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Cinco misterios medievales asombrosos

Lunes, Octubre 23, 2017 - 09:21
Han sido llamados los siglos oscuros, pero lo cierto es que el Medievo tiene también sus luces: entonces se levantaron las inmensas y encriptadas catedrales góticas y se realizaron inventos que sorprenderían al más pintado. Pero si algo abunda sobre aquel tiempo es el misterio en estado puro.
Con información de Mariano Fernández Urresti
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LA CONSPIRACIÓN DE LA CRUZADA

Corría el siglo IV cuando la madre de Constantino tuvo una suerte tremenda; en la misma y afortunada expedición dio con lo que se afirmó que era el Santo Sepulcro de Jesús, la colina del Calvario y, para completar el memorable lote, también la Santa Cruz. Elena terminó siendo Santa Elena. Y su hijo no se quedó atrás. Constantino tuvo una visión gloriosa mientras se enfrentaba a su rival Majencio, y Dios, que todo lo puede –y eso incluye el ponerse del lado de una infantería y en contra de otra– le envío una señal: In hoc signo vinces, y aliñó la frase con una cruz. Constantino ganó la batalla, y la Iglesia, que nunca empuña espadas pero mueve los brazos que las sostienen, también.

Desde ese momento, numerosos cristianos comenzaron a olfatear los terrenos por los que Jesús anduvo, pero cuando en el siglo VII los musulmanes ocuparon la zona, los palmeros –peregrinos que iban a Jerusalén– menguaron en número. Había peligros a pesar de que el califa Harum al-Raschid firmó un acuerdo con la cristiandad para permitir esas excursiones devotas. El acuerdo, no obstante, quebró en 1009, y la llegada posterior de los turcos selyúcidas hizo el resto para que no se pudiera ir a rezar a Jesús a su país.

Con esos antecedentes, los que creen que tras las Cruzadas no hay sino espíritu guerrero, mencionan el día 27 de noviembre de 1095. En el Concilio de Clermont, en Avernia, Urbano II arenga a los devotos a recuperar aquellas tierras añoradas.

Al grito de Deus volt la gente comenzó a coserse una cruz en sus túnicas y sayos, y pasaron a ser llamados por ello cruzados.

Foucher –Fulquerio– de Chartres, en su célebre Historia Hierosolymitana, menciona estas frases de la arenga papal: “¡Que vayan, pues, al combate contra los infieles (…) aquellos que hasta ahora se entregaban a guerras privadas y abusivas, con perjuicio de los fieles! (…) Aquí eran los enemigos del Señor; allí serán sus amigos”. Sería el comienzo de la aventura cruzada y el caldo de cultivo para la aparición de predicadores como Pedro el Ermitaño, que arrastró a una multitud a la muerte en su delirio de recuperar los santos lugares. Sin embargo, ¿era tal el motivo de las cruzadas? Los historiadores añaden motivos económicos –control comercial del Mediterráneo– y políticos, mucho más que religiosos, para explicar el fenómeno. Sin embargo, hay un dato curioso a retener. A pesar de que siempre se ha asegurado que los caballeros templarios llegaron a Tierra Santa en número de nueve y en el año 1118 –cuando era ya rey cristiano de Jerusalén Balduino II–, lo cierto es que el conde Hugo de Champaña, bajo cuya jurisdicción vivía quien pasa por ser el impulsor de esa Orden, Hugo de Payns, viajó a Tierra Santa años antes. ¿Por qué?

Louis Charpentier le sitúa por aquellos pagos “en una fecha no conocida con precisión, pero que por lo general se fija entre los años 1104 y 1105”. Afirma que de allí regresa en 1108, para añadir que, a su regreso, “entró en contacto con Esteban Harding, abad de Cîteaux”. ¿Qué sucedería si en realidad este conde, que se incorporó al grupo templario en 1125, hubiera marchado a Tierra Santa con un encargo concreto de la Orden del Cister? ¿Qué pudo descubrir allí? ¿Es casual que Urbano II hubiera nacido en Champaña, lo mismo que este conde y que Hugo de Payns? ¿Por qué es en terrenos de ese noble donde surge el monasterio de Claraval, desde el que Bernardo impulsó al Temple? ¿Se diseñó la cruzada con algún misterioso interés oculto? ¿Se urdió la trama para localizar algún secreto anticipado por Hugo de Champaña?

En 1099 Jerusalén cae en poder de los cristianos. Hay fuentes que afirman que para que la cruz ondeara en la ciudad murieron 20.000 personas, y cronistas como Guillermo de Tiro expresaron así el horror: “la gente andaba en medio de la sangre hasta los tobillos”; “La ciudad presentaba como espectáculo tal carnicería de enemigos, un tal derramamiento de sangre, que los propios vencedores quedaron impresionados de horror y asco”.

Sobre aquella sangre se edificó el Reino Latino de Jerusalén. Godofredo de Bouillón fue nombrado primer rey, pero dicen que no quiso llevar la corona allí donde Jesús no tuvo otra que la de espinas. Tras él, Balduino I y Balduino II ocuparon el asiento real. Todos ellos tenían grados de parentesco entre sí. Y al poco de iniciarse estos gobiernos se fundaron órdenes de caballería a las que se han atribuido diferentes funciones: la del Santo Sepulcro, la del Hospital de San Juan de Jerusalén, los Caballeros Teutónicos…