Se encuentra usted aquí

Toraja, la cultura de los muertos

Miércoles 01 de Octubre, 2014
Viajes a mundos perdidos.

Oí hablar por vez primera de esta fascinante cultura cuando realizaba las locuciones para la serie Indonesia Mítica, que dirigida por mi buen amigo Juanjo Revenga, se emitió hará un par de años a través de La 2 de TVE. Y he de reconocer que la tenaza una vez más me apretó con fuerza el corazón. En pocas ocasiones el culto a los muertos adquiría tintes tan siniestros como lo hacía en este pueblo indonesio…

Lorenzo Fernández Bueno

 

Su civilización creció en el corazón de la isla de Sulawesi, tan aislada como el terruño que habitaban en mitad del océano Pacífico. Su vida, desde el principio, no fue fácil. Las islas de Indonesia se sitúan en el conocido “anillo de fuego”, una falla que permanece milagrosamente unida y que permite que más de mil volcanes estén comunicados entre sí, lo que convierte a esta región del planeta en una de las más inestables, donde erupciones, terremotos y tsunamis están tristemente a la orden del día. Quién sabe si por este motivo, a fin de calmar la ira de los dioses del mundo antiguo, las culturas que se han asentado en estas islas han creado un corpus místico sin parangón, tan propio que les mantienen atados de por vida, aunque como ocurre con la etnia toraja –que traducido del idioma bugi significa “habitantes de las tierras altas”– no se encuentren en el lugar que les vio nacer. Porque hoy día, si bien es cierto que este pueblo está formado por aproximadamente seiscientos cincuenta mil personas que se reparten por los frondosos bosques del centro de Sulawesi, no menos lo es que son aproximadamente seis millones los que se reparten por el orbe terrestre. Y aún así, su sentimiento religioso les mantiene asidos por un hilo etéreo a su pueblo, a sus tradiciones milenarias, al punto de que cuando un miembro de este clan fallece, los familiares hacen lo humanamente posible para que su cuerpo regrese al país de sus ancestros para que de este modo reciba los honores acordes a su tradición. Una tradición, que dicho sea de paso, está revestida de elementos que a nuestros ojos podrían resultar sumamente desagradables… Baste decir que el fallecido es colocado en un lugar prominente de su hogar, sobre una mesa con una serie de canales a los lados, y poco después del deceso es atravesado por unas cañas de bambú cuya función es la de vaciar el cuerpo de fluidos, a fin de retrasar el proceso natural de descomposición. Y mientras esto ocurre –que puede prolongarse por espacio de varios días–, sus familiares se lanzan a la desesperada labor de, en uno de los países más pobres del planeta, amasar la mayor cantidad económica posible, primero para invitar a cuantos deseen acudir al funeral a una gran fiesta, y después para, en honor al muerto, sacrificar el mayor número de búfalos, pues de este modo se facilitará el paso del difunto al otro mundo. Así las cosas, el valle Torija, rodeado de una exuberante selva que parece protegerles de miradas incómodas, se llena de gente llegada desde poblaciones lejanas; los búfalos y los cerdos no emiten sonido alguno, quién sabe si conscientes de terrible final que les aguarda; los hombres afilan sus enormes machetes, pues hoy no van a cortar las ramas de la jungla; hoy el camino a abrir es otro, más importante. Es por ello que los búfalos más valorados, por su rareza –y precio­–, son los albinos de ojos azules, que llegan a alcanzar un precio superior a los seis mil euros, y por los que algunas familias llegan a vender gran parte de sus posesiones. Pero eso es lo que requiere el difunto, que mientras se deseca es visitado por los miembros de otros clanes y honrado por los suyos, invitándole a comer cuando es hora de ello, o a fumar cuando la tarde cubre de sombras el país de los torajas…

 

"El tétrico espectáculo no solivianta a los que se afanan en colocar al difunto en su última morada, ni tan siquiera cuando al iluminar el suelo éste aparece sembrado de los restos más antiguos"

 

Los misteriosos Tau Tau

Como afirma el productor de TVE Juanjo Revenga, “en estos grandes entierros se han llegado a sacrificar más de 500 búfalos, convirtiendo los valles y el lugar de sacrificio en un auténtico mar de sangre. Es el precio que pide el lado oscuro por cada persona que atraviesa su desfiladero… Los vecinos prestan dinero o entregan búfalos para los sacrificios, préstamo que se devolverá cuando llegue el funeral del prestamista”.

Así las cosas, cuando finaliza el sepelio, y al igual que ocurre en otras culturas como los Chachapoyas y sus misteriosos enterramientos de la laguna de los Cóndores, en la selva norte peruana, aquí se traslada el cuerpo a las montañas casi impenetrables que se elevan a los cielos en el interior de la isla, y una vez allí, ayudados por poleas y el músculo de los jóvenes torajas más fornidos, el difunto es ascendido en el interior de su pequeño féretro hasta las cuevas que se atisban en las alturas. Una vez allí es introducido a las entrañas de la roca, donde huele a muerte; donde los ataúdes de aquéllos que fueron depositados en tiempos pasados en este reino de sombras se han astillado con el paso de los años, dejando escapar la mueca pálida del cadáver que descansa en su interior. El tétrico espectáculo no solivianta a los que se afanan en colocar al difunto en su última morada, ni tan siquiera cuando al iluminar el suelo éste aparece sembrado de los restos más antiguos, habitantes de un mundo que como decía líneas atrás resulta difícil de asimilar a ojos occidentales.

En ocasiones el féretro no es introducido en la oquedad; simplemente se le deja “colgado” del precipicio, asido con garfios a la fría roca, lo que con los años posibilita que la humedad y el tiempo indonesio hagan de las suyas sobre la madera, que carcomida llega un momento en que evacua lo que contiene en su interior, que en un espectáculo dantesco se precipita al vacío.

Por si tales elementos no fueran suficientes para hacernos a la idea de que una visita nocturna al lugar no es recomendable para corazones sensibles, asomados a una suerte de balconadas excavadas en la pared de la montaña surgen una suerte de muñecos de distintos tamaños, unos junto a otros como si caminaran indisolublemente hacia un mismo destino. Son los tau tau, representaciones más o menos fidedignas de los difuntos que moran en el interior de las cuevas. Tiempo atrás, comenta mi querido amigo Revenga, “los anticuarios europeos comenzaron a robar estos monumentos a la muerte y los vendían por una fortuna en el Viejo Continente. Pero aquello duró poco tiempo… Los compradores comenzaron a sufrir extraños acontecimientos en sus casas, que iban acompañados de una desgracia tras otra, pues hubo quien habló de supuestas maldiciones. Lo mismo ocurrió con las calaveras que pueblan las citadas cuevas. Muchas desaparecieron y se usaron al parecer durante rituales de magia negra en Yakarta. Los brujos más tenebrosos del archipiélago venían hasta este lugar a por más material para obtener ‘el poder de los finados’. Empero, los hechiceros fallecían sin explicación y con el tiempo los robos de huesos también cesaron”.

Así pues, si deciden visitar el país de los torajas mi recomendación es que se lo piensen dos veces antes de llevarse un “souvenir”.

Otros artículos de:

Comentarios

??????http://edfpt.com
????????? ㄏ?よ http://i7mm.com

Añadir nuevo comentario