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“El Dorado” malagueño

Lunes 03 de Julio, 2017
No es una cueva cualquiera. Es una de las tres grutas de origen submarino visitables que se conocen en el mundo. Un capricho de la naturaleza que fue hogar del hombre paleolítico, santuario íbero, refugio fenicio, escondite romano y, desde tiempos árabes, destino secreto de un legendario tesoro.
TEXTO Francisco Contreras Gil

El mar la esculpió durante siglos y hoy se abre a las aguas del Mediterráneo desde los acantilados de Los Cantales, en la sierra que sirve de atalaya natural a la localidad de Rincón de la Vitoria, a 10 kilómetros de la capital de la Costa del Sol.

Viajamos hasta las estribaciones meridionales de los montes de Málaga, a un territorio que fue punto de encuentro de los viajeros en su tránsito entre Málaga, La Hoya y La Algarabia, en la Axarquía. Hasta un enclave olvidado marcado por la leyenda, lo sagrado, por el misterio. A la Cueva del Higuerón -o del Suizo-, conocida como la Cueva del Tesoro. Una gruta que nació y creció gracias a las corrientes marinas y los materiales silíceos depositados, que fueron creando un laberinto de oquedades y galerías. Una cueva que se convirtió en objetivo de aventureros, exploradores e historiadores, debido a la existencia de un tesoro escondido en época árabe y al hallazgo de un santuario íbero.

“EL TESORO DE LOS CINCO REYES”, EL COMIENZO DE LA LEYENDA
Las primeras referencias de la existencia de este paraje subterráneo fueron dadas por Plutarco y Rufo Festo, poeta y patricio latino del siglo V, quien ubicó en ella un santuario íbero dedicado a Noctiluca en tiempos de la Málaga tartésica. Pero no fue hasta los siglos XVIII y XIX, cuando la caverna saltó a la fama. Primero, gracias al ilustrado local Cristóbal Medina, quien publicó en 1879 –bajo el pseudónimo de Cecilio García de la Leña– la obra Conversaciones Históricas Malagueñas, recogiendo los textos de Fray Antonio Agustín de Milla, narrando la existencia de un tesoro escondido por el rey Tasufin Ibn de los almorávides, el “Tesoro de los Cinco Reyes”, en el siglo XII. Fue así como se difundió la leyenda del mítico ajuar. Y después, en tiempos decimonónicos, con la aparición de un personaje que marcaría el futuro de la gruta.

El buscatesoros suizo Antonio Nari comenzó la búsqueda del ajuar siguiendo los textos de Medina Conde, concretamente los datos sobre la expedición hicieron 17 malagueños y en la que afirmaron encontrar tres puertas de mampostería.

Sus excavaciones con barrenos comenzaron a sacar a la luz el mágico pasado. Metro a metro, se abrió paso y fueron encontrando restos prehistóricos, así como pinturas rupestres. Los habitantes neolíticos y paleolíticos emplearon las paredes para inmortalizar su vida y creencias. Pinturas que se encuentran en la parte más profunda, donde se producía el contacto con lo ignoto, de acceso complicado y alejado de cualquier entorno de hábitat o enterramiento. En total 55 paneles con pinturas en las que se representaron motivos zoomorfos y antropomorfos. Figuras de ciervas, caballos, cabras, peces, manos y dedos… Y todo ello junto a un lenguaje enigmático, con signos de puntuación cuyo significado hemos perdido.

Dichas excavaciones acapararon portadas. Así, la malagueña revista El Museo publicó en 1874 un reportaje en el que se daba cuenta de los hallazgos del explorador. Un tesoro que se convirtió en obsesión para el aventurero y que, finalmente, le llevó a morir víctima de la dinamita que utilizaba. Tal tragedia marcaría a la gruta como fantasmal. Entre leyenda urbana y realidad, son muchos los que dicen que “algo” o “alguien” recorre y mora la sima…

MANUEL LAZA… Y “EL DORADO” RINCONERO
Tras los trabajos del suizo, la sima pasó a ser parte del presidente de la Sociedad Malagueña de Ciencias, Enrique Laza. Fue él mismo quien acompañó a los historiadores Henri Bull y Miguel Suach a realizar los primeros estudios sobre las pinturas rupestres en 1918 –publicadas en la revista francesa L’Anthropologia en 1921–, que volvieron a poner de manifiesto la relevancia del paraje.

El paso del tiempo llevó al lugar al ostracismo hasta el verano de 1951. Ese fue el año en el que el profesor Manuel Laza –quien había heredado la sima de su tío paterno Enrique Laza–, emprendió las exploraciones que fueron sacando a la luz el mágico pasado. Cada día libre acudió a la Cueva del Tesoro para quitar sedimentos y buscar nuevas galerías. Siempre lo hizo acompañado por los expertos Giménez Reyna, Martínez Santaollana, y el radiestesista Mauricio Loizolier, con quienes fue desbloqueando las galerías. Y tras cuatro años, el trabajo dio sus frutos.

Sus excavaciones sacaron a la luz diferentes restos líticos, piezas de sílex –entre ellas una punta de flecha de época solutrense–, ornamentos y cerámicas neolíticas, huesos fósiles de Bisón, cráneos humanos, vestigios pertenecientes al Paleolítico Superior y a la Edad del Bronce.

Trabajos que alcanzaron su gran momento cuando localizó un templo íbero dedicado a la diosa Noctiluca. Laza había descubierto uno de los tres grandes santuarios de la antigüedad al sur de nuestro país, construidos por griegos y romanos –junto al de Hércules en Gibraltar y el de Venus en Cabo de Gata–, un templo-cueva dedicado a la diosa madre naturaleza, de carácter lunar, que fue germen de la ciudad de Malaka, la actual Málaga. En él, la piedra caliza forma la figura de una mujer con una gran ojo circular que a su vez conformaba la cabeza y una gran mancha de ceniza a los pies, que a todas luces serían restos rituales. Pero aún quedaba un maravilloso descubrimiento.

Fue en 1955 cuando Manuel Laza y el radiestesia Mauricio Loizelier localizaron cerámicas vidriadas árabes y un candil en cuyo interior se encontraban seis dinares de oro acuñados en tiempos del rey Tasufín. El hallazgo impulsó la creencia de que se encontraban en el buen camino para localizar el gran tesoro. Pero la búsqueda concluyó con la muerte de Manuel Laza en 1998.

Hoy, el viajero que entre en la Cueva del Tesoro no debe olvidar que accede a un lugar sagrado para el hombre desde tiempos megalíticos. Es un enclave de poder en el que abandonamos lo cotidiano para penetrar a un mundo de sombras, invisible, donde moraba, y sigue morando, lo ignoto y numinoso.

Recorrer su interior a la vera del río, siguiendo el sendero que nos lleva por unas salas en las que el rumor del agua se entremezcla con los supuestos sonidos del fantasma de Antonio Narí, sobrecoge. La cueva parece cobrar vida. Y es que su enigma sigue latente. Todavía son centenares los kilómetros de galerías que quedan por descubrir y en los que el gran tesoro árabe podría seguir oculto. Pero esa será otra historia. Y si se hace real, la contaremos…

Este reportaje fue publicado en el nº243 de la revista ENIGMAS

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