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Sigiriya (Sri Lanka) El palacio invisible

Miércoles 12 de Abril, 2017
Sí, invisible porque hay que acercarse bastante para percatarse de que esta mole de piedra ocre es algo más que una simple montaña en mitad de un páramo. Allí se elevó hace siglos un palacio sacado de una leyenda…

El planeta está sembrado de maravillas, de obras arquitectónicas que muestran lo que es capaz de hacer el ser humano: la creatividad para fundirse con las formas naturales; el tesón para alzar piedra sobre piedra allí donde se desmorona; la visión para comprender que bajo la piel tosca de la roca se esconde la traza bella y elegante de un “David” que aguarda paciente para salir de su encierro.

El palacio de Sigiriya, en el corazón de la provincia de Matale, es un buen ejemplo de ello. Por eso desde 1982 es Patrimonio de la Humanidad. Por eso, y por su historia, que está más cercana a la leyenda que a la ortodoxia.

Su estructura es extraña. Y ello se debe a que milenios atrás esta peña fue un cono volcánico que eruptó lava, tanta, que quedó tapado e inactivo, para convertirse en lo que es. Y hoy es lo que es a consecuencia de una traición.

Aseguran las crónicas que a comienzos del siglo V d.C., este reino estaba gobernado por un rey justo llamado Dhatusena. El monarca tenía dos hijos: el legítimo heredero, Mogallana, y el pequeño Kasyapa. Acostumbrado a batallar al frente de los ejércitos, Dhatusena entendió que existía un poderoso enemigo contra el que ningún ser humano podía hacer nada: el paso del tiempo. Y así, avanzada su edad, decidió que había llegado el momento de dejar la corona sobre la cabeza de su primogénito.

Es entonces cuando la historia da un giro inesperado. El codicioso Kasyapa, que al parecer también quería ser rey, decidió conspirar para acabar con la vida de su padre y de su hermano. Al primero le asestó varias puñaladas, y aún vivo, lo emparedó. Y a su hermano, al que le aguardaba similar suerte, no fue capaz de ponerle un dedo encima porque éste, avisado por sus fieles del crimen de su hermano, huyó, eso sí, prometiendo regresar para vengarse.

Y así pasaron los años, y Kasyapa, previendo el retorno de un poderoso ejército a la cabeza del cual se hallara Mogallana, construyó un palacio-fortaleza en las alturas de la Montaña del León, un cerro sagrado que poseía todos los elementos, los tangibles y los etéreos, para protegerle de los inesperados asaltos. Sin embargo la vuelta del legítimo heredero se retrasó más de la cuenta, y al parecer, sumido en sus propias reflexiones, Kasyapa llegó a la conclusión de que el espíritu de su padre asesinado regresaba cada dos por tres para atormentarlo durante la madrugada.

En esas estaba cuando a lo lejos se oyó el estruendo de la guerra. Habían pasado quince años, pero allí estaba Mogallana dispuesto a cumplir su promesa. El traidor, harto de la larga espera, montó a lomos de su elefante y al frente de su ejército atravesó la Puerta del León y salió al encuentro del enemigo. Fue entonces cuando, tras percibir un extraño susurro que le advertía de un peligro inminente, paró su marcha. Su padre estaba con él; al fin lo sabía. Le había avisado de que apenas unos metros más adelante había un lodazal oculto. Pero ese giro inesperado hizo que sus fieles confundieran la reacción, y convencidos de que su líder huía ante la llegada del poderoso ejército de su hermano, a su vez huyeron despavoridos dejando a Kasyapa sólo, a lomos del elefante. La leyenda asegura que sientiéndose acorralado, se arrojó sobre su espada y murió.

No así sus lamentos, que al parecer se funden con el viento que mece la arboleda de su fantástico palacio…

 

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