de novela gótica se arrastraban por los pasillos de las estancias superiores, objetos que se materializaban de repente, y cuya procedencia se desconocía, y unos extraños mensajes que comenzaron a aparecer en las paredes, como si una mano invisible y temblorosa dejara esos trazos a modo de advertencia. Sí, advertencia, porque  la mano invisible que los pintaba repetía una y otra vez: “Por favor, ayuda, Marianne…”.

 

"Cuentan las crónicas que a principios del siglo XIII en este mismo suelo se elevaba un viejo convento, con los muros tan gruesos que evitaban las miradas curiosas de aquellos que intuían que en su interior los religiosos se daban a placeres demasiado mundanos"

 

Poco antes de abandonar el hogar en 1935, y tras haber requerido la ayuda una vez más de Harry Price, un último mensaje vino a sumarse a los ya aparecidos, una suerte de profecía que se haría realidad años más tarde: “Esta casa será pasto de las llamas”.

Así las cosas hasta el año 1938 la rectoría permaneció abandonada, al menos de inquilinos, porque durante ese tiempo Price aprovecho para juntar a un nutrido grupo de expertos llevar a cabo múltiples experimentaciones en el inmueble. Hasta que el 27 de febrero de 1937, el nuevo inquilino de la rectoría, el capitán William Gregson, dio sin ser consciente de ello pábulo a la profecía cuando una lámpara de aceite cayó al suelo de manera violenta y el edificio ardió casi hasta los cimientos. Durante las labores de desescombro varios obreros hallaron los restos óseos de una mujer, que rápidamente fue identificada como la hermana emparedada siglos atrás. Price, que aparte de hombre de ciencia debía de ser profundamente creyente, tomó la determinación de enterrar el cuerpo, en la firme creencia que de este modo los fenómenos cesarían. Y así fue durante un tiempo, porque una vez reconstruido el edificio, y con los documentos relativos a la investigación durmiendo en las estanterías de la Universidad de Londres, varios miembros del Grupo de Investigaciones Parapsicológicas de Enfield, a la cabeza del cual estaba Ronald Russel, decidieron abrir el caso, y con ello alguna que otra cosa más… Corría el año 1974 cuando llegaron  al lugar de autos, y allí, tanto Russel como los ingenieros Frank Parry y John Fay dieron fe de que los extraños fenómenos, décadas después, continuaban manifestándose en la iglesia contigua a la vieja rectoría con la virulencia de antaño. Decías así: “Hemos grabado cientos de estudios extraordinarios, pisadas, golpes y demás. En una ocasión localizamos un centro de perturbación cerca del sepulcro Waldegrave; era tangible, como un torbellino de energía. Cuando se pasaba la mano por él, se sentía una especie de cosquilleo, como el que produce la electricidad estática. En otra ocasión llegamos a escuchar un profundo gruñido”.

Y así, hasta el día de hoy…

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