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Cinco misterios medievales asombrosos

Lunes, Octubre 23, 2017 - 09:21
Han sido llamados los siglos oscuros, pero lo cierto es que el Medievo tiene también sus luces: entonces se levantaron las inmensas y encriptadas catedrales góticas y se realizaron inventos que sorprenderían al más pintado. Pero si algo abunda sobre aquel tiempo es el misterio en estado puro.
Con información de Mariano Fernández Urresti
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EL GRIAL MEDIEVAL

El primer autor que supo ver la magnífica historia literaria del Grial fue Chrétien de Troyes –en efecto, han leído bien: la misma ciudad donde el Temple recibió su Regla. Ciudad, por supuesto, de la Champaña francesa–. Tal vez era el año 1135 cuando se lanzó a escribir una obra titulada Perceval, y que trataba de un joven desconocedor del mundo hasta el límite de no saber incluso su propio nombre.

Era el zagal hijo de una viuda –dato notable, pues así se denominarán en el futuro a sí mismos algunos iniciados masónicos– y un buen día tiene un encuentro en un bosque con un grupo de caballeros procedentes de la corte del rey Arturo. Desde ese instante, no querrá otra cosa que ser uno de ellos. Ahorraremos ahora al lector las peripecias para lograr tal cosa y le presentamos en cambio la escena decisiva de la vida de este joven, que el narrador sitúa en el castillo de un misterioso monarca al que denomina Rey Pescador.

El rey, como su reino, estaba agonizante. En el castillo suceden ciertamente acontecimientos surrealistas entre los cuales no es el menor una procesión que desfila ante los incrédulos ojos del joven tras una cena bien regada. Aparece un escudero llevando una lanza de cuya punta mana sangre; otros transportan candelabros con diez velas; una joven porta un Grial; otra, una bandeja de plata… Pero Perceval no acierta a preguntar qué sentido tiene todo aquello y se queda dormido por el sopor de la cena y el vino. Al despertar descubrirá su nombre, Perceval el Galés, y se le reprochará que no hubiera hecho esas preguntas, pues de haberlas formulado el rey y el reino hubieran sanado. Ahora, en su amargura, no le quedará más remedio que localizar el escurridizo Grial. Pero, ¿qué era el Grial?

Según Chrétien de Troyes “el Grial (…) era de fino oro puro; en el Grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en la mar ni en la tierra”. Y nada más.

Esas características podrían valer para siluetear cualquier cosa. Por tanto, ¿por qué no lo describe mejor el autor? ¿Tal vez porque estaba claro que no hacía falta más detalle? Nunca lo sabremos, porque en el verso 9.293 Perceval concluye abruptamente y sin un fin como es debido. Pero no hubo que esperar para que otro autor añadiera datos de interés a este misterio. En efecto, en 1200 nació Robert de Boron, un poeta borgoñés autor de José de Arimatea y de El Santo Grial. Este hombre sí explica en qué consistía el Grial, pues según su versión se trataría del cáliz con el que el de Arimatea recogió la sangre de Jesús en su crucifixión, sin que nadie se pregunte en voz alta qué tipo de afición es ésa y si se la puede considerar sana. Muchas penalidades debe superar José, incluida la prisión, hasta poder huir de Palestina llevándose el cáliz. Se embarca y no toma tierra hasta llegar a Glastonbury o Ávalon –o al sur de Francia–.

La tercera versión medieval del caso llegará a finales del siglo XII y es obra de Wolfram von Eschembach, autor de Parzifal, donde aparecen novedades que nos aproximan a España. Y es que el autor asegura haberse servido de dos fuentes básicas: un tal Kyot de Provenza y un enigmático judío llamado Flegetanis que vivía en Toledo. ¿Qué novedades encontramos?

La más notable es que el Grial está en un castillo y que lo custodian caballeros templarios. Y así lo escribió Eschembach: “viven junto a una piedra, y esa piedra es pura y preciosa. ¿Nunca has escuchado su nombre? Los hombres la llaman Lapis Exilis (…) Y a esta piedra todos los hombres la llaman Grial”.