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El infierno africano de los albinos

Sábado 13 de Mayo, 2017
En pleno siglo XXI, todavía hay personas que mueren a causa de supersticiones fuertemente arraigadas. En África, los albinos son objeto de salvajes matanzas en la creencia de que sus restos pueden atraer la suerte y la bienaventuranza.
Texto Óscar Herradón

En las páginas de ENIGMAS no son pocas las veces que nos hemos sumergido en la caza de brujas, los juicios por herejía y otros sinsentidos que se llevaron a cabo en tiempos medievales y renacentistas. Todo ello no deja de sorprendernos aunque hayan pasado siglos desde que los autos de fe fueran una suerte de espectáculos públicos. Lo más estremecedor, sin embargo, no es recordar este pasado atroz, sino saber que a día de hoy, en nuestro siglo XXI, el de los satélites y la tecnología como otro apéndice más de nuestro cuerpo, el siglo de la inteligencia artificial y la ciencia ficción hecha realidad cotidiana, pasan cosas parecidas, si cabe aún más tremendas.

Sí, sucede, y no tan lejos de nuestras casas inteligentes. Suele ser en los países tercermundistas o en vías de desarrollo, los mismos a los que miramos con recelo desde el primer mundo dado a la compasión pasajera y al olvido temprano. África continúa siendo el continente más enigmático de todos, quizá el más salvaje, el que recuerda con más fuerza al mundo primigenio donde el hombre dio sus primeros pasos, un continente donde la vida y la muerte libran un pulso constante. Es también, con permiso de la India, la cuna de la superstición, de la brujería moderna y el miedo a lo ignoto; la mayoría de todos estos temores fruto del analfabetismo, la miseria y la desigualdad, unida a la falta de expectativas por conseguir un futuro mejor. Hace unos cuantos números hablábamos del estremecedor testimonio de Georgette, una niña de Togo que afirmaba rotundamente “Yo no soy bruja”, después de que su madrastra la obligara a meter sus manos en agua hirviendo, para comprobar si estaba maldita, dejándole secuelas de por vida. Eran los momentos en los que el ébola azotaba el continente negro, amenazando el no tan blindado sistema de salud occidental, y en los pueblos de muchos países africanos se creía que eran personas supuestamente malditas las culpables de extender aquella terrible enfermedad. De hecho, muchos menores estaban siendo tildados de brujos porque sus progenitores habían muerto a causa del ébola.

ALBINOS, VÍCTIMAS DE LA INTOLERANCIA
Los datos recabados por distintas organizaciones, como los misioneros salesianos, eran realmente alarmantes: tan sólo en 2013, en la región de Kara, en el citado Togo, casi 1.000 niños y niñas fueron acusados de brujería. Aquello se debía al azote de un virus que ha dejado oficialmente 11.315 muertos, pero lo cierto es que, erra dicada ya la enfermedad en todos los países, siguen saliendo a la luz noticias terribles sobre cómo el pensamiento mágico y la superstición más arcaica continúan causando estragos entre los más indefensos.

La población que más sufre el azote de la intolerancia y la irracionalidad son, desde hace décadas, los albinos, que experimentan una ausencia congénita de pigmentación que los convierte en extraños en su propia tierra, a pesar de que en África el albinismo sea cuatro veces mayor que en Occidente, según los expertos, a causa de la endogamia. Esa falta de pigmentación en la piel, el pelo y los ojos, provoca que sufran graves quemaduras, ya que carecen de las defensas naturales necesarias contra la radiación del sol. A ello se suma la persecución fanática en base a creencias mágicas. Hace varias décadas que en Tanzania se instaló una cruel superstición según la cual poseer a un albino reporta grandes cantidades de dinero. Una de las personas que más luchan por los derechos de los albinos es alguien también afectado por dicha dolencia, Al Shaymaa Kwegyr, la primera parlamentaria albina de Tanzania, la voz de la conciencia contra los sicarios que, machete en mano, persiguen a las indefensas víctimas. Y es que la mayoría de los hechiceros de los pueblos, principalmente del norte del país, según declaraciones de Davd B. Siasi, director de la policía de Shinyanga, son garantes de una falsa creencia muy extendida que ha provocado indescriptibles masacres.

Explican a sus compatriotas que si consiguen los órganos de un albino muerto se harán ricos y sus negocios serán fructíferos. Se paga un precio alto por ello: se calcula que los asesinos pueden ganar hasta 3.000 dólares con la venta de un brazo o una pierna, una verdadera fortuna en uno de los diez países más pobres del mundo, con un sueldo medio de unos 80-100 euros al mes. Los hechiceros utilizarán después estos miembros para fabricar amuletos y la sangre para pociones supuestamente milagrosas.

También en el país limítrofe, Burundi, se ha asesinado a varios albinos para que más tarde las redes organizadas los vendieran en Tanzania. Saben que es un negocio próspero que puede sacarlos de la miseria. Lazarus Annael, vicepresidente en Shinyanga –una de las localidades que más sufre esta caza de brujas– de la Asociación de Albinos de Tanzania, contó a periodistas occidentales uno de estos salvajes incidentes: el asesinato de un pequeño, Matatizo Dunia, de 14 años. Dormía en el sofá de su casa en Bukumbe –mientras su madre descansaba en la habitación–, cuando unos desconocidos entraron en la vivienda. Le cortaron la cabeza con un machete, y se fueron corriendo con sus piernas. Horas después la policía fue en busca del hechicero de la localidad y encontraron las piernas seccionadas. El caso de la pequeña de cinco años Miriam Fimbu fue igual de terrible; una noche fue salvajemente mutilada: le amputaron las piernas y le arrancaron la lengua. Recogieron su sangre en un recipiente y, al parecer, se bebieron también parte de ella en la creencia de que les reportaba podres mágicos. Su abuelo, Mabura Fimbu, afirma que llegan incluso a desenterrarlos de sus tumbas para hacerse con los cuerpos. Para ello deben blindar éstas con grandes losas de piedra.

EN BUSCA Y CAPTURA
Aunque durante años estos crímenes fueron prácticamente silenciados, en 2008 por fin las autoridades tanzanas tomaron cartas en el asunto ante unos sucesos que fueron conocidos por la comunidad internacional gracias a documentales como Los niños albinos de Tanzania o el premiado Black Man, White skin (Hombre negro, piel blanca), que muestra la terrible realidad de esta comunidad que sólo en Tanzania alcanza alrededor de 170.000 personas. En 2009, el primer ministro, en vista del grave problema que azotaba al país, prohibió acudir a los hechiceros, aunque muchos siguen reclamando su servicio. Según el agente Siasi, “no es nada fácil convencer a la gente de que no crea en la brujería”. Las personas de más baja extracción social suelen tener más miedo al poder de los hechiceros que a la fuerza de las autoridades. La forma en la que el gobierno logró que fueran denunciados los criminales consistió en que los lugareños escribieran en un papel, de forma anónima, sus nombres, obteniendo un gran éxito con ello, aunque no ha sido fácil juzgarlos, ya que no hay testigos presenciales de las matanzas.

Muchos albinos de corta edad han logrado sobrevivir al horror, aunque muestran en sus blancos e inocentes cuerpos las brutales secuelas de la ignominia: les faltan dedos, brazos, piernas… están mutilados de por vida a causa de la ignorancia, el fanatismo y el anhelo de dinero fácil. Su tragedia no debe permanecer en el olvido, pues, como reza uno de los documentos citados, “todos vivimos bajo el mismo sol”.

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