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La partida de ajedrez que decidió el destino de España

Martes 14 de Noviembre, 2017
Es algo más que un juego; es una expresión de la eterna batalla entre ángeles y demonios. Y en alguna ocasión, sirvió para decidir el destino de un reino, como sucedió en la taifa de Sevilla en el siglo XI.
TEXTO Mariano F. Urresti

El rey Alfonso VI de Castilla llegó hacia 1078 a las puertas de Sevilla con un ejército suficientemente poderoso como para hacer claudicar al último rey abadí, al-Mu’tamid. La suerte estaba echada para los sevillanos, pero justo en los momentos de crisis es cuando brillan con luz propia los hombres más audaces, como sucedió con el visir Ibn ‘Ammar, favorito del rey árabe y hombre en quien confiaba las tareas más difíciles.

Abu Bakr Muhammad Ibn ‘Ammar (1031-1086) era un hombre de cuna humilde pero de gran talento. Extraordinariamente dotado para la poesía, era además un consumado jugador de ajedrez, y pensó que bien podía servir ese juego para salvar un reino y dar sentido al propio origen del mismo.

El tablero de ajedrez es una representación del mundo, y se le atribuye un origen indio. Sería la representación de un mandala, una forma de expresar los ciclos cósmicos.

El historiador Titus Burckhardt apunta que “las cuatro casillas interiores representan  las cuatro fases básicas de todos los ciclos, las épocas como las estaciones; la franja de las casillas que las rodea corresponde a la órbita del Sol con los doce signos del Zodíaco y la franja de las casillas exteriores a las veintiocho casas de la Luna”. Y añade: “la alternancia de blanco y negro es comparable al cambio de día y noche, nacer y morir”.

Todo el cuadrado del tablero, con sus ocho por ocho casillas, sería una plasmación topográfica de los movimientos cósmicos que se desarrollan en el tiempo. En definitiva, es el mundo. Y posiblemente con esas convicciones en la cabeza, el visir Ibn ‘Ammar ideó una estrategia para salvar a Sevilla.

Se cuenta que había ordenado construir un maravilloso tablero de ajedrez de una perfección exquisita. Las piezas eran de ébano, aloe y sándalo, con incrustaciones de oro. Era de una belleza capaz de tentar a cualquier hombre, y también a un rey.

Con el juego de ajedrez en las alforjas, el visir salió al encuentro del rey castellano,   y en su campamento fue recibido con los honores correspondientes. Una vez allí, se las ingenió para que algunos cortesanos cristianos pudieran ver su asombroso juego de ajedrez, de forma que la noticia de su existencia llegara a oídos del monarca, gran aficionado a dicho juego.

Alfonso VI se entusiasmó al ver por sí mismo aquel tablero y sus increíbles piezas, y el visir le retó a jugar una partida. El monarca desconocía que se encontraba ante un consumado jugador, e Ibn ‘Ammar le propuso un reto: le regalaría el tablero y las piezas si Alfonso ganaba, pero si perdía, los castellanos deberían retirarse de Sevilla.

Gracias a los cantos de sirena de algunos de sus cortesanos, a quienes el visir había sobornado previamente, el monarca accedió.

El cristiano debería haber recordado que la expresión “jaque mate” deriva del árabe “al-sah-mat” –”el rey ha muerto”–. El término sah es un préstamo lingüístico del persa, y fueron precisamente los persas quienes transmitieron el juego del ajedrez a los árabes, y éstos a Europa.

El juego tenía por clave derrocar al rey, pero es también, según el citado Jacob Burckhardt, “una parábola matemática en la cual se manifiesta la relación interna entre  la acción libremente escogida y el destino inevitable”.

Y tal vez fue el destino, inevitable, el que hizo que Alfonso VI fuera derrotado por  el visir viéndose así obligado a cumplir su palabra. El reino de Sevilla, aunque por poco tiempo, se salvó del asedio cristiano.

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